Guatemala, 3 de enero de 2008
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No me motiva la corrección política, sino la simple matemática, y la certeza de que en esos dos sectores también hay personas capaces de ocupar puestos de gran responsabilidad. Estratégicamente, y en el largo plazo, a este país le conviene que las mujeres y los indígenas tengan participación plena y se ejerciten en cargos de dirección.
Dicen algunos que no hay que partir al mundo en hombres y mujeres, ni en indígenas y ladinos. Cuando se trata de valorar las acciones de una persona con el fin de elegirla, aseguran que no se debe de hacer por la condición de género, ni por la pertenencia cultural, sino simplemente por sus capacidades.
Sin embargo, escucho a esos mismos decir que poner a demasiadas mujeres o demasiados indígenas en un gobierno, por ejemplo, sería practicar el machismo o el racismo al revés. Desde esa óptica, si en vez de 16 hombres ladinos fueran 16 mujeres, y 10 de ellas fueran indígenas, entonces se estaría hablando de discriminación a la inversa.
Claro que queremos llegar al día en que no tengamos que pelear por los espacios y que, sin importar si somos mujeres u hombres, indígenas o ladinos, sea el perfil humano el que cuente. Pero, en Guatemala, ni siquiera hemos comenzado a ejercer una justa participación, como para considerar que ya podemos pasar a la etapa siguiente. Sin embargo, más allá de las cuotas de participación, lo interesante es que el gobierno de la UNE está fijando su posición sobre estos temas desde el inicio; los silencios, las ausencias y los aparentes olvidos también son un lenguaje.
Un gobierno socialdemócrata de verdad conlleva la participación de toda la ciudadanía, en todos los niveles. En este caso, comenzamos mal. Además, fue el voto indígena el que llevó a la UNE al poder, y dentro de este voto, un sustantivo número de votos de mujeres. Sin embargo, ni indígenas ni mujeres nos sentimos hoy representados ni en el Ejecutivo ni en el Legislativo. Por otra parte, ¿cómo evidencia un gobierno su postura, si no es a través de hechos? Ya sabemos que los discursos pueden ser soberbios, pero las acciones son contundentes.
Por ejemplo, hasta ahora no sabemos nada sobre la Secretaría Presidencial de la Mujer (Seprem), instancia encargada de posicionar los temas de las mujeres a partir de una visión política y no asistencialista. La UNE ha estado muy callada en este tema, y la sola posibilidad de que la Seprem sea incluida en el combo de un ministerio de la familia provoca hasta escalofríos. No solo porque algo así constituiría un retroceso para la lucha de las mujeres y para el país en sí mismo, sino porque estaría evidenciando desinterés en estos asuntos, desde el ámbito de las grandes políticas de Estado.
Tampoco sabemos nada cierto sobre el Ministerio de Cultura, porque los políticos de la UNE, como tantos de los anteriores, siguen creyendo que esta cartera es solo un adorno del Ejecutivo y que cualquiera puede dirigirla. Sin darse cuenta de la importancia que está cobrando la cultura en todo el mundo, siguen creyendo que es cuestión de mayas o balletistas. Esta cartera, como las demás, precisa ser dirigida por una persona que conozca el tema a fondo y tenga experiencia en el ámbito de la cultura. Pero, como as en la manga, la dejan de último para poder ser complacientes y políticamente correctos.
El actual presidente no desconoce esos temas, pero parece que los ha colocado en la cola de sus prioridades de gobierno. Ciertamente, ha de ser complejo negociar con los financistas de campaña, el sector económico, la comunidad internacional y algunos sectores, todos al mismo tiempo. Para muestra, el Ministerio de Educación. Sin embargo, negociar a partir de olvidos tan esenciales como la participación de indígenas y mujeres en los puestos de decisión le deja el sabor a la ciudadanía de que los nuevos gobiernos no son más que una muestra de continuismo: después del primer día, seguimos con lo mismo.
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