|
DE MIS NOTAS Muriendo para vivir
Si mirásemos con ojos espirituales tal acción quizá tendríamos un breve atisbo del significado de la vida eterna.
Por:
Alfred Kaltschmitt
Quisiera algún día –cuando por alguna razón mi cuerpo deje de existir– que mis órganos sean donados a otro ser humano.
Que mi corazón, mis córneas, hígado, riñones, cualquier parte de mi cuerpo todavía médicamente útil, sea extraído del cuerpo inerte y en una función más sublime que la descomposición biológica, sea entregado a un recipiente ansioso de recibir la bendición de una donación para ser transplantada a su cuerpo.
Que mis entrañas sean extraídas y que de ellas surja la bendición. Esa es mi voluntad, privada y pública.
He escuchado de algunos que, aferrándose “al cadáver de su difunto”, no han permitido que le sean extraídos aquellos órganos que podrían hacer ver al ciego, o darle vida al paciente enfermo “muriéndose” por un transplante.
¿Habrá mejor manera de irse de este mundo que con la bendición de haberle obsequiado a otro ser humano la oportunidad de vivir?
Muerte por vida, existencia extendida debido a la donación de un órgano que otro ser ya no necesita. Cuán profunda y noble acción.
Meditemos en este dilema, ahora, en vida, y antes de que se presente la muerte. ¿No sería acaso más práctico dejar instrucciones precisas “antes” de partir hacia la otra vida?
Como cristiano tengo la certeza de que existe otra vida. La vida eterna ofrecida a los que hemos sido redimidos por Jesucristo. Pero seamos cristianos, judíos o mahometanos, la sabiduría de donar un órgano del cuerpo sigue siendo profunda y significativa.
Pero esta práctica puede ser aun más pragmática. ¿Qué mejor que todos estemos de acuerdo con donar nuestros órganos, por si alguno de nosotros necesitáramos un transplante eventualmente? Todos estaríamos en la lista de ser posibles receptores o donantes.
Es lo que ha acontecido con algunas organizaciones que operan a nivel mundial y tienen capítulos en cada país.
Debemos solicitar que esta voluntad se exprese en vida mediante un documento que formaliza tal decisión. En este escrito se declara la voluntad de la donación de órganos y tejidos tras la muerte.
Y aunque este documento no es imprescindible, se considera útil para que los familiares no opongan resistencia y cumplan la voluntad final del fallecido.
A mí en lo personal me parece una excelente idea donar mis órganos en vez de que se pudran en mi féretro. Cuán profundamente trascendente se convierte mi muerte al darle a otro ser humano. Con mi muerte, vida.
No sé cuándo habré de morir ni cuándo habré de vivir. Sólo sé que cuando eso suceda, mi ofrenda final será entregar este envoltorio biológico en las manos de quien lo quiera, para que sirva un propósito mayor aún.
Si mirásemos con ojos espirituales tal acción quizá tendríamos un breve atisbo del significado de la vida eterna.
Córneas para dar vista al ciego. Hígado, riñones o corazón, todo lo que sea necesario, con mi permiso, utilícenlo, para extender la vida de otro ser humano. El resto, deposítenlo en la caja y entiérrenlo, para que se pudra y se convierta en abono.
Mi espíritu –es mi creencia– ya se habrá ido a unirse con mi Creador, siguiendo las instrucciones precisas que tuvo para hacerme nacer en esta dimensión terrenal.
Raúl, tiene 12 años. Le dan pocos meses para vivir y espera la donación de un riñón. Desea ser médico. María Elena de 25 años, está a punto de quedarse ciega si no recibe un transplante de córneas. Se graduó ya de ingeniera en Informática. Alejandro está postrado en cama desde hace un año. Ha sufrido ocho infartos. Necesita un transplante de corazón. Es un vendedor de 34 años. Su mayor anhelo es ver a sus cuatro hijos crecer.
Yo estoy dispuesto a donarles mis órganos si me muero. ¿Y usted?
|