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VIDA BREVE Persiguiendo al tiempo
Por:
Irina Darlee
Sigo escribiendo estas líneas en el avión, regresando de Europa a Guatemala. Se ha perdido una noche mía durante estas largas doce horas de vuelo entre las nubes, y tantas cosas que en aquella noche perdida hubiesen podido suceder.
Y ¡tantas cosas que sucedieron en mi vida personal! en el pasado histórico del que he sido testigo desde mi tierna edad, sin proponérmelo.
Con los recuerdos vuelven los calendarios y sobre todo las emociones particulares. Ayer todavía he estado caminando por las calles de Berlín del brazo de mi amiga guatemalteca Mayra Schaefer, casada con un diplomático alemán, comentando que me he convertido en turista, de regreso casi vieja a Berlín, donde transcurrió la mayor parte de mi infancia, y donde mi madre tenía razón de temer a la guerra.
Luego yo tenía miedo a los bombardeos a las calles obscurecidas y a las aceras llenas de escombros. Esto era durante los años de la Segunda Guerra Mundial.
En mi actual viaje a Berlín, donde he sido invitada a dar conferencias, he querido mostrar a mi amiga Mayra el edificio en que viví durante unos diez años con mis padres. Recordaba perfectamente que la casa tenía el número 29 del Kurfuerstendamm, entre las calles Fasanen y la Uhlandstrasse, cerca de la Kaiser Wilhelm Gedaechniss-Kirche, la de la mutilada torre por la guerra, donde hemos escuchado este sábado un excelente concierto de coros.
Aquella bella iglesia, con sus torres heridas por los bombardeos durante el triste pasado, está reconstruida con muros de cristales azules. Mi casa queda muy cerca de ella, sólo que ese día no la encontrábamos.
Sus vecindades estaban reconstruidas en forma supermoderna y hemos pasado ante el viejo “Café Kranzler”, donde íbamos a tomar café en mesitas colocadas sobre la ancha acera hace un medio siglo, el que ahora quedaba en medio de mucha modernidad y de muchas luces.
El pasado se escondía, el número 29 parecía no existir hasta que vimos una fea fachada gris en medio de altos y tupidos andamios de hierro. Por lo visto a este edificio lo estaban derrumbando o remodelando. En las ventanas vacías de sus comercios había rótulos que decían “nos hemos mudado”.
Entramos por el viejo portal al patio, ahí entre cemento y piedras de la obra y de telarañas quedaba un poco de grama del jardín y un par de figuras de mármol volcadas sobre la grama, como si fuesen unos cadáveres.
Hemos atravesado el patio para pararnos ante la puerta del viejo apartamento nuestro, y hemos tocado su timbre, pero nadie nos abrió.
Luego dos albañiles bajaron por las escaleras y nos informaron que en toda la casa ya no quedaban inquilinos, “aquí no vive nadie” pero “aquí” estaba todo mi pasado infantil y yo venía en persecución del Tiempo, en querer revivirlo ante mis ojos y tocar con los ojos de la ilusión aquellos años, desterrando la raíz silenciosa de mi vida de antes.
Quería atravesar las puertas del Tiempo, que vivió dentro de mi alma y con firmeza paciente buscaba el recuerdo, que quería tocar, como tocaba este timbre mudo que ya no escuchaba nadie, tocar un tiempo perdido por el mero hecho de haber sido vivido y pasó, como aquellas horas felices de la infancia. Noté que mi corazón palpitaba distinto en este viejo edificio que dio cobijo a mis mejores años y ahora me clavaba el alma con sus garras a aquel pasado con sus infinitas huellas.
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