Guatemala, 8 de febrero de 2008
Revelaciones
Por Margarita Carrera
“Preguntadle a los poetas”, decía Freud cuando ponían en duda su teoría psicoanalítica.
Lo mismo podrían decir aquellos filósofos que rebasan el mero campo de la razón y de la lógica en su búsqueda por la verdad. Porque la filosofía propiamente dicha (derivada de las palabras griegas: “filos”, amor y “sofía”, sabiduría), es eso cabalmente: amor a la sabiduría que equivale a amor a la verdad, aunque ésta se aleje cada vez que queremos atraparla.
Pero este amor a la verdad es, asimismo, amor a la belleza, si tomamos como punto de partida a Sócrates-Platón. Esta postura desentona con aquella tenida por filósofos que se desentienden totalmente de la poesía y marginan, por ello, la filosofía de Heráclito de Efeso (500 a.C.) y Tito Lucrecio Caro (98-55 a,C.), para mencionar dos filósofos de la era antigua.
En la era moderna es, sin duda, Federico Nietzsche (1844 - 1900) el filósofo-poeta más destacado. Pero Nietzsche va más allá de la filosofía y de la poesía: profundiza en la ciencia psicológica, siendo uno de los precursores más notables de Sigmund Freud. Para Nietzsche, la ciencia psicoanalítica es la madre de todas las ciencias que giran alrededor del ser humano. Pero ¿qué ciencia no lo hace? Amor a la sabiduría que conlleva amor a la verdad y amor a la belleza. Ésa es la verdadera filosofía, que rebasa cualquier escuela filosófica y sus tecnicismos abrumadores.
La metafórica expresión Heideggeriana: “el lenguaje (la palabra) es la casa del ser”, alcanza significados no previstos por el mismo Heidegger. Al analizar este extraordinario enunciado, tenemos que el lenguaje es la morada, el recóndito albergue del ser humano y del ser de todas las cosas que éste conoce y nombra.
Nada, luego, se escapa al mundo de la palabra. La palabra es el centro en donde se reúne todo lo existente. Como dice la Biblia: “al principio fue el verbo”, al principio fue la palabra y a partir del verbo, a partir de la palabra, todo fue creado. El origen de la filosofía, que está hecha de palabras, radica, pues, en el lenguaje. ¿Qué lenguaje? Todo lenguaje que vislumbre y se acerque a lo verdadero, hermano gemelo de lo bello. Y si aceptamos que “el lenguaje es la casa del ser”, la filosofía no puede estar limitada por una lógica o razonamiento determinado. Porque el lenguaje abarca todo lo existente y lo no existente que, al denominarse “nada”, se convierte en palabra que adquiere “ser”.
Ahora bien, que el lenguaje poético revela de manera profunda la verdad, es algo que sostienen unos y adversan otros. Lo sostienen los creadores; algunos científicos lo adversan. También lo adversan los filósofos que quieren mantener la filosofía dentro de un lenguaje limitado y pobre que se vincula exclusivamente con la lógica y la razón. Para estos últimos habrá diferencia entre lenguaje poético y lenguaje filosófico; separan en forma tajante la poesía de la filosofía. Y es casi imposible convencerlos de que el poema revela, en última instancia, verdades que, luego, después de largos años, la ciencia llega a descubrir mediante sus diversos métodos rigurosos.
Heiddegger, al darle especialísima importancia al lenguaje en el campo de la filosofía, se remonta a Parménides y a Heráclito para quienes el quehacer filosófico será un “traer a luz” o llevar a la claridad aquello que está en la oscuridad.
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