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Horrores idiomáticos y algo más...: Suflé de sesos
Un gobierno tiene que tener pluralidad
Por:
Maria del Rosario Molina
Creo que estoy escribiendo este artículo con demasiada anticipación, hoy 19 de mayo, pero no me puedo contener.
Acabo de leer las declaraciones del vicepresidente Stein, diciendo que lo que le faltó al gobierno fue “galleta”, localismo este que significa ‘fuerza’.
Creo firmemente que no eran galletas las que debían hornearse. Era un suflé lo que hacía falta. La palabra suflé se deriva del francés “soufflé”, que literalmente significa inflado en su primera acepción, pero en la segunda, más popular, es un plato delicioso en el que a las claras y las yemas de los huevos muy bien batidas se les agrega otro ingrediente para hacerlo consistente: queso, carnes, verduras, frutas... y sesos.
En el gobierno que ya finaliza, y por el cual voté, había algo más que masa, mantequilla y especias, ingredientes principales de las galletas: Había sesos, huevos, azúcar, sal y pimienta, pero les faltó saber combinarlos para hornear un excelente plato.
¿Qué les pasó entonces? Lo que a todo amateur que no es chef: coordinación y experiencia.
Esa falta de experiencia y de saber coordinar las cosas arruina cualquier suflé, en cualquier parte del mundo, sólo que en otros lugares se les da más tiempo a los cocineros para que aprendan.
Aquí, los chefs se improvisan: Fulano es economista, Perencejo es politólogo (ya la palabra está aceptada por el DRAE), Mengana es una figura pública. ¿Pero, quién será el futuro chef que, si no abarca todos los campos, colocará a cada quien en su especialidad?
Debe buscarse adecuadamente al especialista en su materia: el que se haga cargo de los sesos, otro que bata los huevos, o los use, otro que agregue los condimentos, uno más que vigile el punto exacto de cocción, para que el suflé (léase el gobierno) funcione.
Un gobierno tiene que tener pluralidad, tal y como acaba de organizar el suyo el nuevo presidente de Francia, con miembros de diversos partidos, para que todos (no voy a decir todos y cada uno, porque ese ya es “lugar común”) den lo mejor de sí.
Pero tenemos otro problema más: Aquí todos se consideran capaces (no creo que sea el afán de rapiña lo que los mueve) y hay más candidatos que votantes.
Y debo confesar que si a mí, sólo en sueños, me ofrecieran la presidencia “en bandeja”, no la aceptaría porque conozco mis limitaciones, aunque haya estudiado Ciencias Políticas y dado clases durante doce años en EPRI (Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la UFM).
No es ese el caso de mi abuelo, Tácito Molina Izquierdo, a quien el Unionismo en pleno le ofreció la presidencia, pues todos los unionistas de 1920 le habrían dado su voto. Él no quiso ser presidente. Quería conservar su nombre limpio.
A propósito de nombre limpio, opino que tanto don Óscar Berger, como el señor Stein, (pastelero de vocación, únicamente por aquello de la galleta) y sus ministros salen con un nombre limpio de ese campo de arenas movedizas llamado política.
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