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EDITORIAL Al respecto del triunfo de Ortega
Como había sido previsto por muchos analistas, algunos con alarma, Daniel Ortega llegó mediante los votos populares a obtener una segunda oportunidad, aunque tendrá que negociar con la oposición, porque los nicaragüenses no le dieron mayoría en el Congreso, tal vez debido a que recuerdan el atraso económico del país a consecuencia del primer gobierno sandinista.
Es momento, entonces, de hacer análisis para explicar algunas causas de ese resultado, impensable cuando hace 17 años los mismos votos sacaron al sandinismo del poder en ese país.
La primera causa es que en esas elecciones se materializaron alianzas que en realidad son contubernios de la peor especie. El vicepresidente de Ortega es uno de los comandantes de la Contra.
Y la victoria en la primera vuelta es el resultado de una cohabitación política imposible de justificar: la obtenida con Arnoldo Alemán, el gobernante más corrupto de la historia nicaragüense, quien le obsequió a Ortega el mandato por medio de hacer legal que posea la victoria electoral quien obtenga 40 por ciento de los votos válidos -el porcentaje del voto que tradicionalmente ha conseguido Ortega- y cuyo principal contrincante alcance cinco por ciento de diferencia con quien reciba mayor cantidad de votos.
La victoria de Ortega abre las puertas a la incertidumbre. Es ahora un sexagenario que, por ello, podría ser considerado maduro y, por tanto, incapaz de repetir los errores y desmanes del primer régimen de los sandinistas.
Su presencia en el poder viene a suscitar un cambio en el mapa político latinoamericano, al ser percibido como un político allegado al venezolano Hugo Chávez, quien por tanto podría ejercer desmesurada influencia en el Istmo, con el agravante de la impredecible situación política en el sur de México, originada por el candidato perdedor Andrés López Obrador.
Una de las razones del triunfo de Ortega se puede buscar en la edad de los votantes. La mayoría de nicaragüenses eran niños cuando ocurrió el hecho histórico de la caída de Somoza. Y en vista de que los regímenes posteriores -sobre todo el de Arnoldo Alemán y el actual, de Enrique Bolaños- no han podido solucionar ni paliar muchos de los graves problemas socioeconómicos del país, es muy probable que el voto de quienes tienen menos de 25 años haya sido favorable a Ortega.
El candidato Eduardo Montealegre, sin duda alguna, es una persona que hubiera podido hacer un gobierno mejor para Nicaragua, más acorde con la realidad del mundo actual y, sobre todo, con la participación de individuos de capacidades personales y técnicas. Sin embargo, la división del voto contrario a Ortega fue fundamental para impedirle acercarse a fin de llevar a una segunda vuelta.
Los demás países del Istmo y del continente deben prepararse para convivir con un gobernante que esta vez fue electo popularmente, y apostar a que se pueda coexistir con un régimen que, si sus dirigentes han logrado madurar, no debería causar problemas a la región. Pero eso está por verse. Ojalá los centroamericanos no nos lamentemos de la decisión de los nicaragüenses.
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