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Guatemala, miércoles 15 de agosto de 2007

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Además, en esta sección:

El despertar de B’atz’
La lectura, primero en idioma original y luego en español, puso de manifiesto al público que estaba ante un acontecimiento revelador
Por: Nancy Arroyave

Foto de portada
Los autores premiados distan mucho de tener una formación académica profunda pero, en cambio, convergen en haber desarrollado una sensibilidad literaria admirable. (Foto PL).

Cuando en el 2004 Rodrigo Rey Rosa decidió destinar el monto del Premio Nacional de Literatura (que se le confirió ese año) a la creación de un galardón para obras literarias en idiomas mayas, garífuna y xinca, estaba convencido no sólo de la necesidad de abrir estos espacios, sino de que debían existir estas obras que, de momento, no eran conocidas.

A pesar de que la idea fue calificada por algunos allegados como “tontería”, no estaba equivocado.

El 8 de agosto vio concretado su proyecto en la ceremonia de premiación en la que aplaudió y felicitó el genio y la creatividad de varios escritores que desde diversos rincones del mapa atendieron la invitación.

De esa cuenta, el Premio de Literatura Indígena B'atz', que lleva el nombre de la deidad tutelar de los escribas y artistas mayas, recibió en su primera edición 20 obras en ocho diferentes idiomas: k’iche’, kaqchikel, tz’utujil, garífuna, mam, q’eqchi’, achí y jakalteko.

“En un país en el que el 90 por ciento de indígenas es analfabeta en su propio idioma, esta cantidad de textos recibida es un éxito”, dice Elsa Son Chonay, directora ejecutiva del Aporte para la Descentralización de las Artes, Adesca, que apoyó a Rey Rosa en esta empresa.

De primer orden

El proceso de selección de las obras finalistas pasó por un doble tamiz: la lectura por un jurado especializado para cada uno de los idiomas participantes, y la lectura en español (traducción de los autores), por un jurado distinto.

Los académicos Enrique Sam Colop y Ma. Beatriz Par, leyeron obras en k’iche’; Alberto Esquit, Cecilio Tuyuc y Celestino Sajvin, Kaqchikel; Víctor Montejo y Aroldo Camposeco, jakalteko, y Josué Chavajay, tz’utujil.

El viceministro de Cultura, Mario Elington, y Mario Baltasar leyeron en garífuna; Nikté Sis Iboy y Abelino Román Lajuj, achí; Juventino de Jesús Pérez y José Reginaldo Pérez, mam y Rodrigo Chub, Fernando Ical y Héctor Rolando Xol, en idioma q’eqchi’.

Los textos finalistas ya traducidos fueron leídos por un jurado compuesto por el escritor mexicano Juan Villoro y los escritores guatemaltecos Dante Liano y Rodrigo Rey Rosa, además de la crítica literaria Beatriz Cortez y Elsa Son Chonay.

Dada la calidad literaria, por decisión unánime del jurado, el primer premio se otorgó a dos autores: Leoncio Pablo García Talé, escritor k’iche’ originario de Totonicapán, autor del poemario B’ixonik tzij ke uk’ulaj kaminaqib’ (Canto palabra de una pareja de muertos) y al autor kaqchikel Miguel Ángel Oxlaj Cúmez, de San Juan Comalapa, por el cuento Rutaqikil Ri Sarima’ (El Sarima’).

El segundo lugar correspondió a Manuel Raxulew Ambrosio, por su novela Le Tzalijem (El retorno).

Otra realidad

Durante la ceremonia, la lectura, primero en el idioma original y luego en español, puso de manifiesto para el público que estaba ante un acontecimiento revelador.

Los autores premiados distan mucho de tener una formación académica profunda pero, en cambio, convergen en haber desarrollado una sensibilidad literaria admirable y haber asimilado el evento como una oportunidad para estimular a otros escritores a participar.

En perfecto español Oxlaj comenta: “he leído todo lo que he podido en la vida porque para dar hay que tener”. Este escritor de 29 años agrega: “Mi gente necesita una oportunidad y yo quiero poner mi granito”.

Leoncio Pablo García asegura “siempre escribo, pero dejo tiradas las hojas. Entonces compré una computadora, pero perdí la clave y no puedo recuperar lo que allí guardé”. La preocupación se apoderó de él cuando le comunicaron que era finalista y que debía traducir su obra. “¿Qué hice, me dije, si ni siquiera sé si lo que escribí es ensayo, novela, poesía ¿qué es?”.

La traducción fue una tarea cuesta arriba para los ganadores incluido Raxulew quien confiesa resistirse a esta tarea. La experiencia también representó más trabajo a Osvaldo Estero (mención honorífica) no porque de niño perdiera el primer grado de primaria cuatro veces por no entender el español, sino porque perdió la traducción que ya tenía de su cuento El gato cantor. Estero domina el español y ahora estudia k’iche’ como tercera lengua.

