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ALEPH Morir dos veces
Anhelamos que la publicidad ponga en el centro de su quehacer al ser humano, con toda su dignidad.
Por:
Carolina Escobar Sarti
La noticia apareció en los periódicos un día del mes de febrero del 2001 y marcó el inicio de lo que ahora conocemos como femicidio en Guatemala. En la habitación de un hotel de la zona 7 de la capital, el cuerpo de una mujer estrangulada apareció entonces con un letrero en la espalda que decía “Muerte a las perras”.
Antes de ella, miles de cuerpos de mujeres asesinadas, violadas y torturadas habían poblado los informes que relataron lo ocurrido durante el conflicto armado interno que se vivió en Guatemala.
Después de ella, y hasta el día de hoy, se han contabilizado alrededor de tres mil cuerpos de mujeres asesinadas, con los cráneos destrozados, violadas repetidamente por la vagina y el ano, estranguladas, quemadas, mordidas, degolladas, con los senos cercenados, marcadas o mutiladas. Apenas cuatro de los casos tienen dictámenes.
El 19 de noviembre del 2007, seis años después de que apareciera aquel cadáver con la frase lapidaria “Muerte a las perras”, aparecen varias fotos en distintos puntos de la ciudad, todas de supuestos cadáveres de mujeres, con el siguiente eslogan: “Está de muerte”. Solo que en este caso no era noticia sino publicidad; la empresa publicitaria Ogilvy, de El Salvador, había lanzado en ese país y en el nuestro una campaña de los zapatos MD, que mostraba inmensas y coloridas fotos de cadáveres femeninos tendidos boca arriba, calzando los zapatos de la nueva colección.
Dos errores fundamentales de esta campaña, más allá de lo malos que son normalmente los anuncios de esa marca de zapatos. El primero es que la publicidad exige creatividad, no mala imitación de dolorosas realidades o falsos comediantes que privilegian el espectáculo por encima de la ética.
El segundo error es que cualquier empresa publicitaria seria sabe que, para lanzar una campaña de esa naturaleza, hay que conocer profundamente el contexto donde ésta se inscribirá. El lenguaje es poderoso y la imagen también; juntos son dinamita.
No puede ni debe asumirse que las frases e imágenes que son pertinentes para una cultura lo sean para otra. Una cosa es tener gusto por lo necrófilo de manera personal, como parece ser el caso de los “creativos” de esta campaña, y otra, muy distinta, es lanzar un producto contrariando un principio esencial de convivencia humana: el respeto a la vida, en una sociedad donde la cultura de la muerte ha golpeado profundamente.
Muchas mujeres y hombres guatemaltecos nos oponemos a este tipo de publicidad, porque valida una visión de mundo que asume como “normal” la violencia contra las mujeres y lleva implícito el permiso de seguirla practicando.
Anuncios como ese mandan un mensaje claro: la violencia contra las mujeres no es violencia, porque debajo del traje de un policía, de un juez o de un publicista, hay un hombre (y muchas veces también una mujer) que creen, en lo más profundo de su ser, que si un marido le pega a su mujer es normal, y que si ésta sale a la calle se arriesga a que la maten porque no hay mejor lugar para ella que la casa.
Lo estético está totalmente vinculado a la ideología de su creador, y es evidente que quienes crearon esta campaña, y la avalaron, tienen una forma muy limitada de pensar y vivir en el mundo. Quizás los prepi que prepararon la campaña no tengan ni la menor idea de nuestra historia pasada y presente, y su única visión sea la de una vida dolarizada por la vía del espectáculo.
Hace algún tiempo, la oposición a la campaña publicitaria que lanzaba condones bajo el lema de “Qué rico escoger” venía de un grupo que, atendiendo a las “buenas costumbres”, no quería que esas cosas se dijeran en público. Eso pasaba por el rasero de la doble moral.
En esta oportunidad, la oposición a ese “Están de muerte”, con todo y las fotos de los cadáveres de mujeres, no obedece a normas de urbanidad, sino que apela al respeto básico que se debe tener por la vida y la muerte de las mujeres, en un contexto de extrema violencia en su contra.
Queremos que quiten los anuncios y se disculpen públicamente, pero más aún, anhelamos que la publicidad ponga en el centro de su quehacer al ser humano, con toda su dignidad.
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