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Guatemala, miércoles 15 de marzo de 2006

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Cultura

Horrores idiomáticos y algo más: Los tres síndromes
“Habrá aquí tantas personas que ni las sillas ni las ‘boquitas’...”.
Por: María del Rosario Molina

Parece que está de moda comentar los libros que uno mismo ha escrito: que si ganaron tal premio, que si fueron “best-sellers”, en fin...

Como no me gusta quedarme atrás, quiero contarles a mis lectores de mi último libro. Me lo entregaron en octubre del año pasado y se llama Poesía de María del Rosario Molina. Pero ni deseo hablar de su contenido, ni de cuánto ni dónde se ha vendido... Simplemente les relataré los sufrimientos y las alegrías que sufrí en su entrega.

Lo primero que me asustó fue llegar al salón donde lo presentaban con diez minutos de retraso por causa del tráfico horrendo de ese día, lunes por cierto, que no permitía avanzar a más de cinco kilómetros por hora.

Habría entonces unos seis invitados. Los comentadores, Juan Carlos Lemus y Fernando Pintos e igualmente Paolo Guinea que me haría entrega del libro en nombre de Magna Terra, brillaban por su ausencia.

El camioncito con el vino, que no tenía por qué preocuparme pues quienes me entregaban el libro eran los responsables, no aparecía. Bien –me dije–, tú eres la única culpable, pues ya se sabe que los lunes ni las gallinas ponen. Aquí no vendrá nadie, el salón estará casi vacío y no habrá vino con que bautizar tu parto (sí, un libro se pare, y con dolor). Veía a mi hija correr de un lado a otro, hablar por el celular, o móvil, como quiera cada quien llamarlo... y esquivarme.

Finalmente logré acorralarla en una esquina, me le quedé viendo fijamente y le pregunté: “¿Qué pasa?”. Confesó que el camioncito que transportaba el vino tenía “llanta pache” (se le había desinflado, que no ponchado, un neumático) a unos diez kilómetros de allí, pero que ya la estaban reparando, y que el estacionamiento vecino había cerrado pues se nos había olvidado contratarlo para que a esa hora estuviese abierto.

Vi la gloria cuando Juan Carlos, Fernando y Paolo se presentaron. Y de pronto el salón empezó a llenarse de caras amigas, de gente que tuvo que buscar estacionamiento en Dios sabe cuántas cuadras a la redonda.

Ese fue mi segundo sufrimiento: Habrá aquí tantas personas que ni las sillas ni las ‘boquitas’ (entremeses, aperitivos) ni el vino alcanzarán. ¡Qué vergüenza! Se tendrán que quedar de pie y no podrán ni siquiera quitarse la sed con una copa. ¿Qué hago ahora? Pero, como por milagro, el salón se llenó sin que nadie se quedara sin sentarse, los presentadores se lucieron en sus exposiciones, el vino se multiplicó, como en las bodas de Canaán y las ‘boquitas’ también.

Cuatro horas más tarde sentí el tercero de los que un invitado me explicó que se llaman “síndromes de las fiestas”. ¿Y a qué hora se irán estos desvelados que siguen aquí tan contentos? Ya estoy cansada. Me quiero ir a mi casa... Por la gracia de Dios una persona caritativa del Fondo de Cultura Económica de México, donde se presentó el libro, les hizo saber que era ya la una de la madrugada y tendrían que retirarse.

Esa noche me dormí abrazada a mi Poesía.

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