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DE MIS NOTASEl amor en los tiempos de orquídeasPor AlfredKaltschmitt

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Toda la noche no me quitó los ojos de encima. Estaba mirándome con la altivez de alguien que sabe lo que tiene. Impávida. Segura. Bella. Y yo nervioso, sin poder concentrarme en el discurso del conferencista, volteando la cara de un lado al otro.

Y luego me percaté de que había otra que me ofrecía sus encantos de una manera descarada, casi voluptuosa. Se insinuaba de tal forma que perdí todo recato y, olvidándome por completo de la conferencia, me le quedé mirando fijamente. Nuestras miradas se cruzaron por encima del auditorio. Y entonces me habló. Me habló de los orígenes de sus padres. Uno venía de Tailandia y el otro de Cobán. Tan disímiles y diferentes. Eso explicaba su belleza. Ese cruce de ADN de sus progenitores había realzado su propia hermosura.

Pero no nos quedamos ahí. Hablamos largamente de su entorno geográfico e incluso del clima que le gustaba. “Me encanta el sol, pero sólo para calentarme un ratito. Odio el calor y me fascina la humedad. En cierto modo, soy una ave nocturna”, me decía con una sonrisa exquisita y una voz súper sexy.

Yo tartamudeé alguna tontería ininteligible sobre el sol y las montañas, y me sonrojé de mi ineptitud en no guardar la compostura, portándome como un adolescente. Pero ella estaba imperturbable, moviendo su delicado cuello de un lado a otro aprovechando una tenue brisa que venia en su dirección. Me contó de sus amores. Había conocido a otro. Un vecino con ínfulas de superestrella que en poco tiempo la había embarazado. Bastó un abrazo, “y me quedé preñada”, musitó con desfachatez insólita. “Y ¿cómo lo conociste?”, le pregunté. “Ahh, fue por un pajarito…”, me contestó sonriendo.

Yo no podía creer que alguien tan bella no tuviese recato en confesar semejantes intimidades y, por el contrario, se gozase en tener ese espíritu relajado. Y me seguía coqueteando. Insistía en enseñarme su vestido y el contorno de su cuerpo. “Qué gusto tiene para vestirse”, me dije en voz baja, sin percatarme de que me había escuchado perfectamente. “¿Te gusta?”, musitó con voz quedita. “Ven aquí, más cerca, y te enseñaré algo más...”.

No lo podía creer. Volteé la vista hacia un lado, como queriendo disimular mi próximo movimiento y, sin medir las consecuencias, comencé a caminar hacia ella. Me coloqué justo a su lado. Pude oler su perfume. Pude ver los colores de su vestido. Estaba de rayas y luciendo una extraña blusa de un rosado tenue. Y yo tan nervioso que casi no podía respirar y el corazón me daba vuelcos.

Poco a poco, sigilosamente, deslicé mi mano hasta tocar levemente su piel. Sabía que era algo prohibido. Que es de pésimo gusto. Que no se hace. Que no es correcto. Pero, pero, pero, ¿qué podía hacer? Ella estaba sencilla y completamente irresistible.

El contacto fue explosivo. Me estalló el corazón. Cerramos los ojos y los dos nos transportamos a un bosque lluvioso, quizás allá en las montañas de Cobán, donde el chipichipi de la lluvia es casi permanente y el olor de bosque primigenio nos hace evocar nuestros orígenes.

“Te tengo que confesar una cosa”, le dije. “Desde que te vi, quise darte un beso”. “Ven a mí”, me contestó. Y entonces me incliné para abrazarla. Y justo cuando nuestros labios se iban a tocar, sentí un apretón en mi brazo. Era mi señora… “¿Qué haces?”, me dijo. “¿Qué no ves que las orquídeas en esta exhibición no se pueden tocar? Qué ‘corchudo’…”, me dijo frunciéndome el ceño.

Y yo me quedé quieto. Me habían agarrado. Pero todavía dos noches después no puedo dejar de pensar en esa orquídea que conquistó mi corazón, aquella noche en la exhibición de la Asociación Guatemalteca de Orquídeas.

alfredkalt@gmail.com

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