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Revelaciones: 23 de septiembre, muerte de Freud
Por:
Margarita Carrera
Dos libros sobre la biografía de Freud, uno de Ernest Jones y otro de Peter Gay (ambos voluminosos y traducidos del inglés al español), hablan sobre el cáncer en la mandíbula de Freud y cómo, en su última etapa de vida, se propagaba a través de la mejilla.
La biografía de Catherine Clément, Pour Sigmund Freud, es más breve: un tomo acompañado de excelentes fotografías. Al mismo tiempo es más intensa por su excelente estilo literario. Desde el inicio hace hincapié en cómo Max Schur (médico y amigo íntimo de Freud) había acordado con el paciente acortar el terrible sufrimiento, inyectándole morfina durante tres días. Max le puso la primera jeringa el 21 de septiembre de 1939. Algunas horas más tarde, le aplicó la segunda jeringa y, el 22 de septiembre, la tercera. La morfina cumplió su papel y Freud expiró el 23 de septiembre de ese año. Catherine insiste en el abominable sufrimiento de Freud. Ni siquiera su perra preferida, Jo-fi, soportaba el horrible hedor que salía de su boca, refugiándose en una esquina de su habitación. Freud estaba lleno de llagas que le supuraban. Y, aún así, no dejaba el infame vicio de fumar puro. En sus mejores años, fumaba hasta veinte puros al día. Aún después de treinta operaciones continuó fumando.
El cáncer le había atacado mayormente a partir de 1923. En algunos pasajes Catherine abandona la tercera persona y tutea a Freud. Un diálogo que nos hace sentir la intensidad del sufrimiento de este genio tan perseguido y mal comprendido: “Vous aurez échappé a la Shoah, professeur. Vous n’aurez pas su que vos quatre soers sont mortes dans les camps d’extermination. Il y a tant d’autres choses que vous n’avez pas sues!”.
Después de haber sido rescatado del nazismo, en 1938, y cuando vivía en Inglaterra, además del dolor que le causaba su enfermedad, se veía agobiado por recuerdos infames; entre ellos, la muerte de su hija y el nazismo apoderándose de Austria. Para entonces sus libros ya habían sido quemados. Una vez caída Viena, en donde tenía su casa, tenía la sensación de que el mundo había desaparecido para él. El nazismo se apoderaba de casi toda Europa. Sin embargo, no se quejaba. De manera estoica soportaba todos los males que le aquejaban.
Ya no supo que, después de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, su psicoanálisis se había esparcido por todas partes. El nazismo lo había prohibido, denominándolo una “ciencia judía”. Sin embargo, durante la “guerra fría”, del otro lado de la “cortina de hierro”, en la Unión Soviética, se le había acusado de ser una “ciencia burguesa” y estaba totalmente prohibido. Por un lado, el triunfo, por el otro, la expulsión judicial, observa Catherine. Pero por los años cincuenta, los investigadores descubrieron ciertas nuevas moléculas capaces de neutralizar los efectos de la locura. Algo que no hubiera sorprendido a Freud, siempre abierto a los avances científicos. Catherine observa: desde tus inicios pensaste que un día, en el porvenir, sería posible que la ayuda de ciertas sustancias químicas aliviarían las enfermedades mentales. Esta idea, escrita en 1939, a las puertas de la muerte, la había formulado desde 1895. De manera que estaba preparado para cualquier novedad. Lo malo fue que los psiquiatras se conformaron con las medicinas y abandonaron el análisis de la mente. Asimismo, se le atacaría en los Estados Unidos, en donde predomina el fundamentalismo cristiano de las diversas sectas. Se le atacaría por ser Freud ateo. Lo mismo lo atacaría el feminismo que observaba sus errores en la interpretación sexual femenina. Muchos ataques continúan en nuestros días.
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