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Guatemala, martes 04 de septiembre de 2007

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Cultura

PLASTICA
El Lector y el libro

Por: Irma de Luján

En el proceso técnico que actualmente vivimos, siempre se menciona casi con alegría la “desaparición del libro”.

Es posible que un lejano día el libro se convierta en un objeto pretérito, recordado, pero al que se recurrirá siempre.

Con el ácido humor de Bernalrd Shaw uno de sus personajes en una comedia pensaba que el error radicaba en crear libros no para leerlos sino para el deleite de la vista, el personaje decía “esto es lo que se llama un trabajo hermoso. No hay nada mas bello que un libro, con sus bien ordenadas columnas de letra negra, con sus impecables orlas y la reproducción de las mejores obras de arte, pero hoy en día no sé lo que pasa, la gente en lugar de mirar las letras se distrae en leerlas”.

Algunos piensan que la fecha de la invención de la imprenta fue el hecho que marcó en algunos hombres el imparable vicio de la lectura. La rápida y barata reproducción de libros permitió un mayor número de lectores y el poder leerlos en privado, en esos tiempos sólo se podía leer en bibliotecas. Hecho en apariencia insignificante pero que conlleva un cambio radical en la vida cultural del hombre.

Hay mucha gente que se lamenta de la democratización del libro puesto que al abaratarse perdió calidades estéticas, lo cual es menos lamentable que la manía norteamericana del “Best Seller”. Para que se vendan tantos libros y sea un negocio verdaderamente rentable se editan por ejemplo libros como El Código Da Vinci, libro mediocre que a base de propaganda se convirtió en eso: un “Best Seller”.

Éstos enriquecen al autor, al escritor y al librero, pero empobrecen la mente de quienes ingenuamente los leen. Es decir se tienen que sacrificar el gusto de las personas y la calidad de contenido.

Indudablemente la época áurea de la edición fue el siglo XVIII y XIX. He tenido en mis manos muchos libros de esa época, son absolutamente primorosos. Por ejemplo: El Quijote ilustrado por Gustave Doré, es una joya donde prevalece el buen gusto y el buen hacer; las poesías de Bécquer encuadernado en pergamino, decorado a mano con unas delicadas acuarelas, proporciona un placer estético tenerlo en las manos, no digamos Los Cuatro libros de arquitectura de Sebastián Serlio, en donde cada ilustración es un grabado en madera (Editado 1538).

Pero admitamos que el sacrificio de tal riqueza cede a las exigencias de la difusión. La objeción más corriente y constante que se le hace al lector como hábito (quedan excluidos los investigadores) es flagrante individualismo que llega al egoísmo, probablemente sea cierto. La posible desaparición del libro dicen que será la consecuencia económica de los avances técnicos, y eso, confieso, me deja tan indiferente como el último viaje al espacio, del cual lo único que me llamó la atención es que los astronautas no pueden estornudar a causa de la gravedad.

Un buen lector no lee como el profesor. A un buen lector le gusta releer, a un buen lector no le gusta prestar sus libros, un buen lector lee más de un libro a la vez según sea la hora. Mi actitud ante la técnica es medianamente positiva, pero admitamos que la computadora informa, pero el libro enseña.

Nota: Por un lamentable lapsus, en mi columna anterior hubo una equivocación y se cambió el apellido del pintor salvadoreño César Menéndez por Méndez, pido se me disculpe.

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