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SENTIDO COMÚN Méritos y deméritos
El Producto Interno Bruto (PIB) aumenta a pesar de, y no debido a, los gobiernos.
Por:
Manuel F. Ayau Cordón
Los gobiernos suelen adjudicarse los méritos de las buenas y culpar a otros de las malas. La realidad, sin embargo, es lo opuesto.
Por ejemplo, la persistencia de la violencia se debe a la incapacidad del Gobierno (poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial). La función prioritaria de un gobierno es prestar seguridad; las demás funciones le siguen en importancia. Es tan conspicua su incompetencia que recurre a potencias extranjeras para que llenen el vacío que deja. Por supuesto, lo más sencillo es echarle la culpa de sus fracasos al brujo de Boca del Monte o a los poderes “oscuros”.
Parece que nuestros gobiernos no han aprendido que el crimen se impide con certeza de castigo, ya que es la certeza, más que la severidad de castigo, la que disuade al criminal. Se establecen penas cada vez más severas, desproporcionadas a las faltas o crímenes, pero el criminal sabe que hay poquísima probabilidad de que se le aplique. Debido a las deficiencias de nuestro gobierno, hoy se castiga, dicen, sólo el 1.8% de los crímenes.
La maraña de leyes que con mal juicio ha decretado el Congreso, muchas por iniciativa del Ejecutivo, otras por iniciativa de grupos de presión, y otras a cambio de dádivas condicionadas por gobiernos extranjeros, no conducen a una economía eficiente. No necesariamente lo hacen por mala voluntad, sino por estar formados por una cultura deficiente, cargada de prejuicios ideológicos empobrecedores, heredada de la época del auge del mercantilismo y del socialismo.
Es interesante darse cuenta de que las principales causas del poco progreso que ha habido no se deben a los gobiernos, pues ocurren a pesar de ellos y están fuera de su alcance. El principal factor de progreso es la economía informal, en la cual, según estudios, se ocupa el 75% de la población.
A esa economía se le llama informal precisamente porque es ajena al sistema formal del Gobierno. En ella buscan refugio las personas para librarse de la legislación, los reglamentos e impuestos que los gobiernos imponen. Sin la economía informal, quién sabe cuánto más pobreza existiría.
El segundo factor de prosperidad son las remesas familiares (Q25 mil millones), las cuales evidencian el fracaso de los gobiernos que con sus leyes, impuestos, reglamentos, burocracia y corrupción impiden la creación de suficientes oportunidades, dejando a muchas personas dos opciones: seguir pobres o emigrar a donde esperan encontrar un futuro mejor.
El tercer factor de prosperidad en las provincias se debe a haberle quitado al Gobierno central el impuesto que pagan los inmuebles para que dispongan de él las municipalidades. Anteriormente, cuando el Gobierno central manejaba esos ingresos, los municipios eran espectáculos de mayor pobreza. Muchos emigraban a la capital buscando trabajo o se iban de mojados.
Hoy las municipalidades cuentan con tanto automóvil que ya no caben en sus angostas calles hechas cuando el futuro no era muy promisorio porque dependían del Gobierno central. Hoy las nuevas calles son más anchas.
Un cuarto factor es la espontánea proliferación de las maquiladoras, que a pesar de la hostilidad de las autoridades de trabajo y la falta de protección contra las maras, proporcionan ingresos a miles de miles de familias en toda la República.
En mi opinión, nuestros gobiernos y nuestro cuerpo jurídico no serían tan desacertado sin la influencia (y dádivas) de burócratas extranjeros que forman parte de las burocracias no productivas de sus respectivos países, y que ingenuamente creen que la prosperidad la crean los gobiernos. Aceptar su intromisión y empobrecedores consejos ha sido otra falla recurrente y empobrecedora de nuestros gobiernos.
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