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XOKOMIL Avalancha de deportados
Urge buscar mejores opciones para los migrantes que semana a semana regresan al país.
Por:
Dina Fernández
A las 12 y 45 en punto, un avión sin insignias aterriza en la pista de la Fuerza Aérea Guatemalteca. De él descienden tres hombres corpulentos, vestidos con camisetas azules y el rostro cubierto por anteojos oscuros.
“Son los agentes federales”, me dice un colega, casi con miedo. “Ellos son los que tratan mal a los migrantes”. Por la escalerilla del avión empieza a fluir la procesión de deportados.
Esta vez, el Gobierno de los Estados Unidos ha devuelto a 87 personas -74 hombres, 11 mujeres y dos menores de edad- que vuelven a pisar el suelo patrio como un pelotón abatido, con los hombros encorvados y las manos enfundadas en las bolsas del pantalón.
Los migrantes regresan cansados, algunos con el pelo enmarañado y la ropa empolvada. En la muñeca derecha llevan todavía la pulsera de plástico con datos personales que les ponen en la cárcel. Muchos de ellos ni siquiera han podido saborear el sueño americano. “La Migra” los atrapó en el camino, en el desierto o en alguna carretera fronteriza, antes de que pudieran enviar a sus familias la primera remesa.
Vienen sin dinero, sin trabajo y sin forma de pagar la deuda contraída para emprender el viaje, un compromiso que puede alcanzar hasta US$6 mil. A esta suma ya importante a veces se necesita agregar costos imprevistos, como las extorsiones de los coyotes o los intereses descomunales que cobran los agiotistas cuando alguien se atrasa en los pagos de la deuda.
“No sé qué voy a hacer”, se lamenta Candelaria Sinto, una joven de 19 años que se lanzó a la aventura junto a su esposo, a principios de diciembre, con la ilusión de llegar a la casa de sus primos, en Washington, D.C.
La pareja llevaba pasaportes falsos, con los que intentó abordar un avión en Los Ángeles.
Lograron registrarse en el aeropuerto, pero mientras esperaban el vuelo les llegaron a pedir los papeles y los arrestaron ahí mismo.
“Fue horrible”, asegura Sinto al describir las humillaciones padecidas: caminar esposada entre la gente, tener que desnudarse frente a las mujeres policías, recibir la ropa anaranjada de los presos y soportar los gritos de las guardias del presidio cuando no entendía sus órdenes en inglés.
Pero lo más angustiante para esta mujer de Coatepeque fue enterarse, en prisión, de que estaba embarazada y no podía avisarle a su esposo, de quien la separaron al momento del arresto. “Hasta hoy que volví a verlo le pude dar la noticia”, dice Sinto mientras su compañero, sentado en el suelo, le coloca las cintas a los zapatos y la ayuda a calzarse.
Durante el mes de enero, el gobierno estadounidense ha deportado a mil 654 guatemaltecos. Si la tendencia actual continúa, en 2007 las deportaciones se incrementarán en casi 10 por ciento, comparadas a las 18 mil 300 del año pasado.
La administración de George Bush está ejecutando sin misericordia su estrategia de expulsar a cuanto hispano indocumentado encuentre, personas en su mayoría pacíficas que sólo buscan una oportunidad para brindarle un mejor futuro a su familia.
Según me cuentan los colegas que han cubierto este tipo de noticias, antes los deportados llegaban a nuestro país y prácticamente los echaban a la calle sin decirles siquiera “bienvenidos”.
Afortunadamente, ahora Migración y el Ministerio de Relaciones Exteriores han mejorado en algo la recepción a los migrantes. Ahora por lo menos les proporcionan una bolsa con comida, una llamada telefónica y el pasaje de vuelta a casa.
El Ministerio del Trabajo también acaba de poner una oficina de empleo en la Fuerza Aérea. El coordinador, Rodolfo Uribe, se esmera al llenar las solicitudes de los deportados, a quienes intenta darles esperanza. “Les digo que yo mismo soy la prueba de que se puede vivir en Guate”, afirma. “A mí también me bajaron de uno de esos aviones hace un mes, pero míreme ahora: aquí estoy echando punta”.
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