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Guatemala, viernes 13 de julio de 2007

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Cultura

REVELACIONES
El informante nativo

Por: Margarita Carrera

Ronald Flores, con sus 33 años, es considerado uno de los más talentosos y prolíficos escritores guatemaltecos.

Once son los libros que ha publicado: novelas, cuentos, ensayos.

F&G le acaba de editar su última novela: “El informante nativo”, una obra que discurre sobre el mundo aborigen (Ronald evita el apelativo indígena o maya), al narrarnos la historia de un niño llamado, igual que su padre, Viernes, proveniente de la selva lacandona.

Con respeto y veneración, Flores se acerca a la cultura prehispánica, vista y estudiada por él como lo más noble y sabio que el mundo americano encierra.

El joven Viernes da sus primeros pasos dentro del seno de una pequeña comunidad de trabajadores en un sitio arqueológico de Tikal.

Allí los estudiosos tratan de descifrar el gran misterio que envuelve el pasado de los aborígenes que han sido capaces de construir sitios tan majestuosos: “Buscaban rastros de la grandeza precolombina en el Mundo Perdido de Tikal, con una devoción que tornaba el trabajo arqueológico en una profesión de fe”.

Profesión que hace suya el escritor al transmitirnos los hondos estudios que ha realizado sobre dicha cultura.

El grupo de arqueólogos incita a los padres de Viernes abandonar su trabajo como excavadores en Tikal e irse a vivir a la ciudad, con el objeto de que su hijo pueda prepararse para descifrar el misterio que encierran sus nobles antepasados. Ya en la ciudad, el padre (también llamado Viernes) tiene que ganarse la vida con los más diversos y humildes oficios.

En la más cruel pobreza nacen sus hermanos, a quienes aguarda un destino infame.

En el desarrollo de la novela, discurren ensayos de índole diversa. Entre éstos, Flores da a conocer, sarcásticamente, lo que piensa de los escritores guatemaltecos: “...según los mismos criollos, todos los escritores de valía no sólo eran blancuzcos y europeizantes, sino que además ostentaban apellidos de abolengo: Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón, Enrique Gómez Carrillo, José Milla y Vidaurre, o Augusto Monterroso.

Incluso los de más reciente aparecimiento como Rodrigo Rey Rosa, quien veía lo aborigen con extrañeza, como algo lejano y exótico, o Dante Liano, quien codificaba su propia condición de hijo de casa en Europa en su última novela, o Francisco Pérez de Antón, quien se dedicaba a recrear, con añoranza, el anacrónico orden colonial” (p. 93). (Menos mal, me digo, que no hace alusión a las escritoras mujeres).

La novela tiene su culminación con la historia de Viernes cuando éste acepta ser intérprete aborigen de arqueólogos extranjeros. En el momento en que uno de ellos, llamado Pascual Reyes, lo contrata para dedicarse por completo al estudio.

Entonces es enviado a una universidad de Boston, en donde, después de una dramática relación amorosa con una mujer no-nativa, se dedica a estudiar mañana, tarde y noche, aceptando su destino como “el informante nativo”, una especie de Malinche que, en alguna forma, traiciona a su raza.

Y es Reyes quien comparte con Viernes aquello de que “La decadencia del imperio es inevitable cuando se rompe la armonía en el seno de la élite gobernante, cuando se instala la traición entre pares y se permite el destello del puñal de Brutos como mecanismo regulador del relevo del grupo en el poder”.

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