Guatemala, 1 de diciembre de 2008

CATALEJOLos fideicomisos y ONG, en problemasMario Antonio Sandoval

ECLIPSESer periodistaIleana Alamilla

EL QUINTO PATIOPeriodismo responsableCarolina Vásquez Araya

TASSOLILOQUIOSPrévert todavía vive (I)Tasso Hadjidodou

ARCA DE ESPEJOSExpiación legislativaAquiles Pinto Flores

COLABORACIÓNSébastien Perrot-MinnotSensibilidad patrimonial
Una misión de peritaje que me encargó la Cooperación Francesa para apoyar la valoración y gestión turística de dos sitios prehispánicos de El Salvador (Joya de Cerén y San Andrés) me llevó a volver a leer, recientemente, las recomendaciones del Consejo Internacional de los Monumentos y Sitios (Icomos, en inglés), en cuanto a la “gestión del turismo a los sitios de patrimonio significativo” —recomendaciones plasmadas en la Carta Internacional del Turismo Cultural (1999)—.
El documento de Icomos presenta numerosas y valiosas ideas para la protección, interpretación y puesta en valor del legado del pasado.
La introducción de la Carta afirma que “una gestión material razonable y una aproximación intelectual y/o emocional del patrimonio y del desarrollo cultural son a la vez un derecho y un privilegio.” Me parece interesante la referencia en este importante documento, al potencial emocional del patrimonio.
El mismo, efectivamente, no tiene solamente un impacto educativo. Por varias razones puede inspirar también poderosos sentimientos. En primer lugar, porque el visitante, con la ayuda de los conocimientos científicos y la imaginación, se transporta a otra época, y prácticamente, a otro mundo.
Los vestigios materiales hacen revivir en la mente las historias y leyendas, los fastos y las tragedias de antaño. En su obra maestra literaria, Los siete pilares de la sabiduría, Thomas Edward Lawrence, alias Lawrence de Arabia (1888-1935), relata en términos elocuentes lo que él y sus amigos árabes sintieron en el castillo de Azrak, en Jordania: “En sueño, nos poníamos en el espíritu del lugar: sitios y festines, redadas, asesinatos, canciones de amor en la noche.”
Por otra parte, el patrimonio, herencia recibida de las generaciones pasadas, reviste una dimensión tradicional que es usada como refugio durante las turbulencias de la historia. Significativamente surgió una notable toma de conciencia a favor de la protección de los monumentos antiguos en la Francia del siglo XIX, en una época marcada por convulsiones revolucionarias y trastornos sociales.
Entre 1825 y 1832, el célebre poeta romántico Víctor Hugo lanzó virulentos panfletos para declarar la “guerra a los demoledores”. Fue en este contexto que el gobierno francés creó el primer puesto de Inspector de Monumentos Históricos de la Era Moderna (en 1831).
El patrimonio refleja igualmente características culturales y espirituales específicas que forman parte de las identidades de las comunidades humanas (la Carta Internacional del Turismo Cultural expresa acertadamente que “el patrimonio cultural es un recurso a la vez material y espiritual”).
Por lo mismo, pueden tejerse vínculos particulares entre los habitantes de un territorio y el legado arqueológico e histórico de este territorio. Citaría el ejemplo de las ruinas de cientos de castillos que yacen en la región francesa de Alsacia, donde he vivido varios años. El escritor y político Maurice Barrès escribió hace casi un siglo que para un alsaciano “estas ruinas son mejor que pintorescas; son puntos de sensibilidad”.
Según el mismo Barrès, “no es la razón que nos provee una dirección moral, es la sensibilidad”. Sin duda, el Patrimonio cultural puede transmitirnos mensajes —y valores— que resultan útiles en la época actual.
perrotminnot@yahoo.fr
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