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EDITORIAL Riesgos de una metrópoli frágil
Hoy hace ocho días, la capital amaneció sumida en la preocupación y el caos a causa de los daños a viviendas, calles y carreteras ocasionados por las copiosas lluvias del día anterior.
Mientras numerosas familias en distintos sectores lamentaban la pérdida de seres queridos o de bienes, el paso de vehículos por la Calzada de la Paz y la ruta a El Salvador estuvo cerrado gran parte del sábado, y sus efectos se extendían a la mayor parte de arterias de la urbe, en donde el tránsito era lento y exasperante.
Aquella tragedia puso en evidencia, una vez más, la acentuada vulnerabilidad de la capital ante cualquier hecho inesperado, aunque sea de poca monta y que gravite entre lo cómico y lo irritante, como cuando se paralizó el tránsito de casi toda la ciudad por 14 horas, porque cuatro mulas se cayeron de un picop, por el Puente de Belice, o el domingo de septiembre del 2004 cuando el aeropuerto La Aurora y las arterias del sur quedaron bloqueadas, a causa de un desfile de globos. Lo mismo sucede a diario con la simpleza de un vehículo descompuesto o las protestas, aunque sean raquíticas.
Si aquellas circunstancias de baja envergadura han sido capaces de paralizar por largo tiempo la capital, -¿qué pasaría si parecidos efectos fuesen resultado de un terremoto, un accidente aéreo en una arteria de primer orden, una explosión u otro tipo de hecatombe?- Lo previsible sería el caos y la imposibilidad de proveer socorro a las víctimas, a causa del bloqueo y de la falta de vías alternas.
La capital -ya se sabe- ha agotado su capacidad de recibir más vehículos y está urgida de la ampliación y modernización de su sistema vial, incluido en esos requerimientos la necesidad de viaductos en arterias con alto flujo vehicular. Por otra parte, el Anillo Metropolitano es necesario para evitar la sobrecarga de automotores, en particular de aquellos cuyo tránsito por la ciudad tiene como único objetivo el paso de una carretera a otra.
Pero esas obras tendrían limitado efecto para atenuar la constante migración de la provincia hacia la capital, a causa de la falta de oportunidades de subsistencia y desarrollo personal en la mayoría de departamentos, debido a la macrocefalia urbanística.
Por eso, aquellas propuestas de infraestructura tendrían limitado impacto si no se impulsan políticas públicas orientadas al desarrollo de la provincia, por medio del estímulo de inversiones que generen empleo y coadyuven al desarrollo integral de personas y regiones.
En otros países se ha tenido éxito en la desconcentración por medio de polos de desarrollo, parques industriales y municipios modelo, en donde tanto el Estado como las municipalidades crean incentivos fiscales y de otra índole, así como procuran mejoras en la infraestructura y los servicios, para atraer la inversión.
La asfixiante problemática capitalina ha dejado de ser un tema de la ciudad, para trascender al plano nacional, y esa circunstancia obliga no sólo a considerarla una verdadera emergencia, sino a darle trato de tema de Estado, para que su solución involucre a distintas fuerzas y sectores, y se proyecte en el tiempo hasta alcanzar resultados satisfactorios.
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