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COLABORACIÓN La Prensa también salva vidas
Decidí defenderlo, pues intuí que era inocente.
Por:
Jaime Cordova
Corría octubre de 1985, cuando, como reportero de Prensa Libre cubría la nota roja, es decir, la fuente de la Policía. Descubrí una breve nota acerca de una radio clandestina en San Martín Jilotepeque, Chimaltenango, en un informe policial llamado circunstanciado, con noticias casi secretas, al que nadie tenía acceso.
No obstante lo riesgoso de ese tiempo, viajé de inmediato a ese municipio, en donde por temor nadie contaba lo sucedido. Establecí que en el paraje Sacalá, aldea Las Lomas, un humilde patojo, agricultor, tímido, descalzo, con segundo de primaria, que ayudaba con la doctrina en la Iglesia Católica, llamado Roberto Díaz Martín, sin experiencia alguna en radiodifusión, más que su empírica vocación, había fabricado una emisora y logrado salir al aire, e interrumpía las radios Nuevo mundo y Ciro’s.
La emisora no era subversiva; clandestina, sí, pues no tenía autorización para operar. Con un radio viejo, alambres, otro aparato de transistores, y una antena colocada en lo alto de un pino en el patio de su casa, incursionó durante un mes en el cuadrante, divulgando sones de marimba, el programa del padre Navarro y cantando con su hermano Pío, pues sabía interpretar la guitarra.
Como periodista, decidí defenderlo, pues intuí que era inocente; era un chico sano e inteligente que había cometido una travesura impulsado por su vocación nata.
Se publicaron las primeras noticias que movieron el cotarro. Roberto había sido secuestrado por cuatro judiciales rudos, bien armados, que lo golpearon. Su afligida madre, Martina, salió en su defensa, pero fue intimidada. Lo trajeron a la capital, sin consignarlo previamente a un tribunal, y le aplicaron tortura física y psicológica. Dormía sin ropa en el piso de un cuarto húmedo y maloliente de la Policía, situada en la 7a. avenida y 14 calle, zona 1.
En las noches lloraba por sus padres, hermanos y rancho; temía que lo mataran. En menos de tres días fue consignado al juzgado de Paz local, con lo cual su vida estaba asegurada.
Siguieron otras entrevistas del chamaco en prisión, padres, autoridades, gente del pueblo. Aparte de la presión periodística, creo que los detectives se convencieron de que no mentía, pues estaban acostumbrados a sacarle la verdad a cualquiera. El juez comprobó su inocencia, ordenó su libertad y pudo respirar de nuevo en su comunidad rural.
Con el apoyo del entonces gerente de Guatel, ahora Telgua, Mariano Rayo Ovalle, ya fallecido, se lograron dos becas, una en esa institución y otra en el extranjero. A su regreso se convirtió en empresario, al inaugurar su propia emisora, Radio 2000. Le dediqué una última nota con el titular “De supuesto subversivo a empresario”.
La Asociación de Periodistas de Guatemala me otorgó el premio Juan Rodríguez, al haber obtenido con este trabajo el primer lugar en el certamen periodístico anual, en 1987. Inolvidable vivencia, salvar una valiosa vida, gracias a Dios, y a la sagrada profesión periodística que muchos no quieren porque, aparte de informar, orientar y descubrir a los corruptos, se constituye en fiel defensora de la libertad y democracia de los pueblos del mundo.
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