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EDITORIAL Sobresaltos sin fin, sino patrio
El hundimiento anunciado, ocurrido anteayer en el barrio San Antonio, es el más reciente de la zaga de hechos de conmoción e impacto social en el país, en una racha cuya huella nefasta se extiende, sin contemplación, sobre la paz, las emociones y, en general, sobre la vida de 13 millones de guatemaltecos.
La Patria parece estar atrapada en una secuela trágica en donde la existencia discurre entre escándalos de corrupción; el escarnio de malos políticos a la moral y la institucionalidad; la quiebra de bancos; los fraudes de financieras; las arremetidas de malos policías contra los ciudadanos honrados a quienes están obligados a proteger; los fallos aberrantes de jueces venales, y una desvalorización peligrosa en actores de la vida privada.
Nuestra sociedad está inmersa en un modelo ingrato, donde la pregunta más frecuente entre quienes son ajenos a esa vorágine de maldad es: ¿por qué a Guatemala?, y la respuesta puede llevar, por distintas vertientes de reflexión, hacia una respuesta común: porque hay malas personas.
Un pensador griego decía que la única forma de asegurar la paz de una nación es la práctica de la justicia y la virtud, que sólo se alcanzan cuando los gobernantes son sabios, los órganos del Estado actúan con templanza, y los gobernados son prudentes. Cuando falla la buena actitud de uno de esos actores, sobrevienen el caos y la debacle.
Aquel pensamiento cobra vigencia en la sociedad guatemalteca de estos tiempos, caracterizada por la convulsión, porque no uno, sino los tres grandes actores de aquella correlación incumplen sus obligaciones, y por eso el país parece, a veces, al borde la barbarie.
No son pocas las personas extenuadas por tantos sobresaltos deseosas de emigrar hacia un lugar libre de angustias. Mas no hay a dónde ir, y si lo hubiere, puede no ser el paraíso ideal, libre de aflicciones. Además, por ser Guatemala su tierra, aquí deben de librar, de manera resuelta, la batalla para erradicar la maldad y asegurar un clima de paz y respeto, en donde la justicia sea el estandarte de la actitud general. Dejarla sola en momentos de apremio puede verse como un acto cobarde e irresponsable, similar al del capitán que abandona su barco cuando se está hundiendo.
Es impredecible el siguiente golpe de aquel sino. Sólo se intuye que es ineludible en este país de lo increíble, y todo cuanto se puede hacer es estar a la expectativa para reducir su impacto.
Esa previsión debería incluir, además de los aprestos ante lo natural, la exigencia de contar con órganos públicos saneados y eficientes y con aspirantes a la función pública investidos de ética.
Lamentablemente, no existe visión para una ni otra cosas, y el caso más elocuente y cercano es la tragedia del barrio San Antonio, cuyo riesgo era de sobra conocido y, sin embargo, los funcionarios responsables de la advertencia y el auxilio oportuno para las víctimas potenciales se limitaron, impasibles, a esperar que la catástrofe llegara.
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