|
EDITORIAL La aceptación de las derrotas
En cuestión de derrotas y de victorias se ha escrito mucho. Un viejo adagio señala que es mucho más difícil reponerse cuando se ha salido victorioso de algo. La derrota es huérfana, en primer lugar, pero por otra parte es aleccionadora para quienes tienen madurez de aceptarla como la consecuencia de errores propios, no de maldades ajenas. La victoria, rodeada de inmediato de padres, muchas veces instantáneos, no permite reconocer las acciones que fueron erradas y que por suerte no cambiaron el resultado.
Cuando se participa en una lucha política, se debe estar preparado para actuar con inteligencia y serenidad, independientemente de si se gana o se pierde. Pero se debe estar preparado para perder, sobre todo, en casos como las segundas vueltas electorales, donde no existe la posibilidad de obtener el segundo lugar.
Este significa pérdida, y convierte en vano al esfuerzo realizado muchas veces por largo tiempo y por una respetable cantidad de personas.
Uno de los factores más interesantes es el hecho de que muchas veces la derrota o la victoria no dependen de acciones equivocadas de los contendientes, sino son el resultado de la percepción de los votantes.
Normalmente se hacen muchas campañas para instar al voto sereno y maduro, pero la verdad es que es abrumador el porcentaje de personas que votan por razones emocionales, entre las cuales se incluyen, claro está, los mensajes simplistas de las campañas políticas.
Los dos candidatos que se enfrentarán el domingo deben estar preparados para que el resultado final sea muy parejo, con escasa diferencia. Ellos sí tienen la obligación de actuar de manera serena y madura, haciendo todo lo posible por evitar que sus partidarios se lancen a cometer acciones que pongan en entredicho los resultados, la credibilidad de las instituciones participantes o la honorabilidad de los miles de ciudadanos que han aceptado ir a actuar en las mesas receptoras de votos.
Las últimas elecciones de México y de Costa Rica han sido claros ejemplos de esa tendencia a que las elecciones se decidan por muy escaso margen, y que por ello sea imposible y, sobre todo, irresponsable predecir al ganador, o autonombrarse vencedor antes de que sean proporcionados los resultados oficiales, muy probablemente cerca de la medianoche del domingo próximo.
De más está decir que si alguno de los candidatos cometiera el craso error de lanzarse a gritar que las elecciones han sido de alguna manera fraudulentas, basado en el pequeño margen que habrá según todos los pronósticos serios, incurriría en una acción de cuyas trágicas e impredecibles consecuencias sería responsable en forma directa.
A pocas horas de la elección, tanto los candidatos como su gente y los ciudadanos que hayan votado por ellos deben tener claro que uno ganará, y que tanto quien no lo logre como el victorioso deben comprender que, en todo caso, será una victoria no representativa de la voluntad mayoritaria, porque muy probablementa participará menos de la mitad de los ciudadanos aptos.
|