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El poder de los sueños
Proyectos de jóvenes estudiantes son dignos de imitación
Por:
Gabriela Barrios
Jóvenes del último año de diversificado, de todo el país, presentaron sus proyectos de graduación. Más que un requisito para obtener un título, el programa Sueños de Jóvenes Ciudadanos les ha permitido demostrar que están listos asumir el reto de trabajar por Guatemala. Sus propuestas reflejan creatividad, visión y, sobre todo, el anhelo de construir una mejor nación.
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En una pequeña oficina donde funciona el programa Sueños de Jóvenes, hay torres de carpetas por todas partes, decoradas con esmero y con el sello particular de cada comunidad. Éstas contienen los más de 10 mil proyectos que los 82 mil estudiantes del último año de diversificado llevaron a la práctica, antes de culminar sus estudios.
Dejaron de ser los seminarios que se elaboraban como requisito para egresar del nivel diversificado, y que incluso un año fueron reemplazados por la tarea de alfabetizar. Se han convertido en proyectos de acción exitosos, en experiencias determinantes para una generación que se ha involucrado en proponer soluciones a los problemas que afrontan sus comunidades.
El plan piloto, que comenzó en el 2005, ha tomado forma, y como asegura Juan Francisco Valencia, coordinador del programa, “los alumnos lo han hecho suyo, se han identificado con el propósito, con la visión y los resultados están a la vista”.
Basta con repasar los informes al azar para encontrar historias ejemplares, que erizan la piel, como la de los estudiantes de la Escuela Normal del Sur, en Chiquimulilla, Santa Rosa, que decidieron promover en su municipio la responsabilidad de tributar en beneficio de todos los guatemaltecos; o las jóvenes del colegio San José, de Taxisco, que llevaron a cabo una campaña de información para señoritas acerca de cómo autoexaminarse para prevenir el cáncer de seno, y que lograron montar una jornada gratuita de Papanicolau, a pesar de que la sexualidad aún es tabú en su comunidad.
Mientras los alumnos del Colegio Experimental Verbo concretaban proyectos de desarrollo en San Antonio Xenacoj, los graduandos del Instituto Simón Bergaño y Villegas, de Escuintla, llevaron a cabo una feria de empleo como acción para superar el alto porcentaje de desocupación local. Invitaron a todas las empresas con sede en ese departamento y, con satisfacción, cuentan que del gran número de solicitudes, más del 60 por ciento fue llamado para entrevistas.
Compromiso
Un grupo de jóvenes de El Chiltepe, Chapas, Nueva Santa Rosa, Santa Rosa, buscó en estadísticas una de las aldeas del municipio con menor participación electoral a lo largo de la historia, e investigaron las causas de ese fenómeno. Entre éstas detectaron falta de recursos para trasladarse a la cabecera municipal o desconocimiento de los pasos necesarios para efectuar los trámites.
Recaudaron fondos y gestionaron para que todos los mayores de edad de la aldea Santa Isabel tramitaran la cédula –si no la tenían–, se empadronaran o actualizaran sus datos, y cumplieran con el deber de votar. Además, desarrollaron una campaña de información acerca de la responsabilidad de votar libremente y no permitir que nadie compre sus decisiones.
Entre sus conclusiones, redactaron: “Una comunidad progresa cuando los miembros de la misma son responsables”, y ellos son un buen ejemplo de esa afirmación.
Los ángeles de la cárcel
En todos los años que ha dedicado a la docencia, Orlando Arana, director del Instituto Angelina Acuña, de El Progreso, Jutiapa, nunca se había encontrado en una encrucijada como la que surgió con el proyecto presentado por un grupo de nueve señoritas y un joven, de ese plantel.
Se propusieron analizar la situación y los programas de rehabilitación del Centro Penitenciario de Jutiapa, una idea que de inmediato generó reacción de los padres.
“Fue una situación muy difícil, porque por un lado estaba el grupo, que defendía su propuesta a toda costa, y por otro, los padres, que incluso decían que la culpa era nuestra por estar metiendo cosas en la cabeza de los muchachos”, recuerda Arana.
Hubo varias reuniones entre los padres y las autoridades de aquel instituto, hasta que llegaron a un acuerdo: una de las madres se ofreció a acompañarlos en la primera visita, la que creían sería suficiente para convencerse de que la idea era demasiado descabellada y que debían desistir, pero resultó todo lo contrario.
Según narran los estudiantes en su informe, fue tan impresionante observar las condiciones infrahumanas en que viven los reclusos, que se sintieron aún más comprometidos.
