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Guatemala, miércoles 15 de marzo de 2006

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Opinión

CARA PARENS
Casi un siglo después

Se comprende por racismo a la probabilidad sistemática de que un pueblo viva menos que otro. ¡Así de simple!
Por: Anabella Giracca

A finales de 1918 una epidemia de influenza arribó a tierra guatemalteca. La enfermedad, que llevaba meses causando estragos junto con la guerra mundial, entró por la vía férrea del Motagua a territorio nacional y en su recorrido de locomotora fue comiéndose las vidas de caseríos completos.

Según primeras noticias, en El Progreso afectó a todos los miembros de la guarnición militar, y en una sola noche hubo que relevar a cuatro centinelas suplicando médico y medicinas, ya que sólo contaban con un parchero que no aplicaba otra cosa que cogollos de naranja y aguardiente de pasto a los que estaban a punto de morir.

Suspendieron el servicio de correo, las tortillas con mojarra, las ferias de paso y también los besos, éstos casi por decreto nacional.

La influenza para entonces había invadido oficinas públicas, iglesias, centros de enseñanza y beneficencia, oficinas particulares y talleres, así como los cuerpos de banda y del ejército, por lo que las fiestas patrias se vieron también interrumpidas: las candidatas a Señorita Independencia se quedaron plantadas con tafetanes, vuelos y canelones, sin corona ni gloria ni fotografía para la posteridad.

Una familia acomodada de 10 miembros murió completa y sin dejar testamento; 217 reclusos de la Penitenciaría Central también fueron visitados por la muerte: amanecieron sus cuerpos pecadores sin hostia ni confesión.

Por falta de cura no hubo misa por domingos y se obligó el cierre de colegios, teatros y circos, éstos con todo y sus monos amazónicos, elefantes asiáticos, alguna serpiente hindú y un avestruz.

También se ordenó la destrucción de temascales indígenas, cosa que no ocurrió porque casi un siglo después aún aparecen victoriosos dibujando las montañas del altiplano azul. Según una nota departamental (por telégrafo), “Fallecieron de influenza Toribio Rosal, Pedro Henry, Rosenda Salazar de Díaz y muchísimos indígenas.

Están enfermos Rafael Yela y el doctor Mausileo Domínguez...”. “Los indígenas mueren por centenares y eso afecta la productividad nacional”. Se reportaron 43,731 muertes, aunque pudieron haber llegado a más de 150 mil, en su gran mayoría, indígenas.

Casi un siglo después, crueles epidemias insisten en embestir: se disfrazan de indomables temporales y desaparecen caseríos; de hambre triste y atacan a niños de campo; de pobreza extrema y se emplazan en los que aún hoy aparecen sin nombre ni apellido, quizá los mismos descendientes de aquellos que murieron sin registro, casi un siglo atrás.

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