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VIDA BREVE Juan Ramón Jiménez
Por:
Irina Darlée
El genio suele ser precoz, pero la genialidad suele alcanzarse a su debido tiempo, también el perfeccionismo soporta mal los trámites ineludibles para alcanzar la perfección.
De la época juvenil de Juan Ramón Jiménez, uno de los principales poetas españoles del siglo pasado, quedaron bastantes borradores de poesías imborrables de su juventud pero posteriormente, en su madurez, este gran poeta al filo de la cuarentena decía: “mi mejor obra es mi constante arrepentimiento de mi obra”.
Era perfeccionista y hacía versos maravillosos pero, además, tenía profundas crisis nerviosas y varias tentaciones del suicidio, e incluso el pánico de morirse en cualquier instante.
En el año 1900, tras la muerte de su padre, sus crisis nerviosas aumentaron y su vocación poética se convierte en obsesión. A pesar de sus muchos recursos retóricos, este poeta hiper estético y narcisista está atento al más mínimo achaque de su espíritu para expresarlo.
Considerado un poeta sufriente, que no extrae conclusiones de sus sentimientos, se limita a exponerlos en su obra Arias tristes.
Se le ha llamado egoísta y soñoliento. Su materia prima es el egocentrismo y algunos de sus versos acusan el recargamento adjetival y las entonaciones grandilocuentes, de todas formas él mismo fue consciente de la necesidad de la huida de su “yo” decía: “el poeta es un condenado a nombrar y su gloria única, que es gloria interior, está en perder su nombre en el de las cosas, el mundo, hasta quedarse anónimo por su incorporación, incorporarse por lo creado al mundo”.
Vivía al borde de una muerte imaginaria con sus melancolías y el resultado se mira en su obra.
Uno de sus versos llamados “de ríos que se van”, es una emocionante despedida de su mujer, entonces ya muy enferma de cáncer, y de su propia vida, pues se sabía marcado por la muerte.
Zenobia falleció el 28 de octubre de 1956, tres días después de que Juan Ramón Jiménez fuera galardonado con el premio Nobel de Literatura. Él falleció el 29 de mayo de 1958.
Cuando Zenobia dejó de respirar y Juan Ramón se volvió, desesperado hacía los médicos de la clínica en Puerto Rico, donde estaba ingresada y donde él mismo terminaría sus días año y medio más tarde, y les gritó “¡Denme una píldora, un revólver!, tengan dolor de mí, quiero morirme. Tengo que irme con ella. ¡Se lo prometí!”.
Veinte años antes, el autor del Platero, cuando el matrimonio llegó a Florida donde iba a vivir cuatro años, ya había estrenado su destierro en Puerto Rico y en Cuba, países en los que escribió muy poco, en parte porque se encontraba terriblemente deprimido y en parte porque se tuvo que dedicar a ganarse la vida dando conferencias y preparando algunas ediciones populares de sus obras.
En una crónica que hizo Juan Ramón Jiménez de su primer exilio americano, marca el comienzo de una nueva poesía, acompasada a su nueva vida, entonces sus versos se volvieron puramente confesionales, más pegados a la realidad y al dolor que esa realidad llevaba aparejado.
Uno de sus libros, Mar sin caminos y caminos sin tierra, describe su exilio siempre a los pies de la melancolía y en los bordes del fatalismo en el poema en prosa Espacio que empezó a escribir en Coral Gables, pero trabajando en él durante su estancia en Washington.
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