Cambiaron un presupuesto modesto que apenas incluía llevar a cabo actividades de recreación, por una lista de necesidades que sumaba casi Q25 mil.
Comenzaron por planificar eventos que les permitieran recaudar fondos para pintar el interior y exterior de la cárcel, y cuentan que, cuando las veían con brocha en mano, pintando los muros del reclusorio, les gritaban: “¡Patojas burras!”, pero ellas nunca dudaron.
Consiguieron lo necesario para que los mismos reos pudieran reparar varias pilas, que estaban rajadas, y así podrían guardar agua para la limpieza de las instalaciones y de los baños. También colgaron cortinas en ventanas de los sectores y colocaron plantas en la sala de visitas.
Gestionaron con el salón de belleza Doris que 15 practicantes les cortaran el pelo a los reclusos; la Sociedad Bíblica les donó una Biblia para cada uno; invitaron a personalidades para que impartieran charlas motivacionales; colocaron un tablero de baloncesto en el patio y le dieron una pelota a cada sector.
Asimismo, contactaron al facultativo Manuel González, de la Brigada de Médicos Cubanos, para que atendiera en la cárcel; y, una vez detectados los padecimientos de cada recluso, también se encargaron de gestionar medicamentos, por medio de la fundación Operación Bendición.
Pero había dos cosas que les hacían falta: conseguir ropa para los reclusos y lograr que el camión recolector de basura pasara con más frecuencia por esa prisión, pues lo hacía cada 35 días, cuando la peste ya era insoportable.
En ese momento comprobaron que el proyecto estudiantil se había transformado en una causa de toda la población.
“Recolectamos ropa y nos llevaban bolsas repletas. Conseguimos que la población dejara de ver con rechazo a los reclusos y colaborara con sus necesidades”, recuerdan las escolares en su informe.
En cuanto a la basura, acudieron a la radio para denunciar lo que ocurría, y una señora se ofreció a pagar ese servicio para que el camión pasara dos veces por semana.
El día que concluyeron su proyecto, después de mes y medio de trabajo, los reos quisieron darles una sorpresa y les cantaron una canción de agradecimiento por todo lo que habían hecho.
En la actualidad, ellos se encargan de regar las 10 plantas que dejaron en la sala de visitas, el recuerdo de “los 10 ángeles que tocaron sus vidas”.
El Ministerio de Educación premiará, el 22 de octubre, los 30 mejores trabajos del país. Se trata de una tarea difícil, pues cada proyecto posee un valor incalculable.
Grupo privilegiado
Estas son algunas de las cifras más importantes de la educación en el nivel diversificado:
La tasa neta de cobertura es de 19.04 por ciento en el país.
Al separarla por género, se traduce en 18.63 por ciento para hombres y 19.45 por ciento para mujeres.
La tasa neta de admisión, que indica cuántos adolescentes de 16 años ingresan por primera vez en este nivel educativo, es de 11.87 por ciento.
La tasa de reprobación, que muestra el porcentaje de alumnos que no aprueban, es del 32.06 por ciento en el país.
Metodología: Proyección
Experiencia que vale la pena.
El programa Sueños de Jóvenes implementó una metodología distinta para la práctica de seminarios de nivel diversificado.
El proceso comienza con la elaboración de un plan de vida, en el que el estudiante se traza metas a corto, mediano y largo plazos e identifica las ocho áreas que desea desarrollar. Luego, analiza la realidad del país al diseñar un plan de nación, y con esa experiencia desarrolla, en grupos de 10 estudiantes, un plan de acción dentro de su comunidad.
Mauricio Quintana, asesor de la Cooperación Alemana en el Programa de Apoyo a la Calidad Educativa, ha sido jurado calificador de los proyectos durante tres años, y ha seguido de cerca su evolución.
Afirma que los jóvenes han puesto de manifiesto cómo son capaces de responder a las necesidades de sus comunidades.
“He encontrado proyectos que son de alto impacto, respuestas que ya no son fruto de un trabajo de graduandos, sino que tienen significado y trascendencia enormes”, dice Quintana.
Asegura que en el futuro se podrá ver el impacto de este programa en las comunidades y la trascendencia que marcará la vida de los jóvenes que pueden estar en contacto con las necesidades de su entorno.
“Es necesario que el programa tenga continuidad, que los profesores y directores lo defiendan, pues ellos son testigos del significado que este ejercicio ha tenido”, considera.
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