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Guatemala, domingo 20 de mayo de 2007

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Nacionales

24 años con los altos mandos
Pasión de la cual dice sentirse muy orgulloso
Por: Francisco González Arrecis

Foto de portada
Su afición por el arte culinario y el servicio han hecho de Arévalo un asistente presidencial y vicepresidencial idóneo. (Foto PL: Antonio Jiménez).

Ser camarero presidencial durante 24 años y asistente de la Vicepresidencia en los últimos ocho, le ha servido a Juan Francisco Arévalo para conocer a fondo los gustos, actuaciones secretas y excentricidades de las máximas autoridades del país, con quienes ha viajado a lo largo y ancho del mundo, y con quienes ha conocido gente famosa.

Se inició en las filas del Estado Mayor Presidencial, como asistente de oficiales, durante el régimen de Romeo Lucas García, y luego pasó a ser asistente de pabellones, en el gobierno de facto del Efraín Ríos Montt.

Los recuerdos de esa época, dice, son escuetos, porque no se podía estar muy cerca de los militares; “los protegían mucho”, comenta.

“Una vez salió el general Ríos Montt de su privado, en la Casa Presidencial, y de inmediato le quise tomar el ataché. No lo soltó, y me dijo: No, patojo, porque la gente piensa que llevo o mucho dinero o una bomba. Se sonrió, y luego me lo entregó”, verlo así de bromista era poco habitual, comenta.

Del período de Óscar Humberto Mejía Víctores recuerda que los tratos hacia él eran muy privados, “Éramos meseros de ellos, pero no se podía estar cerca”, añade.

Los buenos tiempos

Reconoce que sus mejores tiempos fueron durante la administración del presidente Vinicio Cerezo Arévalo, el primero de la era democrática actual.

En esta etapa fue nombrado mesero personal del presidente, y luego se convirtió en su asistente.

Viajó con él a Nueva York, Miami, México y Centroamérica; una experiencia de la cual aún guarda fotografías que congelaron el recuerdo y lo perpetúan en su apartamento.

Recuerda cómo una vez fue regañado por Cerezo. En un viaje a Nueva York le alistó su traje oscuro, porque tenía una cena, pero se percató de que el gobernante sólo llevaba calcetines claros.

Arévalo recuerda que, sin titubear, le incluyó en el equipaje un par de los que él llevaba, de color oscuro; el presidente se los puso y se solucionó el problema.

Al día siguiente, al servirle el desayuno, el presidente le dijo: “Arévalo, yo soy el presidente de Guatemala, y no soy ningún baboso. Ayer pusiste un par de calcetines que no eran míos. Cuando haga falta algo, decímelo, para ordenar que lo compren”.

Comenta que, en una ocasión, en El Salvador, hubo un atentado de comida contra Vinicio. Dentro de un termo plástico, con café, había tres astillas de vidrio; Arévalo se percató de eso y alertó a la seguridad personal, para que interviniera.

“Los meseros presidenciales recibimos entrenamiento en seguridad gourmet, para cerciorarnos de que lo que comen los presidentes no tiene nada malo”, afirma.

Durante los últimos ocho años, Juan Francisco Arévalo se ha ocupado de ser asistente de la Vicepresidencia.

Atendió cuidadosamente cada detalle que requería el vicegobernante Juan Francisco Reyes López, durante la gestión del FRG, y actualmente se ocupa de atender al vicepresidente Eduardo Stein.

Cocidos y tepezcuintle

Del período de Juan Francisco Reyes López comenta que fue una relación de mucha tensión y presión psicológica, porque el funcionario tenía un carácter difícil.

Los fines de semana recuerda cómo Reyes López le contaba el tiempo para que, desde su residencia en San Cristóbal, se transportase a la Vicepresidencia, en la zona 1, a fin de recoger el almuerzo y llevárselo a su casa.

Cocido era lo que le gustaba a Reyes comer los domingos, recuerda Arévalo. En 30 minutos debía hacer el viaje y llevarle el antojo culinario, para no ganarse un regaño. Otra de la comidas favoritas de Reyes era la entraña.

Antes de servirle la comida en su residencia de San Cristóbal, Arévalo le hacía su cama, le lustraba sus zapatos e incluso le colocaba su gabacha.

“Es parte de ser el asistente, el mesero personal. Se debe atender con mucho cuidado al jefe”, precisa.

Pero lo peor de todo fue cuando una vez se le olvidó sacar del enfriador un tepezcuintle que le habían regalado a Reyes en Izabal, para ser cocinado. La carne se mantuvo refrigerada durante seis meses, y cuando, por azares del destino, Reyes lo encontró en el enfriador de la Vicepresidencia, sólo se escuchó un fuerte grito: “¡Arévalo!”.

En estos tres años y meses, durante la administración de Eduardo Stein, reconoce que los tiempos han cambiado. La calma regresó a la Vicepresidencia.

“(Stein) es una gran persona. Siempre está atento de cómo está mi familia. He aprendido mucho de él”, asegura.

Cada mañana recibe a Stein con jugo de papaya. Debe haber siempre frijolitos y champurradas en la cocina, porque en cualquier momento las puede pedir. Sus comidas favoritas son el lomito y el pescado a la plancha o en salsa de naranja.

“Pero si se le pone un cocido a la par, deja todo, porque le encanta”, comenta.

Dice que con los “buenos días” ha sabido detectar el estado de ánimo de los presidentes o vicepresidentes. Si no hay respuesta, es porque traen alguna preocupación, infiere.

“Se les prepara un juguito y se les entrega, agregando la frase: Para que tenga un buen día, vicepresidente, y ya se recibe un gracias, que es la mejor propina para el mesero personal”, cuenta.

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