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Guatemala, domingo 03 de junio de 2007

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Nacionales

Rosa Longo de Luna, testigo de la historia
Nació el 12 de julio de 1903 en San Marcos
Por: Claudia Méndez Villaseñor

Foto de portada
Doña Rosita recuerda que leyó a escondidas, tres veces, la novela María, porque su papá no la dejaba. “¿Pero qué tenía de malo?”, dice. (Foto PL: Emerson Díaz).

Hija del dueño del famoso Hotel Longo, nació el 12 de julio de 1903, en San Marcos. Estudió en Quetzaltenango para evitar a los enamorados que la perseguían por su belleza. Casada con un periodista ya fallecido, doña Rosita es hoy la vecina más longeva de la ciudad.

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Por su mente revolotean los recuerdos de más de 100 años de vida. Despacio, intenta ordenar las miles de imágenes y situaciones que guarda en el baúl de la memoria y que revive con una mezcla de felicidad y nostalgia.

Algunos detalles escapan clandestinos, pero otros, como el paso del cometa Halley, en 1907, cuando apenas tenía 4 años, permanecen intactos, tanto que a veces cree que fue ayer cuando divisó en el firmamento el cuerpo celeste.

Se trata de Zoila Angélica Rosa Longo Chávez de Luna, quien nació en Tejutla, San Marcos, el 12 de julio de 1903 y, de acuerdo con los registros de la municipalidad capitalina, es la vecina más longeva de la ciudad.

Su padre, José Longo Llerendi, de origen español, propietario del Hotel Longo, clasificado como de cinco estrellas, sentía un especial afecto por su hija mayor, quien era considerada una beldad en el pueblo, y por ello para evitar el acecho de los enamorados la envió a un internado en Quetzaltenango. Para ella sería una de las épocas más crueles de su vida.

Pero el control paterno no impidió que conociera el amor y se casara con un célebre periodista quetzalteco, Enrique Luna Peláez, con quien procreó dos hijos: María del Carmen y Carlos Enrique.

En la siguiente entrevista, doña Rosita narra con su dulce voz algunos pasajes de su vida y revive algunos momentos históricos, como la llegada del ferrocarril al país, el terremoto de 1917, el gobierno de Jorge Ubico y la llegada del hombre a la Luna.

¿Dónde nació?

En San Marcos. Ese fue mi pueblo; lo quiero mucho, pero hace muchos años que no voy. Viví en el hotel de mi papá, con mis hermanos Monchito, Tono, Juan Manuel, Carmelita, Martita y Caloy (Carlos). Yo era la más grande de mis hermanos.

¿Se acuerda de su época como estudiante?

Sí. Estudiamos en una escuela de San Marcos, y luego en un colegio para internas (trata de recordar el nombre, pero se le escapa) en Quetzaltenango.

¿Por qué la internaron en Quetzaltenango?

Por los muchos enamorados. Tenía mi pelo bien largo, rubio, bien rubio, y era bonita, digo yo (risas), por eso me perseguían. Mi papá se ponía furioso, era muy enojado, no dejaba ni que me cortaran el pelo. Cuando me fui tenía como 13 años, era joven y ya me habían pedido.

¿Le gustó el internado?

Fueron unos años crueles. Era muy aburrido, había muy pocas niñas, y la directora era muy enérgica; apenas teníamos comunicación unas con otras. Me recuerdo mucho cuando, este es un pasaje muy bonito, en aquella época ponían los retratos de las madres de los presidentes, y allí estaba el de la mamá de Manuel Estrada Cabrera. Un día lo mandaron a botar, entonces yo protesté, ¿cómo iban a botar el retrato?, ¿qué tenía que ver la señora con la política de ellos? Viera, usted, el lío que se armó.

También me recuerdo que nos bañábamos en la pura pila de agua fría, y a guacalazo limpio. Nos bañábamos con camisón, y entonces nos daba más frío. Terrible la época, desde entonces me volví miedosa del agua fría (ríe).

¿Quiénes eran sus amigos?

Conocía a don Chemita (el presidente José María Orellana), éramos grandes amigas con su hija Elenita. A donde don Chemita sí me dejaba ir mi papá. Nos daban permiso para ir juntas a cualquier lugar, pero con él. Solas no podíamos salir. Antes los papás eran más enérgicos, y no como hoy, que son más flojos.

También fui amiga de Rubén Darío, el famoso poeta nicaragüense; de Carlos Paiz (fundador de una cadena de supermercados) y del escritor Antonio (Tono) Escoto.

¿Cuáles son los recuerdos más felices de su niñez?

Cuando me subí al primer carro que vino a Guatemala, tenía 12 años. Decían en San Marcos que la gasolina que quedaba tirada en el piso era el popó del carro (se ríe).

¿Qué sintió?

