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Guatemala, jueves 08 de febrero de 2007

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Opinión

ALEPH
¿Por dónde destrabar a Guate?

La impunidad continúa siendo la norma.
Por: Carolina Escobar Sarti

Somos herederos de un pasado autoritario, oligárquico y excluyente. No hay vuelta de hoja. El poder político se ha estructurado por siglos alrededor de un Estado con esas características, lo que ha ocasionado no sólo que los espacios de participación política hayan sido negados a una gran mayoría, sino que grandes grupos poblacionales no hayan tenido (y sigan sin tener) acceso a las oportunidades del desarrollo.

Vivimos en un país que se ha transnacionalizado sin democratizarse y que aún no ha podido integrar sus diferencias. Queda claro que nos fue más fácil salir de la guerra que del subdesarrollo.

La negociación de la paz se dio por el agotamiento del proyecto dominante de los sectores políticamente fuertes, y puso en evidencia la ausencia de un proyecto de nación distinto, imaginado por el resto de la sociedad guatemalteca.

La firma de los acuerdos de paz marcó definitivamente un hito en nuestra historia, sentando las bases de un proyecto que demandó años de rompimientos, acercamientos y negociaciones previas.

Sin embargo, los acuerdos de paz nos encontraron con los calzones abajo y aún falta que vuelvan a su lugar. Quien gobierne a partir de 2008 encontrará una institucionalidad profundamente debilitada, porque las instituciones del Estado han sido manipuladas políticamente al antojo de los poderes tradicionales y emergentes, lo cual ha impedido que se desarrollen y se fortalezcan.

La Corte de Constitucionalidad, la Corte Suprema de Justicia, el Congreso de la República y el Ministerio Público son apenas algunos ejemplos cotidianos de ese manoseo.

Por otra parte, el sistema político presenta síntomas claros de agotamiento. Los partidos políticos conducidos por caudillos continúan siendo utilizados para conseguir cargos públicos, y no se han traducido en verdaderos espacios de representación ciudadana. Este deterioro se debe en mucho a que la Ley Electoral y de Partidos Políticos es débil e incompleta, establece condiciones mínimas y no obliga a los partidos a practicar internamente la democracia.

La mayoría de partidos son estructuras que surgen cada cuatro años y se mueren luego de las elecciones, o “hibernan” hasta las siguientes. A veces no tienen ni siquiera planes de gobierno técnicos, basados en ideologías y propuestas claras, sino simples promesas electorales propias del mercadeo político. Como los partidos no tienen base social sólida, buscan grupos-objetivo que coyunturalmente les permiten captar votos.

El resto de la ciudadanía circunscribe su participación principalmente a los procesos electorales, por medio del voto. Buena parte de la sociedad civil, preocupada más por sobrevivir, delega casi completamente la responsabilidad en el Gobierno y éste paga mal, desvinculándose de sus electores demasiado pronto.

Esto hace que los funcionarios tengan más libertad en las instituciones del Estado y poco control de la ciudadanía, lo que indudablemente abre las puertas a la corrupción. Los medios de comunicación han venido desempeñando un rol protagónico en este sentido durante los últimos años, fiscalizando de cerca el ejercicio político.

En materia de derechos humanos, continúa dándose un patrón que se sirve de aparatos clandestinos y estructuras paralelas de seguridad para amenazar y hasta asesinar a defensores de derechos humanos, activistas, operadores de justicia, abogados, testigos, querellantes adhesivos, periodistas u opositores políticos. Esto genera un ambiente de violencia política que se amarra directamente con el problema de seguridad y justicia que enfrentamos.

La impunidad continúa siendo la norma, y las instituciones del Estado encargadas de brindar seguridad a la población padecen el enquistamiento del crimen organizado y la falta de capacidad técnica y financiera.

Además, los gobiernos le siguen dando prioridad al gasto militar, a través de constantes incrementos y transferencias; eso va en detrimento de otros rubros más importantes como el gasto social y el Ministerio de Gobernación, por ejemplo. Trabajo hay, no cabe duda. Todo es comenzar a pensar por dónde destrabamos al país.

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