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EDITORIAL Mensaje sobre fidelidad política
A partir del 17 de octubre, el transfuguismo dejó de ser una pesadilla en el escenario político brasileño, que vive en constantes sobresaltos por la inmoralidad de muchos de sus protagonistas.
Una disposición del Tribunal Superior Electoral, conocida como de “fidelidad partidaria” obliga a los políticos brasileños, electos a cargos de representación popular, a mantenerse fieles a los partidos que los postularon, con lo cual se puso fin al secular transfuguismo.
Viene a colación aquella medida porque en Guatemala se ha prostituido el abandono de un partido como si fuera un vulgar cambio de ropa, debido a la ausencia de principios ideológicos y porque a los oportunistas sólo los mueve el interés del beneficio personal.
Es tan débil y precaria la fidelidad partidaria en Guatemala, que están reconocidos en la vida pública quienes saltan de un grupo a otro, según las expectativas electorales, para medrar del poder; pero también zanganean en el Congreso personas cuya notoriedad, antes de la procuración del bienestar social por medio de iniciativas pertinentes, se sustenta en su vocación camaleónica para cambiar de organización como veleta al viento.
El tránsfuga es inmoral, porque su afán es vivir de la coyuntural aceptación de un partido. Pero cuando se apaga la buena estrella de esa entidad, aquel personaje infiel e inconsecuente abandona el barco partidario, por temor a hundirse con él, ante el rechazo popular, y a perder los beneficios de las posiciones de poder.
La carencia perniciosa de valores y principios es una constante en la vida de aquellos traidores al partido que les abrió las puertas, a los planteamientos y programas que abrazaron de manera hipócrita, con el propósito de alcanzar un cargo público, y de los ciudadanos que votaron por aquella divisa partidaria.
Cuando un funcionario electo cambia de agrupación, el votante se ve despojado de la representación de sus intereses delegada en un partido, porque aquel que la asumió se marcha y se la lleva consigo, sin importarle si esa es la voluntad de quienes votaron por ese símbolo.
La ausencia de lealtad partidaria ha sido una constante en el Congreso, y de allí se ha extendido a alcaldías y a la función pública sujeta a nombramientos administrativos. En el actual gobierno, se vio a individuos saltar de un puesto en el Ejecutivo a la oposición, en un sucio reacomodo propio de la lotería política. Y en cuanto a los alcaldes, en estos días de alianzas espurias, gravitan de un lado a otro, en un descarado oportunismo.
Los tentáculos antidemocráticos del transfuguismo se proyectan de manera permanente sobre la vida política, pero es el Congreso la principal vitrina de ese lastre de inmoralidad, porque en la escisión partidaria aparecen bloques con colores o nombres distintos a los que el ciudadano aprobó al emitir el sufragio.
El transfuguismo es un yugo para el ideal de la democracia plena, porque impacta en forma negativa en el concepto de representatividad, siembra en el ciudadano desconfianza y frustración sobre la pureza de aquel sistema de delegación de sus intereses, y propicia apatía y ausencia de los procesos eleccionarios.
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