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RERUM NOVARUM Vencer el mal a fuerza de bien
Nuestra conducta social y personal está demasiadas veces alejada de los principios éticos.
Por:
Gonzalo de Villa
La cuarta semana de enero tuvimos los obispos de Guatemala nuestra estatutaria Asamblea Plenaria Anual. Al final de ella, dimos a conocer un comunicado en el que analizábamos en primer lugar el panorama nacional, y sobre él hacíamos una exhortación que concluíamos con unas reflexiones finales desde la enseñanza de la Iglesia.
En la primera parte hacíamos referencia a distintos problemas nacionales que sin duda son motivo de preocupación para muchos en el país: temas de conflictividad agraria, de problemas en torno a la minería, de deportaciones de guatemaltecos en Estados Unidos, de déficits crónicos en la inversión en educación y salud, pero terminábamos concentrando nuestro análisis en torno de tres temas de los cuales el segundo y el tercero son coyunturalmente importantes, mientras que el primero es, estructuralmente, el más grave y acuciante que enfrentamos como sociedad.
Los procesos sociales sobre los que mostrábamos más preocupación en esta ocasión eran el de la crisis bancaria y del sistema financiero y el del adelantamiento de la campaña política. En el primer caso, más allá del daño grande para miles de ahorristas que han perdido sus haberes, nos preocupaban las graves faltas de ética cometidas en torno a los procesos de bancarrota, tanto por comisión como por omisión, así como la gravedad de los hasta ahora anónimos propaladores de rumores.
Si se pierde la confianza en el sistema bancario, el daño será mayor y repercutirá al final no sólo en ahorristas defraudados sino en daños gravísimos para el conjunto de la economía del país.
Nos preocupaba igualmente el caso omiso hecho por los partidos políticos a las disposiciones del Tribunal Supremo Electoral en materia de plazos, porque en ello veíamos poca voluntad de los políticos para cumplir las leyes que regulan el ordenamiento de la sociedad.
Pero siendo graves y serios todos los temas hasta aquí mencionados, el más grave, con mucho, es la violencia que destruye la vida y que invade y penetra en todos los sectores de la sociedad, no respetando ya ni siquiera a mujeres y niños.
Esa violencia tiene raíces históricas antiguas; se acrecienta con el crimen organizado y el narcotráfico, pero se vuelve imparable ante la incapacidad e ineficiencia de las instituciones públicas cuya misión primaria es identificar, consignar, juzgar y condenar a los responsables de los crímenes.
“La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra” (Gn. 4,10).
Ante tanto mal presente en nuestra sociedad, ante tanta violencia que azota y destruye personas y familias, ante tanta impunidad, el primer llamado que hacemos los obispos es a no dejarnos vencer por el mal, a no ser derrotistas, a no perder la esperanza, a no creer que todo está perdido.
El llamado lo basamos desde nuestra fe en la afirmación sobre por quien y a imagen de quien hemos sido creados -Dios- y por quien hemos sido redimidos -Cristo-.
Nuestra conducta social y personal está demasiadas veces alejada de los principios éticos, y por ello estamos llamados a cumplir un código de conducta moral fundado en el respeto a la dignidad y libertad de toda persona y en la búsqueda del bien común.
A la falta de coherencia ética en clave cristiana la denominamos pecado. Alegar ignorancia ante tanto crimen que diariamente desangra el país no deja de ser una actitud como la retratada en el Génesis, en la pregunta que Dios le hace a Caín por la suerte de Abel.
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