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Guatemala, viernes 02 de noviembre de 2007

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El jade mágico de las culturas
Para olmecas, mayas y aztecas, el jade concentraba las fuerzas divinas y valía más que el oro

Foto de portada
El jade facilitaba la ascensión al más allá, era un bien supremo en las ofrendas divinas en forma de collares, brazaletes, tobilleras, orejeras, piezas decorativas, vasos funerarios, máscaras, estatuas y herramientas. (Foto PL: EFE).

(Por Laura Durango). / Desde tiempos precolombinos, la trascendencia del jade en las civilizaciones mesoamericanas quedó plasmada en sus expresiones ceremoniales y decorativas.

Más dura que el acero, de luminosidad traslúcida y con un asombroso registro de tonalidades verdes, esta piedra tenía más valor que el oro entre las antiguas culturas.

Olmecas, mayas y aztecas concedían al jade un significado primordial y lo trabajaban con gran destreza y perfección.

Dicen las crónicas que cuando Hernán Cortés y Moctezuma se encontraron, éste le obsequió con dos cuentas de jade imperial, de color verde claro, el más brillante y valioso, y le recomendó que no lo entregara más que a su rey, pues cada cuenta valía más que “dos cargas de oro”, lo que prueba la importancia de esta roca.

Al parecer, piratas franceses atacaron el navío de regreso a Europa, y nunca se supo qué pasó con aquellas piezas invaluables.

El jade mesoamericano o jadeíta es distinto del jade chino o nefrita. Por sus propiedades de dureza y brillo, la jadeíta es más valiosa que la nefrita; además, sus colores varían debido a la exposición a otros minerales durante su formación, siendo el más preciado el jade imperial, que es muy escaso.

La exótica gama de tonalidades de la jadeíta comienza con el blanco, sigue con diez tonos de verde y llega hasta cotizadas rarezas como el jade naranja, amarillo, rosa, lila o negro. Son muy apreciados también el jade princesa, famoso por su translucidez, o el bello jade azul olmeca.

Aunque los olmecas (Golfo de México) fueron los primeros en tallar el jade, la presencia del mismo en sus áreas costeras del golfo de México fue escasa y lo obtenían por intercambios comerciales.

Los mayas (Sur de México y Guatemala), por el contrario, extraían el jade en abundancia de las canteras de Sierra de las Minas, en el valle del Motagua, que aún hoy es, junto con Rusia y Birmania, una de las fuentes más importantes de jadeíta a nivel mundial.

Estas minas de Guatemala quedaron ocultas durante la Conquista, y fueron redescubiertas a mediados del siglo XX. Desde entonces, museos del jade como el de Antigua reproducen piezas mayas y elaboran joyas que atraen a turistas, desarrollando una modesta pero relevante industria cuya finalidad es preservar la herencia indígena.

Hachas y máscaras

La civilización olmeca fue la primera gran cultura del México antiguo y una de las primeras del continente. Los olmecas, magníficos escultores, relacionaban el jade con el maíz y la fertilidad agrícola, por eso realizaban hachas de este material, finamente labradas que usaban para preparar los terrenos para el cultivo.

El dios olmeca del maíz, tan decisivo en sus vidas, se representaba en jade con una hendidura en la cabeza, de la que surgía una mazorca, y se colocaba en las ofrendas a modo de eje central entre cuatro hachas de jade, una por cada punto cardinal, que simbolizaba la cosmografía de su pensamiento.

Debido a su cercanía tanto con la región olmeca como con los yacimientos de jade de Guatemala, es normal que los mayas del Clásico atribuyeran a esta piedra el mismo simbolismo que los olmecas.

Además, pese a la diversidad étnica y lingüística de las culturas mesoamericanas, hubo características comunes a todas ellas, incluido el gusto por el color verde, que regía sus vidas, inmersas en espesos y húmedos bosques tropicales.

El jade fue asociado con el concepto de inmortalidad: era la piedra de la eternidad, del cielo y del aliento.

Los mayas veneraban el jade como elemento funerario de reyes y nobles, a quienes enterraban con maravillosas máscaras sobre el rostro, el cual a su vez portaba un trozo de esta gema en la boca: pasaporte hacia el cielo cuando el espíritu saliera por la boca.

El jade facilitaba la ascensión al más allá, era un bien supremo en las ofrendas divinas en forma de collares, brazaletes, tobilleras, orejeras, piezas decorativas, vasos funerarios, máscaras, estatuas y herramientas.

Como piedra del aliento, una cuenta de jade delante de la nariz denotaba la respiración del alma en los seres vivos. Los aztecas mencionaban que el jade exhalaba aliento húmedo y fresco.

Sin embargo, para los mayas del periodo Clásico, los elementos de aliento se relacionaban más con las orejeras y las flores que con las cuentas nasales. Un elemento presente casi siempre en las orejeras mayas del Clásico era el tubo de jade que termina con una cuenta.

