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Guatemala, 30 de abril de 2008

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ALEPHCarolina Escobar SartiUn hombre y su patria

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A un ser humano no se le respeta porque sus ideas sean iguales a las nuestras, sino sobre todo por su decisión de vivir en congruencia con ellas, defendiéndolas con argumentos sólidos y no con burdas consignas de clase, posición social, política o religiosa aprendidas de memoria. Es el caso de Alfonso Bauer Paiz, hombre incansable y vertical que restituye el valor de aquella trilladísima pero lapidaria frase de Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Alfonso Bauer Paiz arriba ahora a sus 90 años siendo la memoria de un país desmemoriado e irguiéndose con una dignidad poco usual en medio de tanta inmundicia. Por eso, este hombre solidario con los más desposeídos y voz de todos ellos, merece un artículo y mucho más, ya que como reza aquel proverbio africano: “Mientras los leones no tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”.

Poncho, como le llamamos quienes le conocemos de una vida entera, inició la carrera de Derecho cuando corrían los tiempos de la guerra civil española y tenía 18 años, pero entró en la vida política por la dictadura de Jorge Ubico, no con la intención de hacer carrera, sino de “cambiar las condiciones del país”, como dijera en una entrevista (2005). En esa misma ocasión señaló que durante el régimen ubiquista solo se permitían los partidos de los extranjeros, y por ello “los alemanes tenían su partido nazi, la colonia italiana su partido fascista y los españoles su falange. A ellos los dejaban circular y hacer actos públicos, pero a los guatemaltecos no”.

El hecho de haber nacido en el seno de una familia acomodada provocó que muchos de sus compañeros no lo vieran con buenos ojos. “¿Qué culpa tenía yo de haber nacido de dos familias relativamente acomodadas, ambas de ascendencia terrateniente?”, cuenta él. Su padre había sido el fundador de dos periódicos en Guatemala y dos más en El Salvador, así que las ideas revolucionarias no le eran ajenas. Por otra parte, su madre formaba parte de una familia conservadora, pero de gran cultura. Marco propicio para que un joven inquieto y consciente de la realidad desarrollara un fuerte pensamiento revolucionario.

Su recorrido por la vida pública nacional como diputado, ministro o presidente de la banca nacional agraria es impecable, y hasta hoy nadie puede sugerir una mancha de corrupción en su trayectoria. Su oposición hace 37 años a las concesiones de explotación de níquel en Guatemala fue memorable, y por ello vio morir a dos compañeros muy queridos. Fue entonces cuando parte a su segundo y más largo exilio. México, Chile, Nicaragua y Cuba fueron países que en su momento le abrieron las puertas a él y a su familia. Y luego, como abogado de los retornados, cumplió un papel determinante para el país y para los seres humanos que volvían esperanzados.

En fin, tío Poncho, usted está donde su consciencia lo exige, como dijera el maestro Quiroa alguna vez, y su legado trasciende una época. Esta patria tiene una deuda con usted.

cescobarsarti@hotmail.com

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