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Guatemala, jueves 23 de agosto de 2007

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Opinión

ALEPH
La guerra no está lejos

Todos los días vivimos aquí nuestra propia guerra.
Por: Carolina Escobar Sarti

La distancia de vuelo entre Guatemala e Irak es de 12 mil 874.82 km, la suficiente para que de este lado del mundo sintamos que lo que allá sucede nada tiene que ver con nosotros. Suficiente para creer que la guerra la viven otros.

Suficiente para creer que la globalización sólo importa en términos estrictamente comerciales y económicos. Suficiente para creer que nosotros, “gracias a Dios”, estamos mejor que esos millones de musulmanes que viven a diario en zozobra.

Sin embargo, aún se dejan sentir en todo el mundo las secuelas del holocausto judío o la guerra de Vietnam. Ni qué mencionar las consecuencias planetarias de los conflictos armados en América Latina, de la Guerra del Golfo o los mal llamados conflictos de baja intensidad que hoy se viven en distintas partes del mundo, como el Líbano, Afganistán, Haití o Darfur.

El efecto mariposa sugiere que el aleteo de uno de estos insectos, en algún lugar del mundo, puede provocar sismos en el extremo opuesto.

Así que la guerra siempre está más cerca de lo que imaginamos, justo a la vuelta de la esquina de este mundo globalizado. Nunca fui partidaria de la invasión a Iraq, y no por simple corrección política, sino porque creo que no hay nada más inútil que una guerra.

Además, creo que al decidirla, se perdió una oportunidad de redireccionar el rumbo de la humanidad. Pero más allá de consideraciones pacifistas, esta guerra comenzó mal y perfila terminar peor.

Fraguada sobre una mentira y una estrategia que han contribuido a la irreversible decadencia de la gran potencia mundial, esa guerra sólo les ha dejado un saldo positivo a los dueños de la industria armamentista y a los amigos de Bush que “generosamente” se ofrecieron para la reconstrucción de Iraq.

A finales del 2006, el ministro de Sanidad iraquí declaró que más de 150 mil personas habían muerto en Iraq a causa de la guerra. La revista científica británica The Lancet (octubre del 2006) sitúa la cifra en 600 mil.

Entre los muertos hay tres mil 981 soldados de la coalición, la mayoría estadounidenses. Hoy, se calcula que los muertos diarios entre civiles y militares suman un centenar. El mundo no está nada contento con esa guerra, el pueblo estadounidense no está contento tampoco, y la clase política y académica de esa nación, menos.

Un sondeo de opinión divulgado esta semana y realizado por el Centro para el Progreso Americano y la revista Foreign Policy entre políticos, ex funcionarios, altos mandos militares, académicos y legisladores de Estados Unidos, señala que “el mundo se ha vuelto un lugar más peligroso para los estadounidenses” (¡vaya que sólo para ellos!). Un 84 por ciento de los encuestados no coincide con la idea de que Washington está ganando la guerra; y el 92 por ciento de ellos -cinco puntos más que en el sondeo del año pasado- cree que la guerra afecta de manera negativa la seguridad de Estados Unidos.

Estando tan cerca del norte, sabemos que si allá tosen, acá nos da gripe. La agenda de seguridad antiterrorista de Estados Unidos afecta también a la región centroamericana. El endurecimiento de los controles migratorios y el creciente número de deportaciones de indocumentados son apenas algunos de los resultados.

El Plan Mano Dura aplicado en El Salvador ha convertido a ese país en el más violento de nuestra región; esto no es más que el resultado de visiones compartidas sobre cómo se resuelven los conflictos y se maneja el poder.

Como todos los días vivimos aquí nuestra propia guerra y tenemos nuestra particular cuota de muertos, se entiende que no queramos saber de más violencia. Pero nadie garantiza que, gracias a una pésima estrategia de intervención estadounidense, los conflictos entre chiíes, suníes, kurdos, turcomanos, baatistas y demás grupos étnicos de Iraq no se agraven y perduren por tiempo indefinido hasta desembocar en una guerra civil.

O que alguno de los países vecinos de Irak se vea afectado y se convierta en una amenaza para el mundo. Las mujeres iraquíes continúan igual o más oprimidas que nunca, el mundo se siente amenazado, los terroristas parecen haberse compactado aún más, las muertes no cesan y no sólo Iraq se encuentra más pobre: también Estados Unidos ve afectada su economía por la guerra. El mundo salió perdiendo.

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