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EDITORIAL Democracia sin ira ni contienda
Los ecos confrontativos derivados del voto de falta de confianza en contra de la ministra de Educación, María del Carmen Aceña, constituyen claras referencias de la continuidad de la guerra declarada entre el Ejecutivo y la oposición representada en el Legislativo.
El día después del interrogatorio estuvo matizado por nuevas escaramuzas verbales de parte de los dos bandos, que avivan el fuego de un revanchismo peligroso manejado mal por las partes en pugna: desde el Ejecutivo, con poco tino en la respuesta verbal y la descalificación del trabajo fiscalizador de los legisladores, y desde el Congreso, con el ya habitual chantaje para aprobar leyes de interés para el primero, o con el simple ánimo de entorpecer la marcha del Estado, con fines electoreros.
Es cierto que no es nada agradable tener que negociar con el Legislativo, por su acentuado desprestigio y por las actitudes cuasidelictivas de muchos de sus miembros, pero mientras sea parte de la organización del Estado y del sistema de pesos y contrapesos enunciado por Montesquieu como una forma de evitar los abusos de poder y propiciar la estabilidad política, no queda otra opción que tomarlo en cuenta.
Evidentemente, el Ejecutivo ha incurrido en errores en este asunto, al responder en forma poco comedida a los diputados, al cerrarse a la negociación y al haber abandonado el diálogo político.
En la actual escalada, la dialéctica agresiva y hepática en ambas vías ha alejado la respuesta serena, respetuosa y argumental, y el efecto, como bien lo refiere un proverbio bíblico, no puede ser otro que el acrecentamiento del furor del adversario. Una de las características de un político sabio es la tolerancia y la capacidad de mostrar el mejor rostro frente a la adversidad, porque el que se enoja siempre termina derrotado.
Quien ejerce poder debe ser prudente en el hablar, especialmente cuando tenga que valorar a sus pares en la administración del Estado, porque la palabra áspera dificulta la gobernabilidad.
Como se sabe, este último signo de estabilidad supone la capacidad de propiciar el diálogo político, como muestra de madurez personal y como estrategia para alcanzar acuerdos sobre los distintos programas de gobierno.
Sólo a través del diálogo podrán el Ejecutivo y los diputados garantizar la buena marcha del Estado en términos de racionalidad y equidad para la práctica democrática. Ambos sectores, pero especialmente el primero, deberían acercarse y negociar, para evitar más obstáculos a la dinámica de desarrollo.
La incapacidad o la falta de voluntad para desactivar el conflicto exaspera las posibilidades de veto de los actores con poder político sobre las decisiones públicas o sobre las reglas del juego.
Por esa causa se ha entrado, de nuevo, en ese juego sin fin, en el que los partidos en la oposición bloquean al que gobierna, y viceversa, en un círculo vicioso ruin en el cual el único perdedor es el país.
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