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Guatemala, 3 de enero de 2008

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Economía y desarrollo

Gritos y mitos del salario mínimo 

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El 31 de diciembre se estableció un salario mínimo diario, en el área agrícola de Q47 y no agrícola de Q48.50

“Por una parte, no es que el salario mínimo resuelva las necesidades básicas de los hogares; para nada. De hecho no llega a cubrir una canasta básica de alimentos ”

Resumen Internacional

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Por Tomás Rosada

Opinión

Y de nuevo, como suele suceder cada vez que hay un aumento “por decreto” al salario mínimo, hay declaraciones encendidas, unos gritan y jalan hacia un lado y los otros, hacia el otro.

Lo cierto es que este tema es ya una historia con final perfectamente predecible, como que cada año celebraremos la Navidad y una semana más tarde, el Año Nuevo.

Pidamos el 40 para que nos den “algo”, dice un bando. Nada por decreto, todo por productividad, vocifera el otro.

Según medios de comunicación, el aumento decretado por el presidente de la República para el 2008 será de 5.8 por ciento para las actividades agrícolas y 4 por ciento, para las no agrícolas. “ ¡Una nada!”, dirán los sindicatos; “¡un desincentivo a la inversión, más desempleo e informalidad!”, demandarán los empresarios.

Tratando de enfriar un poco el alegato y remitiéndonos a algunos datos históricos, podemos hacer un par de comentarios.

El primero es que a todas luces nos está haciendo falta una revisión al mecanismo de determinación del salario mínimo. Urge una regla más clara, menos discrecional, más institucionalizada, que haga un tanto más predecible este tema.

Esto ayudaría a todos, patronos, empleados y gobierno, ya que siempre es mejor trabajar con certezas que con incertidumbres, al planificar y hacerse expectativas a futuro.

Pero tal y como funciona hoy el sistema de determinación del salario mínimo, ni siquiera se puede anticipar la periodicidad de los aumentos, mucho menos los montos que finalmente serán “decretados” por el presidente.

Al revisar la evolución histórica del salario mínimo, vemos que en los últimos nueve años se han dado ocho aumentos.

Sin embargo, no han sucedido con la misma periodicidad, unas veces a principio de año, otros a la mitad, y otras veces simplemente no hubo.

Además, los aumentos han oscilado desde menos del 5 por ciento hasta más del 25 por ciento, dependiendo del año.

¿Por qué un comportamiento tan irregular si tanto nos preciamos de tener una economía estable? eso solo se puede explicar a partir de la capacidad de negociación de los trabajadores y empleadores en determinado momento, del discurso político de las autoridades de turno, de lo que usted quiera, menos de un mecanismo técnicamente diseñado.

Es decir, aunque tenemos una comisión nacional del salario, con representantes del Gobierno, trabajadores y empresarios, los incentivos están puestos para que todos griten y pataleen duro, pero en direcciones opuestas.

Por consiguiente, no hay forma de lograr consenso alguno, y al final la brasa caliente le cae al presidente de la República, quien debe tomar la decisión a su mejor saber y entender.

Estoy caricaturizando un poco, claro está, pero si lo analiza despacio al final la cosa no es muy diferente de lo que sucede en la realidad.

El segundo comentario es que el salario mínimo no significa mucho, por lo menos no para la gran mayoría de la población.

Ni por el monto que representa (y lo que se puede comprar con éste), ni por el número de trabajadores que efectivamente lo devengan. Permítanme ampliar un poco.

Por una parte, no es que el salario mínimo resuelva las necesidades básicas de los hogares; para nada.

De hecho no llega a cubrir una canasta básica de alimentos (CBA), mucho menos una canasta básica vital (CBV), pues según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) se necesitan Q1 mil 683 al mes para cubrir el costo de la CBA para una familia promedio de cinco miembros, y unos Q3 mil 71 mensuales para satisfacer el costo de la CBV.

Esta última además de alimentos incluye vestuario, educación, vivienda, transporte, y otros gastos del hogar.

Además, tampoco es que el número de trabajadores que lo reciben sea la gran mayoría de nuestra fuerza laboral. Al contrario.

Cálculos hechos por centros de investigación a partir de encuestas de hogares revelan que el grueso de trabajadores asalariados no llega ni siquiera a devengar el salario mínimo ya que están en la mal llamada “informalidad”. Y francamente tampoco creo que sea “por culpa” del salario mínimo que tengamos tanta informalidad en el país.

Las causas de este fenómeno están en otro lado. Así las cosas, ni por el lado del poder adquisitivo, ni por el lado de las necesidades básicas de los hogares, ni por el lado del número de personas que viven del salario mínimo los aumentos a este “precio de referencia de nuestra mano de obra” parecieran significar mucho.

Quizás debiéramos preguntarnos con una pizca de sarcasmo: ¿por qué la gritadera entonces?

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