Guatemala, 3 de febrero de 2008
Trabajadoras del sexo y actrices, tres años después de grabar la película de su historia
Algunas protagonistas de la película aún siguen trabajando como prostitutas en La Línea.
Una entrevista en la radio, en la que dos de las participantes en la película hablaban de la experiencia, trajo a Ana Moragas y a Tania Torres a La Línea. Ana nació en Guatemala, y junto a su amiga estudiaba en la Universidad de Los Ángeles.
Llegaron a La Línea en agosto del 2005, e impartieron cursos de alfabetización, belleza y computación, con el proyecto La Sala, que apoya a trabajadoras del sexo. Después de ese primer paso nació la organización Mujer (Mujeres por la Justicia, Educación y el Reconocimiento), que trabaja en la zona.
Por gema palencia
En La Línea, todavía algunos las reconocen y les piden autógrafos. Haber participado en la película Las Estrellas de La Línea les dio fama, abrió oportunidades y les hizo soñar con un cambio en sus vidas, que para algunas no llegó.
Se convirtieron en actrices de su realidad, luego de haber participado en un documental en el que un grupo de trabajadoras del sexo formaron un equipo de futbol para llamar la atención y reivindicar respeto, y sus derechos.
Han pasado tres años desde que se inició un rodaje que impactó en sus vidas, y algunas sienten que solo fue un sueño, y después de despertar todo siguió igual; para otras, su vida realmente dio un giro.
En La Línea quedan Vilma, Marina, la Seca y Carol, cuatro de las 12 mujeres que participaron en el documental.
A Vilma, tras la película, le queda la emoción de los momentos que vivió, y cierta amargura, porque esperaba algo más, y no logró salir de La Línea.
“¿Lo más bonito?, haber soñado que nosotras, las trabajadoras del sexo, podíamos tener oportunidades... pero nunca se llevaron a cabo”, dice.
Vive en el mismo lugar, con sus siete hijos; la más pequeña, de 6 meses, y dos más que acogió.
El cuarto de Carol está frente a la casa de Vilma, quien también tuvo un bebé. Luego de marcharse a trabajar a La Terminal, zona 4, regresó a La Línea, porque allá había demasiadas redadas. Ella también volvió a hacer el mismo trabajo. “Al menos nos relacionamos con gente que no era de nuestro medio, y nos dimos cuenta de que en la sociedad hay quienes comprenden, y nos trataron muy bien”, expresa.
Tras la película, la ayuda llegó a “las estrellas” con gente voluntaria. “Recibieron charlas de sicólogos, abogados que las asesoraron en temas migratorios y se trató de que recibieran un curso de pequeña empresa, pero no cuajó”, explica Andrés Zepeda, quien participó en la elaboración del documental. “Son vecinas, compañeras y rivales, y no entendieron la ventaja de luchar en grupo; además, sus vidas eran muy complicadas”, afirma.
Zepeda confiesa que para quienes hicieron la película fue una decepción comprender que nada de lo que les retribuyó la película fue suficiente.
Pero no todas vivieron igual la experiencia. A la entrenadora del equipo de futbol, Kimberly, sí le cambió la historia. Consiguió empleo en la Fundación Marco Antonio, y trabaja en campañas de prevención del sida e infecciones de transmisión sexual dirigidas a homosexuales y transgénero. “Tengo mi trabajo, pago IGSS y sigo haciendo ropa”, añade.
En la misma organización encontró trabajo Beatriz, quien pudo dejar La Línea.
Marina, después de la película, sí logró el sueño de su vida: cantar y ser reconocida. Grabó un disco con 10 boleros, que pronto saldrá a la venta, y de vez en cuando canta en locales. “Yo le decía a la gente que iba a ser artista; me trataban de loca, pero lo logré”, cuenta.
Cuando viajó a España para la presentación de la película en un festival de cine, cientos de personas la aclamaron luego de haberla escuchado cantar. “Me sentí una reina Isabel”, afirma.
Ella sigue trabajando en La Línea, donde vende preservativos, lava ropa y hace mandados. Junto a su marido protagonizó una de las escenas más tiernas de la película. Él murió, y ella cubre su tristeza cantando.
Todavía la reconocen por la calle y le piden autógrafos, cuenta orgullosa. “Canosa, vieja y esqueletuda, pero se me quedan viendo”, agrega.
La Seca también sigue en La Línea, pero ya no quiere hablar de aquello. Después de viajar al estreno de la película en España, Mercy se quedó, y pudo llevar a su hijo mayor. Tiene empleos eventuales y a veces comercia con sexo.
Lograron dejar la calle Susy, quien vende comida, y Éricka, que se casó.
Lupe, quien durante el rodaje era pareja de Vilma, está en la cárcel por asaltar buses. Valeria siguió con el mismo trabajo, pero ahora en la zona 9. La China se marchó a Los Ángeles, donde se gana la vida como trabajadora doméstica, en Beverly Hills.
Tres años después, La Línea se mira diferente, la polvareda que rodeaba los rieles del tren cambió por asfalto, las casas están mejor pintadas y pasan más policías. Pero tras las puertas de los cuartos donde las mujeres se ocupan sigue habiendo muertes y duras historias de jovencitas a las que la vida arrinconó hasta allá.
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