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Guatemala, viernes 02 de noviembre de 2007

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Cultura

REVELACIONES
Clément y Freud

Por: Margarita Carrera

Catherine Clément ha venido a sacudir mi afición por Freud. Mi amigo, el doctor en medicina, licenciado en letras y escritor, René Cordón, me prestó un libro formidable de esta filósofa francesa. El nombre: Pour Sigmund Freud, lujosamente editado por Éditions Mengés en el 2005.

Las ilustraciones y fotografías que lo enriquecen son estupendas. Luego está la forma como ella penetra los más íntimos acontecimientos de la vida de Freud. Lo más atractivo y original no radica en el simple relato, sino en la manera como enfrenta, tuteándolo, al autor del psicoanálisis.

He aquí lo que se dice en la contraportada del libro (traducido por mí): “Tuviste todo el amor del mundo: una madre amante que prefería a su ‘Sigi de oro’, una mujer enérgica y alegre, hijos respetuosos y una hija adorada. Tuviste los tres cofres: la madre, la esposa, la hija adorada. Apoyado en sólidos fundamentos, pudiste llevar a cabo la más grande revolución intelectual del siglo XIX, con la que introdujiste el peligro de tu teoría sexual. Para tu mala suerte, conociste tres hechos siniestros: la muerte de tu hija Sofía, la de tu nieto Heinele y el dolor de vuestro cáncer. Lo que resta es la vida misma y tú la amaste, ¡no digas que no! (…)”.

Hasta ahora, ¿quién ha osado dirigirse de tal manera al padre del psicoanálisis? Sólo Catherine. Cómo envidio su atrevimiento, yo, que también le dediqué casi veinte años. Pero jamás se me hubiera pasado por la cabeza hacer las tremendas interpretaciones que hace esta filósofa francesa.

Al leerla nos encontramos con un Freud vivo, que se debate por sus intensas pasiones. Es el encuentro de dos almas gemelas. La de ella, Catherine, y la de Freud. Una visión exigente y a la vez luminosa de uno de los gigantes del pensamiento contemporáneo.

Es impresionante el cuestionamiento que se atreve hacerle a Freud cuando habla sobre sus dos más grandes amores (¿simples amistades?): Wilhem Fliess y Carl Jung.

El primero, un médico especialista en la nariz, quien contribuyó a que Freud se planteara la existencia de la bisexualidad en la naturaleza humana. Catherine destaca esta frase que Freud le escribiera a Fliess: “No comparto tu menosprecio por la amistad entre los hombres; en mi vida, tú lo sabes bien, la mujer jamás ha reemplazado el compañerismo propio del amigo”. Con el tiempo esta amistad se rompió cuando Fliess lo acusó de plagio.

Pasaron cinco años para que Freud conociera su segunda pasión: Carl Jung. Éste era totalmente opuesto a Freud: no judío, hijo de un pastor protestante, apasionado por lo excéntrico, el espiritismo, el esoterismo de la India y el Oriente.

Jung se había vuelto psicoanalista después de haber leído La interpretación de los sueños, defendiendo a Freud frente a los psiquiatras. Fue así como nació la amistad. Una correspondencia con mutuos elogios, luego una conversación de trece horas seguidas.

Y Freud perdió la cabeza, lo nombró el heredero del psicoanálisis alengándoles a sus discípulos judíos que era necesario que un ario enriqueciera su ciencia. La amistad colapsó en 1909, cuando el presidente de una universidad de los EE.UU. invitó a Freud a dar cinco conferencias.

También se invitó a Jung. Entonces lo conoció Freud mejor. Un antisemita que escribió, en 1934, en una revista dirigida por Mathías Göring, primo del famoso mariscal de Hitler. Escribía que el inconsciente ario era superior al inconsciente judío y admiraba “el grandioso fenómeno del nacional-socialismo alemán”.

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