Guatemala, 31 de agosto de 2008
María Flor es hija de alcohólico, esposa y madre de alcohólico. Tras años de haber soportado la situación, su vida cambió cuando decidió separarse de su familia, y admitió que su hijo y su marido querían destruir sus vidas, pero que ella no iba a tirar también la suya por la borda. Buscó ayuda en Al-Anon, un grupo de apoyo para familiares de alcohólicos, donde aprendió a manejar la situación que vivía en su casa y a recuperar su vida, que había quedado supeditada al alcoholismo de su esposo.
Lo que más le costó fue alejarse de su hijo, pero ahora siente que es dueña de su destino, y que su actitud causó un cambio en sus familiares. “Me declaro una mujer en victoria”.
Antonio siempre había visto beber a sus familiares, también lo hacían sus amigos de la cuadra y la mayor parte de su entorno. “Empecé a los 14 años por imitar y por curiosidad. Les veía beber y parecía que se sentía rico”, dice.
Afirma que no sabía que tenía predisposición al alcoholismo.
“Viví momentos de pobreza, de depresión y de abandono. Me separé de mi mujer, destruí a mi familia”, cuenta.
Tardó años en aceptar que tenía un problema serio y en asumir los errores cometidos . “No fui un buen padre, dejé de estudiar y de tener una mejor profesión”, afirma.
Tras 19 años sin haber consumido licor, considera que le ha ganado la batalla al alcohol, pero cada día debe superar la prueba de mantenerse sobrio.
Mónica, con 8 años, empezó a ver cómo su madre casi nunca estaba en casa, y cuando llegaba iba con muchos tragos de más. Fueron años en los que los cuatro hermanos a cargo del mayor, de 12, tenían que cuidar a su mamá. Sentía la vergüenza de mirar a su madre en la calle y las malas miradas de sus vecinos, sobre todo su ausencia. “Estábamos abandonados. No teníamos con quien hablar, alguien que nos entendiera y apoyara”, dice, y afirma que todavía siente cierto rencor hacia ella, por los años pasados. La vieron violenta y fueron testigos de cómo la golpeaban cuando se quedaba tirada en la calle. Recuerdo difícil de borrar, a pesar de que su mamá dejó atrás la bebida.
Por gema palencia
En el 2007 se distribuyeron en Guatemala, por vía legal, 175 millones 500 mil litros de bebidas alcohólicas, más del doble que de agua natural envasada.
Esta cifra arroja como media que cada persona mayor de 18 años tomó al menos 30.5 litros de licor al año.
En el caso de los enfermos alcohólicos ese dato se multiplica, y puede llegar hasta los 64.75 litros por año, según datos del Patronato Antialcohólico de Guatemala.
El alcoholismo es uno de los dos problemas fundamentales en materia de salud mental. Las consecuencias del alcohol pueden ser fatales: cada dos minutos muere en la región una persona por causa del alcohol, según la Organización Panamericana de la Salud.
El consumo de alcohol se asocia a fiesta y diversión, pero cuando llega a límites excesivos también significa violencia en los hogares, accidentes de tránsito, desintegración familiar, abusos a menores, niños en la calle, pérdidas de empleos, delitos, entre otros.
Consecuencias a las que la sociedad está acostumbrada y que, en cierto modo, las ve “normales”.
La frase “agarrar furia” es parte habitual del vocabulario guatemalteco, y las imágenes de “bolos” tirados en la calle son comunes tanto en la capital como en el área rural.
Norma G., hace 20 años que dejó de consumir alcohol. Primero vivió la enfermedad muy cerca junto a su esposo, que murió víctima de la cirrosis, y luego fue ella quien buscó refugio en el alcohol. Su hijo de 32 años debió encargarse de sus cuatro hermanos cuando su madre, víctima de la enfermedad, prefería la botella que cuidar de ellos. Su primogénito sufrió la vergüenza de ver a las personas ebrias y que lo miraran mal, y soportó gritos y golpes por parte de su madre. Él salió hace una semana de un centro de recuperación, en el que pasó un mes para desintoxicarse. Norma mira con impotencia cómo la historia se repite. “Él todavía tiene contra mí mucho rencor, no me perdona todo lo que lo hice pasar”, dice.
Esas historias no son raras ni poco comunes, casi todo el mundo tiene alguien muy cercano que es dominado por el alcohol.
