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Guatemala, jueves 30 de agosto de 2007

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Cultura

A bordo de los Carmina Burana
La obra fue presentada en el Teatro Nacional
Por: Juan Carlos Lemus

Foto de portada
El escenario cobra calor y da al público una emoción cada vez más fuerte. (Foto PL).

La sala grande del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias está llena. El texto: Carmina Burana. Se apagan las luces. Orquesta y coro estremecen con la entrada apoteósica: “¡O Fortuna/ velut luna/ statu variabilis..!” Al centro del escenario brilla una bailarina.

Es La Fortuna (Andrea Álvarez), alrededor de ella girará la obra: el ser humano rebalsa de dicha, luego, se llena de dolor, según su suerte. El texto no es trágico, antes bien, es lúdico, lascivo y satírico.

El escenario cobra calor y da al público una emoción cada vez más fuerte: “Semper crescis/ aut decrescis;/ vita detestabilis”.

La orquesta, dirigida por Igor Sarmientos, impone desde el comienzo una firmeza con flecos atizados por los instrumentos que llevan y traen, a veces golpean o acarician, según lo requiere el texto, y el coro se liga, se amanceba procreando nuevos y cada vez más bellos sonidos.

Aquello va adquiriendo las características de una maravilla. “Fortune plango vulnera/ stillantibus ocellis/ quod sua michi munera/ subtrahit rebellis” (“Lloro por las ofensas de Fortuna/ con ojos rebosantes,/ porque sus regalos para mí/ ella rebeldemente se los lleva”). Conforme avanza, habrá, sin embargo, algunas carencias.

La primera: falta una pantalla con títulos que den cuenta del significado, en consecuencia, el espectador que no sabe qué sucede se conformará con oír el tono de las voces, a la orquesta y con ver bailarines; todo junto y sin hallarle sentido podría hacerlo dormir.

El Ballet Nacional de Guatemala, poco a poco, va desarrollando una historia diferente a los Carmina Burana rescatados por Carl Orff.

Antes de proseguir, advirtamos que cuando no coinciden las composiciones concebidas para ser escuchadas (coros y orquesta) con las diseñadas para ser vistas (ballet), se puede olvidar que el sentido de la vista es tiránico, es dominante sobre el oído que es pasivo y receptivo.

Puede ser buena cualquier adaptación, siempre y cuando mejore considerablemente lo que nos otorga ese texto medieval cuidadosamente acariciado por las mejores orquestas y coros del mundo.

Mas el Ballet, al interpretar una coreografía adaptada por un canadiense (Brydon Paige) para Guatemala, hace 35 años, y readaptada por el actual director Eddy Vielman, no supera el texto. Peor aún: el Ballet, con frecuencia, carece de rima escénica: no siempre tiene sincronía. Justo es señalar el aplomo de La Fortuna, y la muy sobresaliente participación de Anoushka Devaux (Joven ciega).

Ahora bien, ¿por qué comprar un chaleco para ponerle mangas? ¿Por qué escribir una historia dentro de otra si no la supera? Al hacerlo, en este caso, lo lúdico, apasionado y profano de Carmina Burana queda reducido a lo trágico propuesto por el Ballet.

¿Que hace, por ejemplo, un borracho tirado en el escenario mientras el barítono (César Arévalo) nos canta “Tu hermoso rostro/ me hace llorar a raudales,/ hielo es tu pecho”?. El personaje en el suelo, evidentemente, no sufre por la mujer que ama sino por los efectos de la bebida.

El barítono César Penagos hace una entrada perfecta, falsea su voz (pues se trata del canto de un animal que ironiza sobre sí mismo): “En otro tiempo yo era hermoso,/ cuando yo era un cisne./ ¡Desdichado de mí!/ ¡Ahora negro/ y churrascado!”.

Pero en lugar de un animal asado aparece un joven blanco, más parecido a un efebo. Penagos, en algún momento, abandona la voz del cisne y derrama su habilidad de tenor olvidando el tono gracioso del animal herido.

Los solistas, tanto la soprano Lisbeth Tiu como el barítono César Arévalo y Penagos cobraron con justicia los tantos aplausos que el público les brindó, pero es necesario agregar que a veces inyectaron excesiva solemnidad a esos cantos que llevan dosis de relajamiento, excepto, claro está, en momentos intensos como cuando la soprano canta: “Stetit puella/ rufa tunica;/ si quis eam tetigit,/ tunica crepuit” (“Una muchacha se detuvo/ con una túnica roja; / alguien la tocó/ y la túnica se rompió”).

Los Carmina Burana son anticlericales, exaltan los placeres de la carne y desafían las leyes de la gravedad católica medieval. Tales pasiones requieren de actitudes distintas a las que tiene, por ejemplo, Romeo ante Julieta.

Finalmente, la obra no tenía la ensambladura justa. Pareciera que no tuvieron suficientes ensayos juntos la orquesta, coros y ballet, pues a veces llegaban muy tarde o muy temprano a su encuentro. El público es cada vez más asiduo; aplaude, se pone de pie; ahora, es el turno responsable de los artistas.

(Función del 25 de agosto. Coro sinfónico dirigido por Julio Santos; dirección del ballet, Amalí Selva y Eddy Vielman. Director de orquesta, Igor Sarmientos).

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