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Guatemala, jueves 15 de junio de 2006

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Opinión

ALEPH
Corto el pelo, larga la falda

Nada justifica hoy que por ideas o pelos largos se recurra a la violencia
Por: Carolina Escobar Sarti

La Guatemala que vivió el conflicto armado interno no fue una sola; hubo personas que lo vivieron muy de cerca, y otras que lo vivieron de manera marginal, casi sin darse cuenta de lo que pasaba.

La consigna entre ciertas familias capitalinas era la de los tres monos sabios: ver, oír y callar. Los selectivos asesinatos políticos y los secuestros que se producían en la metrópoli guatemalteca contrastaban con las masacres que se llevaban a cabo en las comunidades del interior del país. Por eso, es imposible pretender que haya una sola visión del conflicto, aún cuando se parta de supuestos ideológicos comunes.

Yo era pequeña, pero no tanto como para no recordar la década de los años setenta en Guatemala. Comenzaba la presidencia del general Carlos Arana Osorio quien, según supe años después, manifestó en su discurso de toma de posesión haber recibido un mandato: “Pacificar el país y acabar con la ola de crímenes”.

“Ustedes”, dijo él entonces, “no nos han impuesto condiciones ni nos han dicho cómo”. Su paso por la presidencia significó el reinicio de las operaciones de contrainsurgencia en el país y a los tres años de su gobierno, el número de muertos o desaparecidos sumaba aproximadamente 15 mil personas. No fueron simples motes los de “carnicero de oriente” o “chacal”.

Durante esa sombría época, las tijeras proliferaron en los bolsillos de los uniformes policiales o militares para cortar los cabellos largos de los jóvenes o deshacerle el ruedo a las faldas cortas de las jovencitas que transitaban por las calles citadinas. “Corto el pelo, larga la falda”, parecía ser la consigna.

Han pasado 36 años desde entonces, y 10 desde la firma de los acuerdos de paz. Sin embargo, hechos recientes han despertado la memoria de muchos hombres y mujeres de este país, al punto de decir que vivimos una nueva etapa de fascismo al más rancio estilo guatemalteco.

En un contexto evidente de limpieza social, la presencia del ejército en las calles guatemaltecas de hoy, así como la total impunidad con que actúan los grupos de poder paralelo y la corrupción enraizada en la Policía Nacional, han hecho que buena parte de la ciudadanía reviva tiempos oscuros.

Un justificado temor a las maras y al crimen organizado por parte de la población, parece servir de escudo a prácticas que en nada ayudan a pacificar a esta sociedad ni en el corto, y menos en el mediano y largo plazo.

Testimonios actuales de jóvenes dan cuenta de aretes arrancados a la fuerza de las orejas o las narices, tijeras amenazando con ser empleadas en violentos cortes de pelo y agresiones físicas por parecer mareros sin serlo.

Algunos insisten en que no hay que volver a cada rato al pasado, pero ¿cómo no recordarse de tiempos como el de Arana si las tijeras que llevan los soldados de hoy fueron aceitadas nuevamente para usarlas de la misma forma en que se empleaban hace 30 años?

Es tan ignorante el prejuicio, que no sabe distinguir entre mareros, jóvenes de pelo largo y criminales que roban de traje y corbata, como el que recientemente entrara a una universidad privada a robar una computadora.

Frente a estos hechos, no es difícil volver la vista a los años del conflicto, y podemos sumar más: durante el primer semestre del presente año, han sido allanadas las oficinas de varias organizaciones sociales, tanto en los departamentos como en la ciudad capital; varios líderes campesinos y de otros sectores han sido secuestrados o asesinados; las agresiones de soldados contra niños y jóvenes de la calle se han incrementado, así como las amenazas de policías contra los educadores de la calle.

Se ha dado otro paso en sentido contrario. Nada justifica hoy que por ideas o pelos largos se recurra a la violencia, tapando los agujeros que en el techo de este país abren quienes sí son criminales: aquellos que desde el poder (paralelo o no) le roban al pueblo, matan a sus líderes, buscan neutralizar a los grupos organizados de la sociedad civil, abusan del poder que les ha sido conferido y arrodillan a la justicia. Ya vivimos una vez el horror, y bien dice el dicho que “el que se quema con leche, ve la vaca y llora”.

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