Gustavo Estrada, en el informe “El sistema de salud en Guatemala” elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, destaca el aumento de muertes por cirrosis hepática en los últimos años —en el 2007 fue la séptima causa de muerte a escala nacional— y la necesidad de que se asuma que es un problema de Salud Pública, para enfrentarlo de manera adecuada.
Ricardo Balleza, médico especializado en atención a adicciones, explica que en el país no se aborda el problema en forma integral desde la prevención. “Hay mucha presión social, porque aquí el concepto es beber a lo bestia”, dijo.
Añadió que faltan instituciones y personal especializados para la rehabilitación. El único centro semipúblico es el Patronato Antialcohólico, donde la estancia para desintoxicarse durante cinco días cuesta alrededor de Q2 mil. Más económicas son las casas hogar donde la atención es precaria, y las clínicas privadas donde el internamiento por cinco días oscila entre Q5 mil y Q8 mil. Algunos enfermos han llegado a pagar US$5 mil por mes.
Balleza señala que hay un alto índice de personas con predisposición genética a padecer de alcoholismo, y es importante tener en cuenta los antecedentes familiares, para evitar el problema.
El problema de consumo en mujeres se mantiene más oculto socialmente. Ileana Morales, sicóloga del Patronato Antialcohólico, afirma que son pocas las que llegan a tratamiento. “Por vergüenza se esconde, pero hay una cifra alta de mujeres que beben en sus casas y en forma mucho más compulsiva que los hombres”, dice.
Las reuniones de Alcohólicos Anónimos se han convertido en la opción de recuperación para miles de personas, que han encontrado en ellas la forma de compartir con todos su problema y mantenerse alejadas de la botella.
La organización cuenta con unos mil cien grupos, en lo que participan unas 35 mil personas, y cada vez asisten más jóvenes, de entre 18 y 20 años, para tratar de solucionar su adicción.
Israel C., de Alcohólicos Anónimos, cuenta que el proceso es duro y mucha gente abandona, recae y vuelve a regresar, pero los grupos son la única opción de ayuda para muchos.
“Hay gente que llega aquí después de haberlo perdido todo, y logra volver a tener un lugar en la sociedad”, afirma.
En los grupos se reúne gente de todo nivel económico, cultural o religioso. “El alcoholismo no entiende de razas, ni de dinero; afecta a todos por igual”, advierte.
Los accidentes de tránsito causados por personas que conducen bajo los efectos del alcohol son una consecuencia más.
De acuerdo con datos de la Policía Municipal de Tránsito (PMT), en un 10 por ciento de los accidentes que se registraron en la capital el año pasado estuvo implicado un conductor ebrio.
De hecho, los controles que la PMT hizo durante el 2007 evidencian que una media de 46 conductores, que habían consumido más alcohol de lo debido, circuló por las calles de la ciudad.
Quienes atienden a un alcohólico, han sufrido la enfermedad o han estado al lado de ellos consideran que las autoridades no dimensionan el problema y tampoco lo abordan.
Ni siquiera hay estudios fiables que revelen cuánto se consume y cuántas personas hay afectadas, apunta Balleza.
Morales señala que hacen falta campañas de información y de prevención, para que los jóvenes sean conscientes de las consecuencias reales del problema.
Lily, esposa de un alcohólico, acude a Al-Anon, grupos de apoyo de familiares de alcohólicos; ella afirma que hay demasiados intereses comerciales y que esto impide que se pongan en marcha programas para limitar el consumo.
“Los niños crecen en ambientes donde es normal ver a los mayores cuando beben y los imitan, pero de algún modo tienen que saber que ese estilo de vida no es el que se debe llevar”, afirma.
Destaca que la presión social es muy fuerte, y la publicidad invita a consumir y a que todas las celebraciones estén unidas a una botella de licor.
Ella logró superar el problema gracias al apoyo de otras mujeres en su misma situación, que participan en los grupos de terapia. Pero siente que hay miles de personas más que sufren a diario ese problema, sin que se haga lo necesario para frenarlo.
“Es un círculo que hay que romper, el de las familias en las que se repite el problema de padres a hijos”, añade.
La costumbre social y cultural de beber acarrea violencia y desintegración social, que no se combaten con la fuerza necesaria, apenas se discuten, y propician que el consumo de bebidas alcohólicas se considere un orgullo, en vez de una fuente de numerosos problemas.
Los médicos y psicólogos aseguran que “agarrar furia” no es un problema menor, sino una enfermedad grave.
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