Calcule, iba con dos señoras ya grandes que se hospedaban en el hotel. Iba muerta del miedo, porque no sabía lo que iba a pasar. Bien asustada. Después nos acostumbramos al movimiento y al ruidito, y llegamos a San Pedro.

¿Le gustaba viajar?

Conocí toda Guatemala, montaba mucho a caballo. Una vez nos fuimos desde San Marcos hasta Huehuetenango, ¡imagínese la distancia! Llevábamos reses de reserva y dos mozos para que nos ayudaran en el camino. Una vez llegamos a un pueblo que se llamaba Sija, un lugar muy feo, decían que allí se robaban a las muchachas bonitas. Lloraba, lloraba y lloraba, porque me iban a robar a mí por bonita (risas). Mi papá se reía de mí, y más brava me ponía.

¿Terminó el colegio?

Sí. Me recibí de contadora (tenedora de libros). En un lugar conocí a un señor que se llamaba Manuel Llerena, y él me dio mi primer empleo cuando saqué mi título. Con Carlos Paiz viajamos juntos a Guatemala como tenedores.

¿Cómo conoció a su esposo?

Lo conocí en Quetzaltenango, era amiga de una señora que era su vecina y tenía una tienda. Pasaba a platicar con ella, y allí conocí a mi esposo, Enrique Luna Peláez, era periodista y escribía en La Prensa, de Quetzaltenango. Él se enamoró de mí, y ya no me dejó hasta que me casé con él. Sólo con él. Tenía 24 años, ¡ya era grande! Aproveché que mi papá se fue a España, para poder casarme.

En esa época la vida era más barata.

Sí, ahora todo está muy caro. Todo era muy barato. No recuerdo cuánto gastaba a diario, porque tenía una pensión (la Pensión Luna, propiedad de sus suegros), pero la comida era barata. Para mi receta de fiambre compraba dos centavos de ejote, y era un canasto; ahora no me dan ni uno. Iba al mercado, y con Q5 compraba todas las verduras y las carnes.

¿Recuerda si la ciudad era tan peligrosa como ahora?

Había ladrones, pero no como ahora. Hay muy mala gente, están los mareros, gente horrible. Antes la vida era más honrada, hoy ya no; ahora hay muchos malos.

De todos los presidentes que ha conocido, ¿cuál le ha parecido el mejor?

Jorge Ubico era de carácter, no había tanto ladrón como ahora, ni tanta cosa fea. Las puertas de las casas permanecían abiertas de par en par. No había ladrones. Ubico fue un buen presidente.

¿Qué hacemos para que aparezca?

¿Y el peor?

(Miguel) Ydígoras Fuentes, (Efraín) Ríos Montt, (Jorge) Serrano Elías, (Alfonso) Portillo, ellos no han sido buenos.

¿Qué opina del presidente Óscar Berger?

Berger, allí está mi presidente (señala un retrato del mandatario, colgado en la pared de la sala). Es un real mango de exportación. Es guapísimo. Él ha sido bueno, y su esposa, encantadora.

Al final de la entrevista, doña Rosita recita “El dulce milagro”, de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou: ¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. Rosas, rosas, a mis dedos crecen...

En la estancia, tapizada de fotografías de familiares y amigos, y una del presidente Óscar Berger con dedicatoria, destaca una escultura gótica de la Sagrada Familia, dorada y reluciente, protegida por un bóveda de cristal, mientras que la suave voz susurra lentamente: ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende un milagro de éstos y que sólo entiende que no nacen rosas más que en los rosales, y no hay más trigo que el de los trigales!

• 1907: El cometa halley

“Ay, qué me voy a olvidar”

“Todas las noches salíamos a verlo con mis hermanos. Como eran más chiquitos, los sacaban todos tapaditos, con sus gorritas y suéteres”, recuerda doña Rosita, que tenía 4 años. “Para mí es lo más lindo que he visto; tenía una cola brillante, linda. ¡Ah, el cometa Halley! Yo he visto muchas cosas, pero no como el cometa”, agrega.

• 1969: Viaje a la luna

“Casi me muero del susto”

“Yo no podía pensar que había pasado eso, que el hombre había llegado a la Luna; era algo que no podíamos imaginar”, recuerda doña Rosita, quien entonces tenía 66 años. “Casi me muero del susto cuando vimos lo que estaba pasando, y los hombres caminando en la Luna, en el espacio. ¡Algo grande, increíble, no podía dejar de pensar que habían llegado a la Luna”.

Mirada al pasado

1917. - Iba para San Marcos, cuando ocurrió el terremoto.

1930. - Viaja en el Ferrocarril de Los Altos, recién inaugurado.

1932. - Conoce la primera televisión que llegó a Guatemala.

1935. - “Qué hacemos para que aparezca Jorge Ubico”, expresa.

1944. - “A Jacobo Árbenz lo conocí, pero no fue buen presidente”.

2007. - “Mi presidente Berger es un real mango de exportación”.

Además, en esta sección:

 

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