Guatemala, 18 de febrero de 2008

CATALEJOEmbotellamientosPor Mario Antonio Sandoval

ECLIPSEHistoria de una infamiaPor Ileana Alamilla

COLABORACIÓNMaravilla del mundoPor Sébastien Perrot-Minnot

TASSOLILOQUIOSUn trílogo* entre grandes artistasPor Tasso Hadjidodou

ARCA DE ESPEJOSOpción para ganaderosPor Aquiles Pinto Flores

EL QUINTO PATIOEl aquí y el ahoraPor Carolina Vásquez Araya
Para analizar la situación actual del país, sus inconcebibles índices de violencia, la miseria rotunda en la cual vive la mayoría de sus habitantes y la crisis en el sistema de administración de justicia, es preciso entender que los obstáculos en el camino hacia el desarrollo no han sido creación exclusiva del gobierno anterior, ni del anterior a ese, ni de aquellos que los antecedieron.
Todos, en conjunto —incluyendo a la sociedad y su actitud pasiva y conformista—, han participado en mayor o menor medida en la deconstrucción de la institucionalidad y en la decadencia de sus principios y valores. Esto se refleja con claridad meridiana en los abundantes informes de organismos internacionales acerca de la realidad guatemalteca y sus indicadores de desarrollo humano, pero, sobre todo, en la psiquis de la población, la cual ha dejado de creer en sus autoridades y hasta en sí misma, dada la pobreza de recursos con que cuenta para salir del agujero negro de temor e incertidumbre en el cual está sumida.
La gente tiene miedo, pero no sólo de la delincuencia que la agrede en los buses, en las calles y hasta en su propia casa, sino de la previsible falta de políticas de largo plazo que permitan propiciar un proceso gradual de recuperación de todas las pérdidas sufridas durante las décadas pasadas en términos de valores y oportunidades de desarrollo.
Por esto es tan importante la conducta transparente y abierta de las nuevas autoridades y, entre ellas, los diputados al Congreso de la República, quienes tienen la obligación de reparar la imagen de corrupción, ineficiencia y venalidad que caracteriza a ese organismo.
El camino hacia el desarrollo es largo y tortuoso, lleno de obstáculos y dificultades de todo tipo. La manera de emprenderlo no tiene fórmulas mágicas ni resultados inmediatos, así como es imposible neutralizar de la noche a la mañana los efectos de la desnutrición en el cerebro de sus víctimas o elevar los resultados académicos en un ambiente de pobreza intelectual y educativa.
El activo más importante de un país, su gente, ha sido descuidado hasta llevarlo a un punto de crisis que vuelve al país inviable en la competencia global. El desarrollo —y es muy importante recalcar este punto— no dependerá de la inversión extranjera ni de la insaciable explotación de los recursos no renovables, sino de la propuesta e implementación de políticas acertadas y de largo plazo en educación, salud, vivienda y servicios básicos, sostenidas por un Estado fuerte y saludable, en un contexto social de solidaridad y tolerancia.
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