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Guatemala, viernes 14 de septiembre de 2007

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Opinión

VENTANA
9 de septiembre

“¿Será que la violencia nos tiene tan anestesiados?”, preguntó el Clarinero.
Por: Rita María Roesch

Quiero contarles, estimados (as) lectores (as), mi experiencia del recién pasado domingo, 9 de septiembre. La mañana estaba fresca y con pocas nubes. A las 8.30, nos dirigimos con mi esposo al centro de votación que teníamos asignado, y que estaba ubicado en el edificio de la Escuela Oficial Urbana Mixta 810, que en el 2006 inauguró el alcalde de Santa Catarina Pinula, José Antonio Coro.

En mi opinión, es uno de los mejores alcaldes que tiene Guatemala -no en balde fue electo por tercera vez-.

Decidí llevarme una visera, por aquello del sol, y un paraguas, por aquello de la lluvia. Para mi sorpresa, al entrar en la escuela, encontré que el patio central estaba cubierto con toldos, para que los votantes no tuviéramos que sufrir las inclemencias del tiempo. Otra agradable sorpresa fue que varias jovencitas, con amabilidad, guiaban a las personas hasta la fila que les tocaba para emitir su voto.

Noté, también, la presencia de varios hombres con chalecos azules y radios en la mano que supervisaban la seguridad del evento. Entre esos hombres destacaba uno joven, alto, más gordo que fornido, con la barba sin rasurar, el pelo crespo y botas. Se pavoneaba con aire de autoridad y hablaba por el radio sin cesar -el típico macho chapín-. Reparé también en un perrito famélico que husmeaba entre la gente buscando algo para comer. El clima que se respiraba era de alegría y tranquilidad.

Estaba sacando mi cédula de la bolsa porque mi turno se aproximaba, cuando escuché los aullidos del perrito huesudo que vi al entrar. Desde la fila donde me encontraba, pude ver cómo aquel hombre, que parecía un gorila, pateaba, sin misericordia, al perro indefenso.

Sin pensarlo, corrí entre la gente para llegar hasta donde estaba aquel ser salvaje -admito que hubiera querido patearlo como él maltrataba al perro, pero obviamente no lo hice-. Le pedí con voz fuerte que dejara al perro en paz. Le increpé que qué le había hecho aquel pobre animal para que lo tratara así.

El hombre balbuceó de forma insolente, y dijo que el perro le estaba ladrando a otro perro y que había que sacarlo del lugar. Respiré profundo, luego le dije que yo estaba de acuerdo con que sacara al perro, pero ¿por qué recurría a esa forma sañuda y violenta? ¡Habría bastado con levantar las manos con un poco de aspaviento y el perro habría salido! Di la media vuelta, y volví a mi lugar en medio de un silencio sepulcral.

Es increíble -pensé-, mirando cómo el perrito se enroscaba temblando aún del miedo en una esquina lejana, que nadie de las 500 personas que allí se encontraban habían dicho o hecho algo para impedir ese acto de violencia. La gente se limitó a ver el triste espectáculo. “¿Pero en qué país estamos? ¿Será que la violencia nos tiene tan anestesiados?”, preguntó el Clarinero.

Al volver a mi lugar, mi esposo sonrió, sabía lo que yo estaba pensando. Cuando salimos de la escuela, después de haber emitido nuestro voto, me dijo: “La reacción de las mujeres fue distinta a la de los hombres cuando le hablabas a ese tipo. Las mujeres levantaron la cabeza, estuvieron muy atentas, estaban sorprendidas de lo que hacías. En cambio, los hombres miraron hacia el piso; la mayoría se hicieron los desentendidos”.

Estoy segura de que ese hombre, que pateó a un perro indefenso, también es violento en su hogar. La actitud de dominio del macho persiste como una mala hierba en Guatemala. El machismo es un patrón cultural que justifica la desigualdad, la desvalorización, el estigma, el desprecio para los más vulnerables, como la niñez, la juventud, las mujeres y los animales.

El machismo se ha recrudecido en Guatemala por los altos índices de violencia en que vivimos. Su efecto ha creado una profunda sensación de desamparo y frustración entre la población. En mi opinión, uno de los partidos políticos que busca ser electo el próximo 4 de noviembre se ha aprovechado de ese sentimiento de miedo que ha debilitado nuestras voluntades. “No olvidemos”, replicó el Clarinero, “que actuar con violencia genera más violencia.

Los chapines queremos justicia, igualdad e inclusión. Las actitudes violentas no las propician”.

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