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Guatemala, jueves 15 de junio de 2006

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Opinión

EDITORIAL
Nación marcada por la fragilidad

La arraigada cultura de improvisación, superficialidad y desgano, que ha traído a nuestra sociedad tanta desdicha y malos ratos, sigue enviando mensajes y efectos inequívocos de que seguirá pasando a Guatemala una alta factura en tanto no se le destierre como forma de vida pública y privada.

El martes por la noche, un aguacero prácticamente paralizó la capital. El aluvión alcanzó niveles críticos en muchos sectores, lo que impidió la circulación de vehículos, y muchos pilotos que se atrevieron a desafiarlo se quedaron varados en medio del torrente.

Evidentemente, los tragantes fueron insuficientes para drenar tanta agua, en un hecho que se repite desde hace muchos años en cada invierno, y pese a ello no despierta mayor interés de las autoridades.

Arterias de la capital y de otras ciudades, y carreteras de distintas regiones, recién construidas o reparadas, se hunden y se llenan de hoyos con la primera lluvia, y esa misma permisividad al defecto se extiende a prácticamente todos los órdenes de la vida nacional.

De esa cuenta, la Policía tiene identificados a delincuentes y conoce sus guaridas, pero no los captura. Casos de impacto social se derrumban ante la justicia, porque los fiscales a cargo de ellos son incapaces de articular pruebas contundentes.

Se dispone de algunos fondos para obras urgentes, como las de Stan, pero se carece de capacidad de ejecución.

La lucha contra la inseguridad está condicionada a la aprobación de leyes, mas los diputados están entretenidos con el Mundial de futbol y carecen de tiempo para acudir al hemiciclo.

Resulta prolija la lista de ejemplos acerca de esa conducta perniciosa, porque en prácticamente toda la dinámica de nuestra sociedad se respira aires de abulia y desgano que impiden que la nación despegue hacia la prosperidad. La divisa común parece ser el aceptar una existencia marcada por la vulnerabilidad generalizada y por la ausencia de mística y voluntad para superarla.

La fragilidad en el sistema vial del país, tanto urbano como rural, es sólo una de las muchas evidencias de un país carente de previsión en todo.

Y cuando alguien del Gobierno hace algo bueno, por ser la excepción causa sorpresa y hasta se pretende agradecérselo, cuando con esa pequeña gota de eficiencia en un inmenso mar de necesidades, sólo está cumpliendo con sus obligaciones.

Alguien dijo alguna vez, sobre esa realidad, que en Guatemala los patronos hacen como que pagan, y los asalariados, como que trabajan. Por desdicha, esa sorna a la mediocridad es familiar, con encomiables excepciones, a muchas personas formadas en la costumbre de que “el que venga atrás que arree”.

La persistencia de esta práctica es la causa de que en el concierto universal el país sea último en lo bueno y primero en lo malo. Y lo más triste de esta irresponsabilidad es que las consecuencias también las pagan quienes sí cumplen con sus obligaciones y responsabilidades.

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