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Los bemoles de un barbero
Por:
Nancy Arroyave
La risa y los aplausos fueron un cálido reconocimiento a la primer ópera del año.
La puesta en escena de El Barbero de Sevilla evidenció por qué esta obra ha sobrevivido casi 200 años.
Si bien no todo fue miel sobre hojuelas, cabe decir que, en términos generales, fue un espectáculo que gustó por las voces, las actuaciones, el vestuario y por el carácter cómico del argumento.
Una gala que gozaron grandes y chicos. Aunque los más pequeños no lograran resistir las tres horas de duración.
Del experimentado elenco internacional justo es reconocer todas las voces y actuaciones. Vale destacar a quienes interpretaron al Conde de Almaviva, quizá el más difícil papel cuya voz, llena de coloraturas y agilidades vocales, exigía mucho más esfuerzo.
En el papel de Rosina, pese a la experiencia de la cantante argentina, la guatemalteca hizo un muy buen esfuerzo.
Y puesto que los paneles para la escenografía fueron hechos en Guatemala, preocupa que éstos lleguen a caerse en algún escenario centroamericano donde ésta obra se presentará en los próximos días, como ocurrió minutos antes de la primera presentación.
O que vayan a ser criticados por no ajustarse a las líneas en las que Fígaro describe su local y que no se reproducen en ellos.
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