Elsa Son Chonay comenta que “se tomó la decisión de convocar al premio cada dos años para así tener tiempo de gestionar fondos (que no tenemos) que permitan continuar con el premio”.

Mientras, la editorial F&G publicará la versión bilingüe para las obras premiadas, lo que entusiasma a la directora de Adesca porque “así podremos mostrar al mundo que escribir en nuestro idioma es posible”.

Premiados

• Miguel A. Oxlaj.

Primerlugar.

Tutaqikil Ri Sarima’ (El Sarima’).

Cuento escrito en kaqchikel.

• Pablo García.

Primer lugar.

B’ixonik tzij ke uk’ulaj kaminaqib’(Canto palabra de una pareja de muertos).

Poemario escrito en k’iche’.

• Manuel Raxulew.

Segundo lugar.

Le Tzalijem (El retorno).

Novela escrita en k’iche’.

Menciones honoríficas

El jurado entregó cinco menciones honoríficas y recomendó su publicación.

Ja Nk’utuwaji, El muro del desaparecido, Luis Raymundo Batz (tz’utujil).

Mesu Le Garemuhadibai, El gato que canta, Juan Osvaldo Estero (garífuna).

Pach’un tzij ch’ob’onik, Isaac Morales Sut (kaqchikel).

Hinkulus Han, Mi cruz, Baltasar Hurtado (jakalteko).

Li Waklliik Ut Li Usaak Sa’ Xk’uxl laj Q’eqchi’, Juan Tzoc, q’eqchi’.

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Horrores idiomáticos y algo más...: La letra con sangre entra
Por: María del Rosario Molina

El refrán español que lleva por título este artículo se aplicó, y lamentablemente aún se aplica en los lugares recónditos de algunos países, en su forma literal.

Su significado es que nada se aprende sin esfuerzo, y es tan antiguo que en el capítulo XXXVI de la segunda parte de Don Quijote, Cervantes lo pone en boca de la duquesa cuando le dice a Sancho que debe azotarse, no con la mano, porque eso es darse palmadas, sino con algo que le duela más.

En esa época (la segunda parte de Don Quijote se imprimió en 1615) los dómines golpeaban y castigaban a los alumnos con gran rigor, por más tesón que pusiesen al emprender cualquier estudio.

Pues bien, acabo de conocer el caso de una joven que estudiaba en la escuela de una aldea situada en un departamento alejado de la capital, a la que directora le tenía ojeriza y según palabras textuales de la persona que me lo contó: “la ‘coscorroneaba’ por cualquier motivo y le sacaba ‘chinchones’ ”. (El coscorrón castizo es un sustantivo que equivale a dar un golpe que no sangra en la cabeza y el verbo “coscorronear” no existe, excepto en nuestras latitudes, como tampoco hay “chinchones”, sino “chichones”).

La víctima –me relató dicha persona- recibía además “cachimbazos” (golpes) que la dejaban “moreteada” (con cardenales o hematomas) y por eso dejó de estudiar. En buen cristiano, tal hecho se llama salvajada, estupidez y algunos peyorativos más, que me abstengo de mencionar aquí por respeto a mis lectores.

En la capital no ocurren tales abusos e incluso en muchos colegios tienen psicólogos que trabajan con los maestros, analizando el rendimiento de los alumnos y aconsejando a los padres: que el niño tiene algún tipo de dislexia, lo que no lo hace menos inteligente que sus compañeros, pues es corregible, que está flojo en matemáticas, etc. Eso implica un refuerzo en la materia en que falla con un maestro que lo ayude.

Hay, sin embargo, en los planteles escolares un problema de difícil detección: el acoso por parte de los compañeros. Yo fui víctima de esas agresiones, ya porque me destruyeran mis libros, ya porque me endilgaran un apodo nada grato o me “macaquearan” (robaran) la refacción.

En esas circunstancias, la letra entra también con sangre, pues el esfuerzo que hace el niño para concentrarse y estudiar es doblemente arduo. Actualmente, gracias a los psicólogos y maestros ya esos casos, que siguen existiendo, se resuelven.

Tuve complejo de patito feo desde que en uno de los colegios en que estudié me apodaron “la pingüino”. Me empezaron a respetar en el último establecimiento escolar al que ingresé, y del que me gradué, cuando “me agarré a los catos” (liarse a golpes) con la hija del entonces presidente de la república, y ella, aburrida de algunas sobalevas (aduladoras), se hizo mi buena amiga.

Me libré del complejo cuando fui finalista en el Miss Universo, mas nunca olvidé que la letra con sangre entra.

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