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RERUM NOVARUM Fecundar la sociedad con el evangelio
Labor intelectual y educativa de la Iglesia.
Por:
Gonzalo de Villa
La Iglesia Católica se ha hecho presente en sociedades determinadas en distintas épocas durante dos mil años. A lo largo de su historia, la Iglesia ha tenido que enfrentar, convivir y tratar de influir –para cambiarlas– a sociedades muy diferentes entre sí, tanto en los sistemas de gobierno como en los modos culturales de vivirse las dimensiones más básicas de toda sociedad: la familia, el trabajo, las relaciones locales, la educación de los hijos.
El esfuerzo de elaboración y sistematización de su doctrina social es reciente, y abarca un período de poco más de cien años. Sin embargo, encontramos también en siglos anteriores elementos de doctrina social tanto en sus más grandes pensadores cuanto en documentos pontificios y de magisterio local. El diálogo evangelizador con sus respectivas contemporaneidades en las diferentes épocas no ha sido fácil.
El título del artículo de hoy nos remite, sin embargo, a que la labor central de la Iglesia en la sociedad –toda sociedad, cualquier sociedad, en toda época y lugar– es la de fecundarla y fermentarla con el evangelio. En ello, sin duda, juegan papeles fundamentales tres dimensiones del accionar de la Iglesia, y ninguno de ellos debiera ser ignorado.
Una primera dimensión apunta a la labor intelectual y educativa de la Iglesia. Es la labor de reflexionar, a la luz de la fe, sobre las sociedades que uno tiene enfrente, sobre los cambios que sufren, sobre las tensiones y problemas que en ellas aparecen, sobre los escándalos e inconsecuencias que las sociedades presentan a la hora de definirse cuan humanas y humanizantes son para los seres humanos que en ellas nacen y viven. Es donde la doctrina social de la Iglesia, pero no sólo ella, trata de desenvolverse y de iluminar a las diferentes sociedades.
Una segunda dimensión va a ser el conjunto de la labor pastoral de la Iglesia. En ella la Iglesia tiene que atender a la motivación y formación de sus miembros, a la celebración de los misterios de su fe, a mantener viva la fe para los creyentes y hacerlo cultivando distintos métodos de evangelización que preparen a las nuevas generaciones de creyentes para vivir y proclamar su fe ante los nuevos retos que la sociedad presenta. Nada de todo ello adquiere verdaderamente sentido cristiano si no conduce al encuentro en la fe con Jesucristo vivo.
La tercera dimensión va a ser a dimensión misionera del accionar eclesial. La Iglesia nunca se ha conformado con cuidar de sus miembros activos. La parábola de la oveja perdida en el evangelio en la que vale la pena dejar a las 99 con que uno cuenta para buscar a esa que ya no está en el rebaño ha impulsado siempre a la Iglesia a preocuparse por los alejados, por los indiferentes y por aquellos que desconocen la fe cristiana. Esa labor misionera ha sido entendida con distintas sensibilidades en diferentes épocas, pero en todas ellas la Iglesia ha considerado esa labor como absolutamente fundamental en la expresión de su ser.
En las tres dimensiones hay elementos comunes. El primero es el anuncio del evangelio y el afincarse en el evangelio de Jesucristo para realizar esas variadas tareas. El segundo es llegar a los corazones de las personas en donde se deciden las opciones más vitales y comprometedoras de quien es uno como persona ante Dios. El tercero, finalmente, es iluminar desde la fe realidades sociales, políticas y culturales en las que la evangelización pasa por la reflexión y el diálogo con otros.
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