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EDITORIAL Nuestros valores deben prevalecer
Cinco años han pasado desde que el ataque terrorista a los edificios de las Torres Gemelas, de Nueva York, y al Pentágono, en Washington, provocaron el inicio de una nueva y lamentable etapa en la historia de la humanidad, cuya principal característica es haber convertido al mundo entero en un posible blanco de matanzas indiscriminadas de personas inocentes de cualquier edad, género, nacionalidad o religión.
Los efectos de lo ocurrido ese 11 de septiembre del año 2001 son mucho mayores que las casi cuatro mil víctimas directas del terrorismo, una aberración que ha sido practicada durante muchas décadas, pero que ahora tiene una escala universal de la que nadie puede escapar.
Lo demostraron también los ataques a la estación Atocha, de Madrid, el 11 de marzo del 2005, en los cuales se marcó con mayor claridad el efecto que los actos terroristas pueden tener en los países democráticos.
La mayor víctima del 11 de septiembre es la libertad de la que gozaban los seres humanos en todo el mundo civilizado, donde se practica la democracia. Los terroristas utilizaron todas las ventajas que otorga el sistema democrático, que con una reacción comprensible ha debido decidir una serie de restricciones que hasta entonces hubieran sido consideradas una exageración.
El descubrimiento de los planes para volar aviones de pasajeros de la ruta entre Londres y Nueva York demostró que el fanatismo terrorista se mantiene.
Ese 11 de septiembre le dio la razón a quienes consideran que, una vez terminada la lucha ideológica de la Guerra Fría, es ahora una confrontación en la que se mezclan la cultura y la religión.
La parte del mundo donde aún se vive una cultura prácticamente teocrática, que por ello no ha logrado el avance de separar a la religión y al Estado, está regida por gente que no sólo irrespeta a sus ciudadanos, también víctimas inocentes del fanatismo, sino ataca o permite el ataque a las democracias de cultura cristiana o que han adoptado los valores democráticos, propios de este tipo de visión de la vida humana y de la relación entre quienes habitamos en este planeta.
Por todo ello es muy difícil lograr una solución a la realidad del terrorismo generado en este tipo de pensamiento. La fecha que hoy se conmemora marcó el inicio de un retroceso en todos los órdenes, que amenaza el mundo porque es imposible evitar que sea empleada la tecnología inventada y desarrollada en Occidente y que además utiliza los factores derivados del libre mercado y de la democracia económica.
La lucha contra el terrorismo no es sólo de un país o de un grupo de países, sino de toda la civilización occidental. Todos somos presuntas víctimas, porque el fanatismo no reconoce fronteras ni discrimina a nadie. Entonces no queda más remedio que escoger entre estar con ellos o estar contra ellos.
Esto es otro factor terrible, porque obliga a ver hacia otro lado cuando hay acciones inaceptables del bando que uno ha debido abrazar. El mejor homenaje a las víctimas es no ceder. Los valores predominantemente occidentales deben prevalecer.
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