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Guatemala, 3 de enero de 2008

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Entre los ensayos que pu-blica la Revista de la Universidad de San Carlos de Guatemala (julio/septiembre/ 2007/ número 5), figura uno de Edelberto Torres-Rivas, que lleva por título “El terror no tuvo límites”. En éste, Torres-Rivas analiza lo acontecido en el Ixcán y el territorio ixil, cuando el Ejército de Guatemala castigó de manera salvaje a la población no combatiente. En estos lugares —afirma— “el horror no tuvo límites: lo que parecía una guerra civil se convirtió en una guerra contra los civiles”.

En territorio ixil fue asesinado el 23 por ciento de su población total y destruido el 90 por ciento de los poblados, algo que difícilmente ha ocurrido en otros lugares de América Latina. La pregunta es si una guerra de guerrillas se constituye en una guerra civil. No puede compararse con Vietnam, porque en Vietnam eran estadounidenses los que mataban a los guerrilleros y civiles vietnamitas, porque en muchos casos hasta de los niños se podía temer un ataque inesperado. Lo tremendo en Guatemala es que el genocidio no era cometido por gente ajena a nuestra patria, sino el Ejército guatemalteco masacraba a pueblos guatemaltecos. Hubo una violencia intencional en contra de los no combatientes: mujeres, ancianos y niños. Una verdadera “criminalización de los civiles”. El botín no lo pagaban los guerrilleros, sino la población civil. Difícilmente hubo enfrentamientos entre guerrilla y Ejército. También los guerrilleros cometieron genocidio y usaron —si no de manera sistemática— la violencia en contra de campesinos que colaboraban con el Ejército. Además, utilizaban pueblos indígenas para proveerse; luego, se retiraban; entonces llegaba el Ejército y arrasaba poblaciones enteras, por aire y por tierra. El guerrillero que quería dejar de serlo, si huía, era ajusticiado.

Se puede hablar, en tales casos, de inauditos actos de terror y cobardía. Pero no se crea que solo los poblados indígenas tenían miedo; también lo tenía la oligarquía, “que siempre ha vivido con el miedo de una revuelta indígena; hay miedo en la población civil pero también lo hay en las fuerzas militares que temen un alzamiento popular”. Para entender este fenómeno, hemos de remontarnos a la conquista española en Latinoamérica. El Estado colonial sembró el terror y el miedo que dan como resultado la sumisión, que conlleva el odio. La subyugación, la exclusión y el terror son rasgos que se perpetúan en Guatemala, a través de los despotismos liberales, de los “señores presidentes”. Recordemos El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias.

Ahora bien, el fenómeno que preocupa a Torres-Rivas es cómo el terror va unido siempre a la cobardía. En nuestro caso, se le teme a la población indígena, que criollos y mestizos han venido esclavizando. Pero si Torres-Rivas sólo habla de mestizos, es preciso hablar, también, de criollos. Imposible desconocer Guatemala: linaje y racismo, de Marta Elena Cassaús recientemente publicado por F&G editores. Un extenso estudio (339 páginas) perfectamente documentado, en donde Cassaús demuestra cómo aún hoy en día las familias criollas siguen teniendo inmenso poderío, al colmo de poner y quitar gobiernos.

El papel de las familias de abolengo es capital para la comprensión de nuestra historia —señalado, asimismo, por Severo Martínez en La patria del criollo—. Y, claro, en unos y otros existe el racismo. El Estado guatemalteco sigue siendo racista.

Al crearse los patrulleros civiles, las masacres fueron peores: éstos se cobraban agravios y realizaban venganzas: “Así ocurrió en las masacres de Plan de Sánchez y Río Negro, donde la tropa fue guiada por campesinos rencorosos, de una aldea próxima y que lo hicieron no sólo por temor sino por odio”. Además, como guerra ideológica, se defendían “verdades absolutas” y “La creencia en una verdad absoluta es una expresión de cobardía”. Algo estudiado por Erich Fromm en El miedo a la libertad: entender la historia desde el punto de vista psicoanalítico.

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