Fines terapéuticos

Por su parte, los mexicas o aztecas denominaban al jade Chalchihuite, y fueron quienes más lo utilizaron para esculpir dioses y utensilios ofrendados a los mismos.

Los aztecas apreciaban sobre todo el jade de color verde esmeralda translúcido, que llamaron quetzalitzli, por su semejanza al color de las plumas del quetzal.

El cronista de la Conquista, Bernal Díaz del Castillo, escribió que las piedras de jade “son muy preciadas entre los indios… y me fueron muy buenas para curar mis heridas y comer del valor de ellos”.

Y es que además de fines ornamentales, rituales o utilitarios, el jade ha sido considerado a lo largo de la historia una piedra de poder superior con cualidades curativas mágicas y espirituales, en culturas tan antiguas como la china, egipcia o mesoamericanas.

Desde hace 4 mil años se utiliza como amuleto con numerosos fines, desde meditativos hasta de protección, salud y suerte.

En el mundo prehispánico, era la piedra que concentraba las máximas fuerzas divinas y la más relacionada con el Universo, la de mayor sacralidad y la que otorgaba una protección más completa. - Agencia EFE.

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REVELACIONES
Clément y Freud

Por: Margarita Carrera

Catherine Clément ha venido a sacudir mi afición por Freud. Mi amigo, el doctor en medicina, licenciado en letras y escritor, René Cordón, me prestó un libro formidable de esta filósofa francesa. El nombre: Pour Sigmund Freud, lujosamente editado por Éditions Mengés en el 2005.

Las ilustraciones y fotografías que lo enriquecen son estupendas. Luego está la forma como ella penetra los más íntimos acontecimientos de la vida de Freud. Lo más atractivo y original no radica en el simple relato, sino en la manera como enfrenta, tuteándolo, al autor del psicoanálisis.

He aquí lo que se dice en la contraportada del libro (traducido por mí): “Tuviste todo el amor del mundo: una madre amante que prefería a su ‘Sigi de oro’, una mujer enérgica y alegre, hijos respetuosos y una hija adorada. Tuviste los tres cofres: la madre, la esposa, la hija adorada. Apoyado en sólidos fundamentos, pudiste llevar a cabo la más grande revolución intelectual del siglo XIX, con la que introdujiste el peligro de tu teoría sexual. Para tu mala suerte, conociste tres hechos siniestros: la muerte de tu hija Sofía, la de tu nieto Heinele y el dolor de vuestro cáncer. Lo que resta es la vida misma y tú la amaste, ¡no digas que no! (…)”.

Hasta ahora, ¿quién ha osado dirigirse de tal manera al padre del psicoanálisis? Sólo Catherine. Cómo envidio su atrevimiento, yo, que también le dediqué casi veinte años. Pero jamás se me hubiera pasado por la cabeza hacer las tremendas interpretaciones que hace esta filósofa francesa.

Al leerla nos encontramos con un Freud vivo, que se debate por sus intensas pasiones. Es el encuentro de dos almas gemelas. La de ella, Catherine, y la de Freud. Una visión exigente y a la vez luminosa de uno de los gigantes del pensamiento contemporáneo.

Es impresionante el cuestionamiento que se atreve hacerle a Freud cuando habla sobre sus dos más grandes amores (¿simples amistades?): Wilhem Fliess y Carl Jung.

El primero, un médico especialista en la nariz, quien contribuyó a que Freud se planteara la existencia de la bisexualidad en la naturaleza humana. Catherine destaca esta frase que Freud le escribiera a Fliess: “No comparto tu menosprecio por la amistad entre los hombres; en mi vida, tú lo sabes bien, la mujer jamás ha reemplazado el compañerismo propio del amigo”. Con el tiempo esta amistad se rompió cuando Fliess lo acusó de plagio.

Pasaron cinco años para que Freud conociera su segunda pasión: Carl Jung. Éste era totalmente opuesto a Freud: no judío, hijo de un pastor protestante, apasionado por lo excéntrico, el espiritismo, el esoterismo de la India y el Oriente.

Jung se había vuelto psicoanalista después de haber leído La interpretación de los sueños, defendiendo a Freud frente a los psiquiatras. Fue así como nació la amistad. Una correspondencia con mutuos elogios, luego una conversación de trece horas seguidas.

Y Freud perdió la cabeza, lo nombró el heredero del psicoanálisis alengándoles a sus discípulos judíos que era necesario que un ario enriqueciera su ciencia. La amistad colapsó en 1909, cuando el presidente de una universidad de los EE.UU. invitó a Freud a dar cinco conferencias.

También se invitó a Jung. Entonces lo conoció Freud mejor. Un antisemita que escribió, en 1934, en una revista dirigida por Mathías Göring, primo del famoso mariscal de Hitler. Escribía que el inconsciente ario era superior al inconsciente judío y admiraba “el grandioso fenómeno del nacional-socialismo alemán”.

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