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Guatemala, viernes 29 de junio de 2007

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Además, en esta sección:

La luz tras el talento
El luminotecnista Eliseo Molina fue homenajedo en el Teatro del IGA por 30 años de carrera
Por: Lucia Herrera

Foto de portada
Eliseo Molina, mejor conocido como Chello.

“Muchos jóvenes artistas han empezado a volar con las luces de Chello, actores y actrices nos hemos retratado en las luces de Chello, muchas directores han visto su imaginación plasmada en las luces de Chello, pero los más importante y perdurable es el cariño y respeto que ha despertado en toda la comunidad artística. Gracias Chello por ser como eres”.

Con esas palabras cerró María Teresa Martínez la semblanza de Eliseo Molina, mejor conocido como Chello, durante el acto de reconocimiento por su labor luminotécnica en el Teatro Dick Smith de IGA, por tres décadas.

Molina entró a laborar en el Instituto Guatemalteco Americano, IGA, el 20 de junio de 1977, en el área de mantenimiento. “Yo no sabía nada de iluminación, pero bien dicen que uno siempre tiene un propósito”, cuenta.

“Un día, me dijeron que me habían observado y que creían que podía ser buen elemento para el teatro. Así empezó el proceso”, agrega. Chello trabajó en todas las áreas de teatro: desde la limpieza hasta saber como poner la luz de las butacas, faena que le dio la oportunidad de experimentar con la consola electrónica.

“Empecé a trastear todo el equipo y a observar que si muevo la palanca de las luces éstas van cambiando de intensidad y eso produce sensaciones diferentes y eso me interesó”, relata.

Fue así como Eliseo Molina inició una carrera autodidacta en la luminotécnia, que según acota él, se ha ido perfeccionando con la lectura de libros y revistas, además de observar con detenimiento todas las cosas.

“Al observar, no sólo ver, uno encuentra algo más, todo es un arte; la naturaleza, los amaneceres, los atardeces, la noche con luz, etc. Yo siempre cuento que antes me iba caminando de regreso a mi casa por todo el Centro observando las lámparas y cómo éstas daban sensaciones y efectos distintos cuando, por ejemplo, estaban tapadas por alguna rama de árbol que se movía con el viento, producía una sombra diferente y eso lo trasladaba después al escenario”, cuenta Chello, con la sencillez y amabilidad que le son características.

Durante sus 30 años de carrera, Molina, ha sido reconocido en varias ocasiones con premios Opus y premios Muni por la iluminación que acompañó a diversas obras de teatro. Además, ha participado con las luces de presentaciones como como la del Ballet Nacional de Cuba, Miami City Ballet, Richard Cleyderman y óperas producidas por la Fundación Paiz, Carlos Cacacho, Carmen Montejo, y con el tenor Plácido Domingo, entre otros.

La obligación del técnico de luces es llevar al público a diferentes dimensiones, porque aunque es el mismo equipo, al colocarse de otra manera muestra otro espacio, afirma Molina. “En el escenario siempre está pasando algo que existe, por eso es un reto diferente cada vez, y eso es lo interesante, que uno no se aburre. Yo estoy comprometido con los artistas porque, sin saberlo, me metí en su mundo. La luz también habla y guía por donde uno quiera.

Yo dije ‘en que puedo servir’ y así fui formando parte de esto. No sé hasta donde voy a llegar, pero me falta mucho por aprender, así que seguiré aquí hasta que me lo permitan”, concluye, mientras posa para las fotos en un escenario cuyas luces son, esta vez, dirigidas a él.

Una noche especial

Muy pocas son las ocasiones en que la comunidad artística: músicos, bailarines, actores, cantantes, se reunen para honrar a otro artista. El lunes 27 de junio, Eliseo Molina, mejor conocido como Chello, congregó a más de 200 personas, entre familia y artistas, que no dejaban de felicitarlo y de expresar lo merecido del reconocimiento.

Al finalizar, “el artista de la luz”, agradeció al IGA por ser la primera institución en Guatemala que reconoce a los técnicos. En un gesto de humildad señaló que hay otros técnicos que también merecen reconocimiento.

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Revelaciones: Homenaje a Carmen Matute
Por: Margarita Carrera

Bajo el título de “Conversatorio sobre la producción literaria de Carmen Matute”, el Instituto Guatemalteco Americano, rindió homenaje (el 27/6/07) a esta destacada poeta y escritora guatemalteca.

En él, participaron Delia Quiñónez, Ronald Flores y mi persona. Varios ensayos he escrito sobre la obra poética de Carmen. En uno, inicio el elogio de su poesía diciendo: con la fuerza natural del canto, de la música que invade alma y cuerpo; con la fuerza natural del amor, de la sensualidad de fuego que arrebata en plena entrega; con la fuerza natural de la mujer que crece dentro y fuera de sí misma, aislada de la violencia y de la sangre; con la fuerza natural que sólo Carmen Matute posee de manera inequívoca, es que se levanta esta poesía cabal y desgarrada de “Abalorios y espejismos”.

Sumisa y rebelde al mismo tiempo, tierna e insistente, su voz poética encierra el amor, el deseo que nutre y fortalece, que se desliza en el cuerpo pleno de delirio, música y fuego. Algo constante en toda su creación: arte amatorio del más fino lirismo; saudades en soledad callada, más allá del mundanal ruido; silencios después de la palabra hecha canto.

Si por feminismo entendemos la redención de la mujer del despiadado mundo patriarcal, Carmen es feminista al enaltecer el erotismo de la mujer, cuestionando y transgrediendo el viril orden establecido. Su poesía se ve envuelta por el goce estético que fluye en sus palabras.

Sexo, erotismo y amor son aspectos que se conjugan inseparables en sus versos. La mujer deja de ser simple objeto para transformarse en sujeto que tiene su propio mundo, un mundo en donde se levanta su ser, invocando la vida a plenitud.

Pero donde su erotismo cobra especial vuelo es en su poemario “En el filo del gozo”: ahí recrea un Paraíso libre del pecado de la carne, en un desbordamiento de la más delicada y delirante sensualidad. “Refinamiento y libertad -nos dice Luz Méndez de la Vega- han venido a ser la característica más distintiva de su estilo poético, que no admite otro límite más que el tan sutil lindero de belleza”. Y habla de ese poema de antología titulado “Propuesta del higo”: “Te propongo/ la dulzura del higo,/ su carne sonrosada,/ replegada y húmeda/ como un animal marino./ Goza el misterio de este fruto,/ su textura de molusco,/ su íntimo tamaño...”.

Desde su primer poemario: “Círculo vulnerable”, Carmen Matute ha logrado conquistar un merecido espacio en la poesía guatemalteca: “Carmen no desmiente ni su casta ni su irreductible vocación de poeta(...)”, ha dicho Delia Quiñónez.

Variada es la temática en su poesía. Constantes: el amor, la soledad, la muerte. Sin embargo, sustenta en el erotismo su esencia. Como la diosa Afrodita, levanta sobre la sensualidad su mundo de sentires y aconteceres.

Pero Carmen se ha lanzado a la prosa: en el 2006 publicó, con Elizabeth Andrade, “El Cristo del secuestro”, que narra el sufrimiento de una madre por la desaparición de su hijo. En el mismo año, en los Juegos Florales de Quetzaltenango, obtuvo el Primer Premio en cuento.

Pronto una destacada casa editorial recogerá algunos de sus cuentos. Asimismo, fue propuesta como candidata para el “Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias” 2007.

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