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Economía y Desarrollo: ¡Qué importa la desigualdad!
Por:
Tomás Rosada Villamar
Opinión
¿Cómo mejoramos el bienestar de la gente? ¿Cómo hacemos para que todos se sientan bien en la sociedad en la que viven? ¿Cómo lograr que con el paso del tiempo estemos cada vez mejor?
Todos estamos permanentemente haciéndonos preguntas de este tipo, y muchísimas veces frustrándonos porque no somos capaces de encontrar respuestas coherentes, ni siquiera convincentes, mucho menos que se puedan generalizar y aplicar en varios casos. Y dentro de esta ola los economistas no somos la excepción.
En las discusiones de Economía del Desarrollo hay típicamente tres fenómenos (preguntas) que preocupan a la profesión: ¿cómo generar y sostener niveles altos de crecimiento económico?, ¿qué se requiere para reducir la pobreza?, y finalmente ¿qué supone la presencia de desigualdad en nuestras sociedades?
Todas estas preguntas que tienen una connotación “macro”, en realidad no son sino la sumatoria de lo que le pasa a los hogares en cualquier grupo humano, es decir, en cualquier sociedad.
Al final no es el número o el porcentaje lo que importa, sino lo que dicha cifra llega a representar para un individuo o una familia: más y mejores niveles de educación para los hijos (educación), menos enfermedades y mayor posibilidad de prevenir y curarlas (salud), mejores pensiones y más altos salarios con qué comprar lo que hace falta (ingreso y consumo). En suma, mejor calidad de vida.
Durante los últimos 10 ó 15 años en Guatemala se ha comenzado a construir una agenda de discusión alrededor de estos temas (coincidentemente casi a la par de nuestra transición a la democracia).
En los noventas comenzamos por preguntarnos cómo hacerle para crecer más. Luego en los inicios del dos mil incluimos preguntas como ¿cuántos pobres habrán? ¿Dónde estarán? ¿Qué características tienen? ¿Es un problema tener pobreza en el país? Y más recientemente pareciera que la siguiente discusión va a contener temas de equidad.
¿Por qué digo esto? Porque el tema de la desigualdad, al igual que lo fueron en su momento la pobreza y el crecimiento, ya se están posicionando en la agenda internacional en reuniones como las de los países llamados “G-8” o el “Foro Económico Mundial” (World Economic Forum). Y hay razones de mucho peso que lo justifican.
Los incrementos en la migración internacional (legal e ilegal) desde países con menor desarrollo hacia países más desarrollados, altos índices de violencia en centros urbanos, actividades ilícitas como el contrabando, el narcotráfico y la informalidad que incorporan amplios segmentos de la población marginada, manifestaciones recientes de discursos populistas con apoyo popular, son algunas de las razones que debieran llamar nuestra atención hacia esta nueva agenda.
Ojo que este proceso no significa que hemos dejado un tipo de preguntas por otro. No es que haya dejado de importarnos el crecimiento ni la pobreza. Más bien refleja una interesante maduración intelectual en la cual lentamente aceptamos como sociedad que el desarrollo no se logra recetario en mano.
Pareciera indicar que nos hemos dado cuenta de su complejidad y por consiguiente de la necesidad de seguir reflexionando y buscándole rutas de salida que incorporen realidades a la guatemalteca.
Para esto hace falta hablar, exponer, discutir, dialogar. Porque discutir es bueno, ¡siempre que efectivamente haya discusión! El problema que tenemos los chapines es que vivimos mucho de clichés, leemos poco, nos informamos menos, y queremos opinar de todo. En el tema de desigualdad, por ejemplo, hay visiones tan simples como que la desigualdad no debe ser vista como un problema, o que estos temas son de trasnochados izquierdistas que siguen buscando un nicho y justificación para seguir gritando en la sociedad.
Eso al final no deriva en otra cosa que monólogos y descalificaciones que poco aportan cuando lo cierto es que Guatemala es un país muy desigual, cada vez más violento, con mucha pobreza, y bajo crecimiento económico en los últimos años. No reconocerlo es simplemente una negación de nuestra realidad.
Mientras tanto hay todavía preguntas que siguen abiertas tanto para la comunidad académica como para los hacedores de política, como la relación entre el mercado y la desigualdad, las políticas públicas que pueden revertir este fenómeno, o bien las consecuencias que distintas medidas de política económica puedan tener en términos de equidad. Sobre estos temas me referiré en la siguiente columna.
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