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EDITORIAL El desconocido terreno del país
El súbito hundimiento ocurrido la semana pasada en la zona 6 de la capital es una nueva prueba de la necesidad urgente de dar a conocer a los ciudadanos la mayor cantidad posible de información sobre el terreno en el que se asienta la capital, así como de las características geológicas principales, que están allí aparentemente dormidas, pero que cuando despiertan se convierten en la fuente de muertes y otras tragedias.
La primera tarea, en el caso que nos ocupa, es realizar todas las investigaciones técnicas y resumir todos los criterios científicos para explicar con la mayor certeza posible lo que en realidad ocurrió. Es irresponsable que alguna autoridad del Gobierno o de la municipalidad exprese opiniones acerca de las causas que dieron origen al fenómeno.
Obviamente, dentro de estas investigaciones deben entrar las denuncias realizadas por los vecinos desde hace algún tiempo, sin haber logrado el interés de nadie que pudo haber actuado para atenuar los efectos.
La ciudad de Guatemala es un lugar muy interesante desde el punto de vista geológico. Se encuentra en la zona fronteriza de tres de las llamadas placas tectónicas en las cuales está dividida la corteza terrestre, lo cual no es común en el planeta Tierra. Esta es una de las razones para que haya tantos terremotos, fenómenos que un guatemalteco promedio vivirá por lo menos una vez en su vida.
La información que se debe otorgar a los ciudadanos debe explicar la conformación del terreno del valle capitalino, que a lo largo de los milenios ha dejado una huella que es visible a simple vista cuando se realizan cortes para realizar obras de infraestructura.
Se evidencia también la poca consistencia y ello permite predecir fácilmente que cuando ocurra un terremoto similar o más fuerte al del 4 de febrero de 1976, las laderas de los barrancos atestadas de covachas serán los lugares donde con seguridad ocurrirán muchas muertes que pudieron haberse evitado si esos riesgosos lugares no se hubieran convertido en asentamientos humanos.
Es urgente, además, realizar simulacros de evacuación de escuelas, edificios públicos y privados, e información sobre cómo actuar en las calles. Nada de esto se hace siguiendo una planificación, y por ello los pocos ejemplos realizados en algunos centros de enseñanza y edificios no podrán evitar o disminuir la cantidad de víctimas a la hora de una emergencia.
El hundimiento de la zona 6 no debe ser considerado como un suceso aislado que ocurrió por mala suerte. Se debe explicar hasta dónde influyeron los factores humanos y su relación con aspectos geológicos específicos. Fue un verdadero milagro que murieran tan pocas personas y que la ciudad no hubiera quedado paralizada en esa transitada y poblada área.
La tarea más importante se inicia ahora: cómo reducir los efectos de estos fenómenos, o lograr evitarlos. La comunidad científica internacional, como lo hizo para el terremoto del 76, está dispuesta a colaborar en este sentido. Es cuestión de llamarla a través de los científicos nacionales o de los canales oficiales, gubernativos y diplomáticos.
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