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Guatemala, domingo 20 de mayo de 2007

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Opinión

EDITORIAL
Manifestación de civilidad política

En las sociedades con poco desarrollo político, como la nuestra, la rivalidad entre los distintos grupos presentes en las pujas electorales con frecuencia se traduce en enemistad o encono exacerbado, y en casos extremos de virulencia, en agresiones físicas, algunas veces llevadas hasta el extremo de la muerte.

Las vidas perdidas en el curso del actual proceso proselitista son una prueba de ese lamentable estadio oscurantista en la conducta, pero también se ve en la destrucción de propaganda del rival, en el descrédito mutuo entre los prospectos en contienda, con calificativos dirigidos a la destrucción de la honorabilidad, como la ignominia del atributo de corrupto, sin ninguna base, o la burla y la ridiculización por defectos físicos o características poco comunes en esas personas.

Gracias al trabajo de concienciación cívico-política de los medios de comunicación, de entidades nacionales e internacionales, y a las mismas exigencias de los electores, hay algunos cambios en la forma tradicional de hacer política, en el sentido de colocar el proceso intelectual sobre el hepático; la discusión franca y cordial de las prioridades sociales sobre el fin de instrumentar al Estado para beneficio de los dirigentes políticos; y la argumentación fundada, frente a la descalificación carente de argumentos.

Esa nueva visión de la rivalidad –no enemistad– en el quehacer político ha permitido a sus representantes sentarse a la mesa y discutir los pilares de un plan de visión –aunque algunas veces haya desafecciones penosas como la mostrada en el rechazo de un proyecto consensuado de la nueva ley de educación nacional– o, más recientemente, el encomiable consenso multipartidario de hacer los recaudos presupuestarios para la obra pública cuya trascendencia obliga a su continuidad en el próximo gobierno.

Pero existen, ante todo, esperanzas sociales de una nueva actitud de los políticos frente a una Guatemala atada por necesidades ancestrales, cuyas soluciones se han frustrado por las rivalidades de las distintas fuerzas en busca del poder, porque hasta ahora, por lo general, ha predominado el propósito de llegar al Gobierno para satisfacer intereses individuales, grupales o gremiales, y no la atención de las prioridades para sacar al país del atolladero en que se encuentra.

La reunión del jueves recién pasado, entre el vicepresidente Eduardo Stein y 20 delegados de partidos políticos, para tratar aspectos de la transición, es un buen comienzo para colocar en la mesa los programas positivos de este régimen, a efecto de no malograr lo avanzado hasta ahora en temas sensibles como la educación, la seguridad alimentaria, el respeto a la diversidad o la infraestructura, así como en proyectos de los cuales se deben aprovechar estudios y avances en los procesos para hacerlos realidad, como el Anillo Metropolitano, la mejora aeroportuaria, el turismo o la carretera de la Franja Transversal del Norte.

Es importante recoger las iniciativas de integrar un plan de Nación coherente y participativo, para que cada cambio de gobierno no signifique la anulación de todo lo actuado por el régimen saliente, porque con esta actitud el país da pasos hacia atrás, y así nunca llegará al nivel de desarrollo anhelado.

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