Guatemala, 20 de abril de 2008
La rehabilitación abarca tres aspectos generales
• Los trabajadores sociales se encargan de detectar a las personas que serán rehabilitadas.
• Visitan a los no videntes en su casa y les exponen sus intenciones. Evalúan cada caso, hablan con la familia y ponen manos a la obra.
• Los instructores agrónomos les enseñan técnicas para que sean capaces de cultivar la tierra y de cuidar animales.
• Los profesores de campo son los encargados de que los no videntes aprendan a movilizarse en su entorno y a manejar el bastón.
• Si una persona no vidente o de baja visión quiere recibir ese tipo de rehabilitación en forma gratuita, puede comunicarse a los teléfonos 2473-0829 y 2473-1397.
Una de las etapas de la rehabilitación consiste en adiestrar a los no videntes para que puedan desplazarse y movilizarse en sus hogares, con ayuda de un bastón.
Por juan fernando estrada
Una nueva opción para que las personas ciegas o con poca visión reciban rehabilitación en casa ha puesto en marcha, desde febrero, el Comité Pro Ciegos y Sordos de Guatemala.
El Programa de Rehabilitación Itinerante en el Domicilio para Ciegos del Área Rural ha beneficiado, en los dos meses que tiene de funcionar, a ocho no videntes, en comunidades de Santa Rosa, Escuintla, Jutiapa, Sacatepéquez y Quiché.
La persona recibe capacitación para que pueda orientarse y movilizarse dentro de su hogar, sin ayuda de familiares o terceras personas. También aprende a hacer los oficios de la casa como cocinar, limpiar y ordenar, de manera independiente.
Pero aún hay más: los instructores enseñan a estas personas a cultivar frutas y verduras, a cuidar aves de corral y a manejar estanques de tilapias.
La rehabilitación demora un año, generalmente; sin embargo, el tiempo que los instructores invierten depende del aprendizaje de cada individuo.
Se busca “otorgarles un grado de independencia y que puedan ser autosuficientes”, comenta Nora Ardón, trabajadora social e integrante de uno de los equipos.
Las visitas corren a cargo de equipos integrados por trabajadores sociales, instructores agrícolas y profesores de campo. Estos últimos aleccionan a los no videntes acerca de cómo desplazarse con el bastón.
El profesor Carlos Hernández, quien trabaja en el Comité desde hace 27 años, explica que para los invidentes el bastón “son sus ojos”, y opina que se debe alertar a la sociedad “acerca del trato a estas personas con capacidades diferentes, quienes se movilizan muchas veces solas por las calles”.
María Teresa Morales, de Relaciones Públicas del Comité, comenta que el programa se basa en modelos de rehabilitación aplicados en otros países de América Latina, y esperan “que en poco tiempo abarque todo el país”.
Antes de que se implementara el programa, los no videntes tenían que trasladarse, con el costo que eso implicaba, a los diferentes centros de rehabilitación de Pro Ciegos en el país.
Pero a los pacientes se les dificultaba poner en práctica lo aprendido, ya que el entorno era diferente, lo que no permitía su pleno desarrollo.
Juan Antonio Pineda, director del nuevo proyecto, explica que decidieron ponerlo en marcha porque con el anterior “muchas personas dejaban de venir, por temor de abandonar sus hogares”.
Uno de los beneficiados por el nuevo programa es José Adolfo Gómez Chúa, de 49 años, quien vive en las afueras de Pasaco, Jutiapa.
Gómez perdió la vista gradualmente, hasta quedarse completamente ciego, hace ocho años.
Relata que cuando servía en el Ejército, como conductor de un todoterreno —durante el conflicto armado—, fue emboscado por la guerrilla, y el destello de la explosión de una mina hizo que perdiera la visión durante un momento. “De ahí en adelante, la vista se me nublaba con cierta frecuencia”, recuerda con tristeza.
Luego de consultar a varios médicos y especialistas, el diagnóstico no fue alentador; su ceguera era irreversible.
Por varios años se sintió mal, inútil, incapacitado; hoy, un nuevo horizonte aparece frente a él. En dos meses, ha aprendido a movilizarse por la casa, salir solo al patio, a la calle...
Aprender esto antes era imposible; primero, por el ambiente, y segundo, por la dificultad de trasladarse a los centros de rehabilitación.
“Ahora, aparte de aprender todas estas nuevas cosas, mi familia está conmigo, y se sienten orgullosos de mí”, puntualiza Gómez.
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